Sobre Gamoneda. Después del accidente.

Gamoneda

Es más que probable que la admiración no sea más que una de las máscaras del deseo de emulación. Tal vez por eso yo soy poco dado a la admiración, porque nunca hubiera querido parecerme al fenómeno comercial del momento, a una catedral gótica o a un equipo de fútbol.

También, siendo más serios, porque uno no puede ser más que el que va siendo y porque resulta absurdo querer parecerse a algo o, peor, a alguien, a quien no conocemos en absoluto, más allá del perfil que dibujan las luces públicas. Y si ya la luz es mentirosa por naturaleza, cuánto más no habrá de serlo la luz artificial, la que dibuja sin matices un perfil tantas veces ajeno a la voluntad de su dueño y que responde, en tantas ocasiones, a los intereses de la bestia, poder, mercado, estructura, tanto da.

Ya he dicho en otra parte que de querer parecerme a algo, me gustaría llegar a ser la tumba de Robert Graves, así que me parece que está claro que no hay demasiada ambición de emulación en mis escasas admiraciones.

Dicho todo esto, he de manifestar que admiro a Antonio Gamoneda o, por mantenerme en los límites que un innato decoro impone a mis expansiones afectuosas, admiro profundamente su obra.

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre Gamoneda y su obra, por gentes más sabias que yo y que conocen mejor la vida y obra de este gran poeta, uno de los más grandes que ha dado la lengua castellana en los últimos cincuenta años y que, por fortuna, son muchos. Así que no seré yo quien pueda añadir nada nuevo, más allá del deseo de compartir mi experiencia porque a lo mejor ¿Quién sabe? ayudo a alguien a descubrir a un autor mucho mejor que yo. Solo por eso, ya valdría la pena el tiempo que alguien dedique a leer estas líneas.

Gamoneda me fue descubierto por otro gran poeta, Juan Carlos Suñén, hace ya casi veinte años. Todavía recuerdo con estremecimiento la primera lectura de “Malos recuerdos”, un poema encabezado por una cita de Marx que aún hoy, después de tantas lecturas, soy incapaz de leer sin ser interrumpido por el llanto.

Después de aquella revelación (porque, como decía y sigue diciendo el gran Claudio Rodríguez “Siempre la claridad viene del cielo”) comencé el acercamiento a la obra inacabable de Gamoneda. Y digo inacabable porque la gran poesía (y yo soy de los que utiliza “poesía” muchas veces como sinónimo de “arte”) es, para los que no tenemos otra fe, eterna e infinita. Por eso vuelvo una y otra vez sobre sus poemas, para encontrar, cada vez, nuevos sentidos, nuevas sonoridades, nuevas imágenes de mí mismo. Porque una de las funciones de la poesía es la de servirnos de espejo sobre el que reflexionar. Y en la de Gamoneda siempre encuentro nuevos matices que reflejan la cambiante evolución de esa duda a la que llamamos, con no poca presunción, identidad.

Podría hablar durante horas sobre la obra de Gamoneda. Incluso podría aventurarme a hacer algunas conjeturas sobre su personalidad como autor. Sobre su compromiso inquebrantable con la verdad, como demostró, de forma sobrada, en “Descripción de la mentira”, para denunciar, antes que nadie, las falsedades sobre las que se estaba levantando el edificio de lo que hoy llamamos democracia. De aquellas grietas vienen estos derrumbes. Y lo hizo, además, casi en contra de su voluntad (“no creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí”), rindiendo pleitesía a la voluntad del lenguaje, esa fuerza irresistible a la que el poeta solo puede servir como cauce. Y lo hizo, también, en un tono inédito (por lo poco que sé) en la poesía española, abriendo una veta que todavía ha de ser explorada por los poetas que están por venir.

También podría hablar de lo que en alguna ocasión he creído intuir como muestras de sutil humor, un poco socarrón y profundamente castellano, como en “Tarareando Nazim” o como cuando en el “Libro de los venenos” (otra obra que constituye una asombrosa celebración de amor por la lengua) habla de las “virtudes venéficas” entiéndase, las “cualidades venenosas” de determinada planta o sustancia, no recuerdo bien ahora.

Pero no quiero extenderme más por ahora en esta declaración de amor literario, que casi me avergüenza hacer, no por mí, sino porque, en cierto sentido, considero una ofensa para la obra de Gamoneda mostrar tanto entusiasmo. Lo único que puedo hacer es recomendar a cualquiera que quiera descubrir a un gran autor que lea su obra. He dejado algunas referencias a lo largo de este texto, pero no me gustaría acabar sin hacer dos recomendaciones: Una, la lectura de “Esta luz” la antología publicada hace unos años por Galaxia Gutenberg. El único libro en papel que traje en mi viaje de nueve mil kilómetros hasta mi nuevo destino. Y dos, la visita a la magnífica bitácora de Eloisa Otero, una de las mejores páginas dedicadas, no solo a la poesía castellana en general sino, de forma muy específica, a la obra de Antonio Gamoneda.

Por último, dejo aquí un poema, sobre el que no diré más. En mi opinión se basta por sí solo para decir mucho más de lo que yo podría:

Después del accidente.

Cuando levantaron aquel hierro amarillo,
se vio la cosa reventada: dos;
las dos manos del hombre: la gran mano
izquierda, la gran mano derecha.
Machacadas en óxido. La sangre
se espesó con el aire. Lo llevaron.

Si nos vemos, amigo, hay que beber a la salud del hierro.
Llevaré hasta tu boca el vaso con el vino
y, cuando tú sientas que bebes con mis manos,
tú comprenderás que no estás manco en el mundo.

Yo te aseguro que cuando venga lo que vendrá
nadie va a llorar por sus viejas manos atadas.
Y además- no lo olvides- yo ya no tendré
que estar triste por ti. Va a ser entonces
cuando vas de verdad a tener manos.

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