Macedonia de citas

“Cuando uno se escucha, lo que se oye no es literatura.” Beckett

“La escritura me ha llevado al silencio. Sin embargo tengo que continuar… Estoy frente a un acantilado y tengo que seguir adelante. Es imposible, verdad. Sin embargo, se puede avanzar. Ganar unos cuantos miserables milímetros… “ Beckett nuevamente.

Creo que lo sagrado crece en el secreto. Los arúspices buscaban el sentido de la existencia, la fuente de las decisiones, la explicación del misterio en las entrañas de animales. Siempre hemos buscado desentrañar la realidad, como si fuera un animal muerto. Pero es mejor callar, porque siempre habrá más verdad en un silencio que en una palabra, cualquiera. El oficio del hombre es la mentira, la palabra su enfermedad.

Nuestro sistema moral es fruto de nuestra configuración cerebral. En un momento dado constituyó una ventaja evolutiva velar por la protección de nuestros congéneres es decir, de aquellos que compartían genes con nosotros. De ahí surgió todo nuestro sistema legal, nuestra civilización, nuestra cultura. Las religiones.

“Así como las oraciones de los hombres son una enfermedad de su voluntad, su fe es una enfermedad del intelecto”. Emerson.

Según Oliver Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Ed. Anagrama), es muy posible que Proust padeciese de hipermnesia, la enfermedad que aquejaba a Funes, el personaje de Borges que no podía olvidar nada. En busca del olvido viajaban algunos personajes de Tokyo ya no nos quiere, la novela de Loriga.

Cuenta Bloom que Proust y Joyce se encontraron un dia en presencia de Picasso y Stravinski, y que los escritores casi no hablaron más que de achaques. Estoy seguro de que el pintor y el músico se dedicaron a cosas más interesantes.

El silencio de un músico es mayor y más profundo que el silencio de un escritor.

No somos más que los huéspedes de un parásito llamado mitocondria, el cual vive en nuestras células desde hace más de 3.500 millones de años.

“(Beckett) Me habla de Joyce, de Proust, de que ambos pretendían crear una totalidad y transmitirla en su infinita riqueza. No hay más que examinar, observa, sus manuscritos o las pruebas que han corregido. Nunca acababan de añadir y de volver a añadir. Él actúa de otra manera, hacia la nada, comprimiendo sus textos cada vez más.“ Charles Juliet. Beckett, el inconsolable. Ed. Siruela.

“Piensa que su ensayo sobre Proust es pedante y se opone a que se traduzca al francés.” Charles Juliet. Beckett, el inconsolable. Ed. Siruela.

“El asunto en cuestión no es la memoria, involuntaria o no, sino la ceguera que necesitamos desesperadamente si queremos continuar –y cuando vemos, nos preguntamos si nosotros somos merecedores de seguir adelante-. Una vez más, Proust no es un moralista, no es Cristo ni Buda; no ha venido a enseñarnos a vivir o cómo ser más amables con aquellos que amamos cuando aún están aquí”. Harold Bloom. Genios. Ed. Anagrama.

La moral debería ser eviscerada en la plaza para que los hombres pudieran comprobar que está hecha de tripa, sangre y heces, como todos nosotros. El hombre solo puede buscar a dios en su interior porque todo dios es una creación humana. Cualquier otra perspectiva acerca de esta cuestión está fuera de toda discusión intelectual. Dios existe del mismo modo que existe Hamlet. No más; tampoco menos.

El transcurso del tiempo no existe desde el punto de vista de la física. Ha sido demostrado que el tiempo es una dimensión en la que solo somos capaces de movernos hacia delante. Aunque la física teórica se parece cada vez más al constructo mental de un paranoico en el que todo encaja. Se busca la teoría unificada capaz de explicarlo todo. Y cuando uno busca explicaciones, no cabe la menor duda de que las hallará. Sean supercuerdas, branas o multiversos. Todo está dentro de nuestro cerebro de mono neurótico.

“Al ser tocada por lo verdaderamente sublime, el alma se exalta naturalmente, se eleva hasta la orgullosa altura, se llena de júbilo y jactancia, como si ella misma hubiese creado esta cosa que ha oído.” Longino, citado por Bloom en Genios.

“Si el genio es el Dios interior, es allí donde debo buscarlo, en el abismo del yo aborigen, una entidad desconocida para casi todos nuestros actuales explicadores, habitantes de esos desiertos intelectuales que son las universidades o de los tenebrosos y diabólicos molinos que son los medios de comunicación” Harold Bloom. Genios. Ed. Anagrama.

Prometeo fue encadenado a una roca en el Cáucaso por llevar el fuego a los hombres. Allí un ave enviada por los dioses se comía sus entrañas cada dia, que volvían a crecer por la noche. El ángel de la Biblia que tentó a los hombres había sido el predilecto de su padre antes de la caída y Lucifer significa “el que trae la luz”. Todas las tradiciones cuentan diferentes versiones de esta historia, la cual nos sirve de patrón para la interpretación de muchas facetas de la realidad.

Llevamos toda nuestra corta existencia como especie contándonos la misma historia una y otra vez. Y, lo que es más gracioso: discutiendo (luchando, matando, eviscerando, emasculando) por saber qué versión de la historia es más cierta. Y es un cuento bien simple que se limita a reflejar nuestro demonio interior, nuestra certeza de ascendencia y caida, reflejo del ciclo de los dias y las noches, y las estaciones, y el declinar en fin de toda existencia.

Pero tenemos esta maldita manía de buscar explicaciones. Nuestra perdición. Hemos perdido toda posibilidad de trascender a causa de las respuestas. Demasiadas respuestas y cada vez menos preguntas.

En realidad, no deberíamos hacernos preguntas. Deberíamos aprender a callar y escucharnos. Lo que se oye ahí dentro no es literatura, qué duda cabe, pero tal vez sea lo más cercano a una verdad que podamos hallar nunca.

El águila enviada por los dioses del Olimpo para devorar las entrañas de Prometeo aprendió un secreto. Y ese secreto permanece sagrado gracias al silencio del ave.

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