Pietina

Para S., con merecido afecto

Seta floral, tuberosa, esquizoide y mutágena, de la familia de las misericordinas. Crece en los rincones húmedos y oscuros de los corazones luminosos. A efectos de clasificación es importante no confundirla con la hipocritina, su simétrica, que crece en los raros espacios luminosos de los corazones oscuros.

Se caracteriza por sus métodos de reproducción esporádicos y estocásticos, y por la implantación sináptica en los organismos que habita, lo cual produce la clásica estructura de enredadera reticuliforme que llega a suplantar al soporte original.

Debido a sus peculiares condiciones de crecimiento, la Pietina es difícil de observar en organismos vivos de la mayor parte de las especies, salvo entre los habitantes de Larte, su planeta de origen, cuyo característico exoesqueleto permitió a nuestros botánicos llevar a cabo un profundo estudio de esta especie. Por supuesto, la Pietina también llevó a cabo un profundo estudio de nuestros botánicos. A su regreso, todos eran portadores.

Indetectable por medios externos, solo podemos observarla en humanos por sus manifestaciones externas (floraciones). Sin embargo, debido a su naturaleza mutágena y esquizoide, es preciso un ojo experto para detectarla. Hemos de decir, sin embargo, que la infestación por Pietina no conlleva efectos contraproducentes en la salud de sus portadores, más allá de las variaciones emocionales conocidas hasta la fecha y que, de todos modos, no podemos saber hasta qué punto son debidas a la presencia de la seta.

Se conocen dos tipos de floración de la Pietina. En la versión endógena, produce sentimientos miserables de autocompasión. Sus pétalos se vuelven lacrimosos y la coloración tiende al olvido. Por lo general, esta floración se presenta en la forma inmadura de la seta y normalmente evoluciona hacia la versión exógena, responsable de su popularidad entre nosotros. Aquí, si bien la flor sigue teniendo estructura compasiva, se manifiesta en forma de exuberantes pétalos de color sonriente; a diferencia de la versión endógena, con su característico aroma grisáceo, la flor madura de la Pietina huele a cascabeles y amaneceres a la orilla del mar. Se puede observar, sobre todo, en una curvatura peculiar de las comisuras de los labios que puede preceder al lanzamiento de esporas de aspecto carcajeante.

Su fruto es sabio y fugaz, e induce a la solidaridad.

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Don de la ceguera

Muchos años después, detenido en mitad de un paso de peatones, Sebastián Mafate había de recordar la remota mañana de su adolescencia en que despertó, después de un sueño intranquilo, convencido de que quería ser escritor. Le llegó el deseo como un regalo inesperado, envuelto en papel brillante y cintas laudatorias, y lo abrió con ansiedad, rasgando el envoltorio como los niños pequeños rasgan con sus gritos el amanecer del seis de enero para descubrir en el fondo del paquete, protegida por un montón de cosas que consideró superfluas, una pequeña bolita parecida a la esperanza que tragó con ansia y que desde aquel día creció en su interior hasta llegar a ser más grande que él mismo. Sebastián estaba convencido de poseer un aura de escritor que no podía pasar desapercibida a ningún mortal sensible.

Pero la terquedad de la vida le llevó por los sombríos caminos de la rutina (Sebastián se forzaba a pensar en sí mismo con lo que él llamaba “frases de escritor”) . Madurar es una forma de naufragio y la necesidad, más fuerte que el deseo, le arrastró hasta una mesa de despacho a la que se aferraba los lunes por la mañana para soñar, envuelto en una luz fluorescente que semejaba una hoja en blanco, con los resplandores inevitables de la celebridad a la que se sabía destinado y que le hallaría posando en su escritorio con sonrisa displicente frente a los destellos de la cámara destinada a inmortalizar su figura en papel de suplemento dominical.

Porque era la fama lo que perseguía Sebastián, que nunca había leído a Jorge Manrique. En el fondo de su pecho, ignorado por él, latía un oscuro deseo de poder, dinero, sexo y otras cosas igual de vulgares. No se puede culpar a este hombre de ser como tantos otros; si acaso, de no querer serlo. Y aún eso le hacía semejante a sus ídolos literarios, a los que convocaba en un imaginario panteón (“El Panteón de los Trascendentes” era el título de uno de sus innumerables proyectos de novela) cuando las musas no acudían prestas en su auxilio, que eran las más de las veces. Escritores como Paul Auster, como Javier Marías, guapos y famosos a partes iguales, que escribían obras fáciles de leer y que, sin embargo, eran alabados por la calidad de su prosa, invitados a banquetes y deseados por las mujeres. Sebastián sabía que le estaban esperando, lo veía en sus ojos cuando, con la mano en la barbilla o el puño en un pómulo, le miraban desde la solapa de sus libros o las fotografías de las revistas literarias. “Eres uno de los nuestros”, decían aquellos ojos que parecían acostumbrados a escrutar infinitos, a desentrañar los secretos del alma para convertirlos en inofensivas palabras, aptas para el consumo humano.

Sería inútil hacer aquí la relación de cosas que Sebastián Mafate ignoraba a propósito de la escritura. La lista, aunque fuera infinita, tal vez no sería mayor que la que podrían presentar otros autores cuyas obras conocieron mejor fortuna que las suyas. Sabía, sin embargo, que leer mucho era incluso más importante que escribir. Lo había visto en una entrevista concedida por un “Trascendente” y acogió la idea como quien recibe un evangelio, entre otras cosas porque le resultaba mucho más fácil y placentero que escribir.

Tal vez fuera del mucho leer y del poco dormir; tal vez por una predisposición genética, el hecho es que Sebastián comenzó a experimentar problemas de visión que desembocaron, de forma fulminante, en una irreversible ceguera. Herido por el rayo, inmerso de pronto en una Babel de sentidos desatados, Sebastián vio en la oscuridad que le era impuesta la señal inequívoca de que su momento había llegado. Ciego estaba, sí, pero la suya era la ceguera de Homero, de Milton, de Borges. La hora de la fama era inminente. Como un nuevo Miguel Strogoff, podría ver ahora donde otros no veían y la oscuridad del alma humana (“la oscuridad del alma humana”) desvelaría para el su oculto resplandor. Además, su madre decía que las gafas de sol le favorecían.

Con la oscuridad, como caída del mismo cielo, le llegó la poesía. Inevitable. Sebastián nunca había entendido mucho de poesía y jamás sintió la tentación de cometer un poema; sin embargo ahora vislumbraba que los versos trazaban ante él un atajo insospechado: el camino más corto hacia el Panteón de los Trascendentes. En un puñado de días afiebrados, Sebastián Mafate compuso su primer libro de poemas, el primer libro que conseguía acabar en su vida. A ciegas y ayudado por un programa de lectura que repetía con entonación robótica lo que él escribía puso en pocas semanas el punto final a la vez que, envuelto en un estado de iluminación, daba forma al plan que le llevaría en pocos meses a lo más alto de la fama.

La pensión de invalidez era exigua pero le daba cierta seguridad, así que decidió costear de su bolsillo la impresión y distribución de cincuenta mil ejemplares de su poemario. Una cifra inaudita que, lo sabía muy bien, le garantizaría la presencia destacada en las mesas de novedades de todas las librerías del país. A eso solo había que añadir la distribución de varios centenares de ejemplares entre los críticos en periódicos, revistas, radios, televisiones y, sobre todo, internet. Después, y esto era para Sebastián solo cuestión de tiempo, la innegable calidad de su obra, que ya desde el título estaba llamada a devorar los ojos y los corazones de los lectores, haría el resto.

Ante él se extendía por fin el luminoso horizonte del éxito para el que se sabía llamado desde su juventud. Era una hora temprana del veinte de agosto y la mañana resplandecía con un color parecido al de la miel cuando Sebastián, detenido en mitad de un paso de peatones, con una sonrisa en la cara, recibió el impacto de un camión desenfrenado cargado de libros. Las asistencias no pudieron hacer nada por su vida y los bomberos no pudieron sofocar el inaudito incendio que consumió los cincuenta mil ejemplares del libro de Sebastián Mafate, del que apenas quedó un trozo chamuscado de portada en el que se podía leer, bajo el nombre del autor en letras descomunales, el título: Desprendimiento de rutina.

Coleria

Mata rizomática, furiosa y estocástica, la Coleria brota a puñetazos amparada siempre por las sombras leñosas de diversos árboles, de cuya oscuridad parece alimentarse. Insoportablemente vivaz, se la ha encontrado al pie de antiguos Juiciosos, Noblios imperecederos e, incluso, enroscada en torno al tronco y las ramas de purísimos Idealios, cuyos corazones torna en palpitantes virutas ofuscadas.

De tallo blando y espinoso, se ha observado, sin embargo, que puede llegar a quebrar piedras por medio de un proceso de infiltración explosivo, basado en su capacidad para dilatar sus raíces ponzoñosas una vez introducidas a través de la menor grieta mineral. Debemos su descubrimiento al capitán Justo Pachón, primer y último visitante del planeta Furyo, en aquella maldita expedición de la que la humanidad no ha podido borrar el acre recuerdo. Entre sus registros se halló la prolija descripción de la Coleria en la que se basa esta nota. No podemos resistirnos a la tentación de transcribir de forma literal algunas de sus palabras, quizás las más poéticas y, por ello, probablemente las menos veraces:

“Uno de mis hombres rozó accidentalmente las espinas de este arbusto y fue asaltado, de pronto, por una rabia feroz. De sus pupilas parecía brotar el color rojo y su mirada avergonzaba a sus compañeros, a los que dirigió los más amargos reproches, los cuales, por desgracia, no carecían de fundamento.”

En otra página habla de la capacidad de la Coleria para inducir la licuefacción mineral diciendo que “de esta planta es conocida su capacidad para hacer llorar a las piedras, por lo que los miembros de mi expedición han decidido elaborar con sus raíces una infusión que utilizan como precursora en las labores de minería”. Por desgracia, no da más detalles acerca de esta utilización y los experimentos realizados en la Tierra a partir de las muestras recibidas solo han servido para generar rabiosas confusiones.

En las páginas finales de su cuaderno de bitácora, preñadas de la amarga confusión que precedió a la catástrofe, habla de la “violenta floración de la Coleria” y, más allá, del “arrepentido llanto floral que derritió montañas”, pero es imposible saber si estas palabras se refieren a un hecho real o son tan solo producto del caos en que se sumieron los últimos días de su misión. Lo que sí parece quedar claro es que “el color de las flores de Coleria es sombrío”, sin que podamos saber bien qué quiso decir con esto, ya que aún no se ha logrado hacerla florecer en los laboratorios de la Tierra.

No podemos dejar de referir aquí las últimas palabras que dejó escritas el célebre capitán, aunque es nuestra obligación señalar que, debido tanto a los incidentes que rodearon el final de su expedición como a la creciente tendencia al lirismo que muestran los apuntes de las últimas jornadas, es imposible decidir si sus palabras se refieren a la Coleria o a la incomprensible sublevación que acabó con su vida, rebelión absurda de seres que, en otras circunstancias, habrían dado su alma por él, de haber tenido una:

“Su fruto es amargo en la boca de los justos y dulce para los pusilánimes.”

Micromuertes. 3

Para Víctor, con afecto

Encontrar el nombre exacto de las cosas ha sido para mí una obsesión constante. Descubrí siendo muy joven que las cosas no siempre tienen el nombre correcto y que la gente suele utilizar para nombrarlas algunas palabras que no las definen bien. Las cosas tienen un nombre exacto, por ejemplo, paraguas. Un paraguas no puede llamarse de otra forma y cualquier intento de cambiarle el nombre solo desembocaría en el absurdo. Sin embargo, la gente llama solidaridad a ciertas formas de caridad, caridad a determinadas manifestaciones del egoísmo y egoísmo a una forma natural de resistencia al egoísmo ajeno, que yo suelo llamar amor propio.

Cuando conocí a Carmen en seguida me di cuenta de que su nombre no le correspondía. Carmen es nombre de mujer morena, de ojos profundos y pasiones turbias. Sin embargo a ella le habría venido mejor otro nombre, tal vez Silvia. Probé varias veces a cambiarle el nombre mientras, sin saber bien cómo, nos íbamos enamorando. Y digo amor a falta de una palabra mejor para definir lo que nos unió. A ella nunca le gustó que intentara cambiarle el nombre, así que decidí referirme nuestra situación mientras buscaba una palabra que le encajara mejor, porque yo sabía que no podía quererla plenamente mientras no pudiera encerrarla en una sola palabra. Así empecé por llamarla amiga, lo cual le molestaba porque decía que ella no se acostaba con sus amigos; luego la llamé novia y eso la ofendía porque decía que las novias visten de blanco y que ella odiaba ese color; al cabo de los años me refería a ella como mi prometida y Carmen (porque se empeñaba en seguir llamándose así) respondía siempre que nunca me había prometido nada, lo cual era cierto.

Al final, mientras yo seguía buscando el nombre perfecto para ella, nos fuímos a vivir juntos y allí la cosa se complicó. No era ni mi mujer ni mi esposa ni mi concubina ni mi amante. Cualquier nombre que yo intentara darle, ella lo volvía impracticable apenas con un gesto, una mirada, como el felino que mata sin querer un insecto.

Hasta que esta mañana, no sé bien cómo, empezó una discusión sobre mi manía (así la calificó ella) de ponerle nombre a las personas como si fueran cosas que yo necesitara poseer. Ante mis sorprendidas negativas, ella respondió que había rechazado todos los nombres que yo había intentado poner a nuestra relación, no por el nombre en sí, sino porque yo siempre anteponía un “mi” y que ese “mi” posesivo era lo que realmente le repugnaba. Sí, dijo que le repugnaba.

Intenté hacerle ver lo equivocada que estaba, explicándole que el “mi” que tanto la molestaba era en realidad un acto de amor, que yo no quería convertirla en una cosa sino en una parte esencial de mi propio ser y que, en cierto modo, al nombrarla así, la volvía más real.

Entonces empezó a gritar. Yo creo que se volvió loca de repente, jamás lo habría sospechado de ella, pero de pronto comenzó, como una letanía a repetir “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras su voz iba subiendo de volumen hasta convertirse en un grito ensordecedor. Seguía repitiéndolo cuando salió hacia la cocina conmigo persiguiéndola, mientras yo iba repitiendo todos sus nombres: “cariño, amor, amiga, mujer, amante. Silvia”.

Eso la detuvo de repente. Se dio la vuelta con el cuchillo en la mano y, con una mirada espantosa, una mirada a la que jamás podría poner nombre me preguntó: “Silvia ¿Quién es Silvia?”.

Y sin darme tiempo a responder volvió a entonar su letanía. Una y otra vez, ahora en un tono de voz que se podría calificar de normal sino fuera porque tenía cierta persistencia afilada: “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras me clavaba el cuchillo una y otra vez.

Ahora ya conozco su verdadero nombre.

Punto de vista

Un hombre se levanta muy temprano en la gran ciudad. Ha dormido junto a una boca de metro, entre cartones y abrigos viejos. No está loco, no está borracho, es importante saber esto: es un hombre más, que duerme junto a una boca de metro, al pie de imponentes rascacielos. Estira los brazos, mira a su alrededor: los bloques de hormigón, cristal y acero frente a él, el parque inmenso a sus espaldas, el cielo gris sobre toda la ciudad.

Camina unos cuantos metros hasta la acera y se sitúa frente a la entrada de uno de los edificios. No es el más alto, ni el más espectacular, es importante saber esto: se trata tan sólo de otro edificio de oficinas, uno de tantos.

El hombre alza la cabeza y la voz, y grita con todas sus fuerzas: ¡No pienso dejaros entrar!

Desde mi ventana, sentado ante el ordenador, lo veo todas las mañanas, mientras mi mundo se hace cada vez más pequeño.

Micromuertes. 2

Soy el mejor funambulista de la historia. Y lo soy porque desde que comencé a sentir la atracción por el vacío decidí que la pértiga y el cable eran lo único que sobraba en mi arte. Por ello comencé a estudiar física, con el fin de dominar todos los secretos de la suspensión en el espacio. Conforme avanzaba en mis estudios mi arte se perfeccionaba y sabía que si lograba desentrañar los secretos más profundos de la materia conseguiría ser una sola cosa con ella y que flotar en el aire, atravesar el vacío ante los ojos asombrados de las multitudes, gracias al único esfuerzo de mi voluntad, era un logro a mi alcance que me convertiría en un dios entre los hombres.

Y por fin lo logré. Hice las primeras pruebas en medio de un bosque solitario, caminando sobre el suelo a poca altura, apenas medio metro, siguiendo la ancestral costumbre de mi profesión. Todo iba a la perfección: flotaba sobre el aire gracias a mi voluntad superior y a mi dominio de los secretos de la materia y las fuerzas del cosmos.

Pero el día de mi estreno ante el mundo descubrí que el también el suelo tiene ideas propias y que, como una amante olvidada, su atracción es mayor cuanto más te alejas de él.

The sound of music

Entonces -dijo el profesor Spinach- supongamos que usted tiene aquí, en su mano derecha, una aguja de calcetar que ha sido cuidadosamente afilada con el fin de convertirla en el objeto más punzante que existe. Un objeto que podría ser comparable a la vibración que experimentan las moléculas de una copa de cristal de Bohemia antes de darse a la fuga sometidas al influjo de un sobreagudo de la Callas, dejando tras de sí el rastro fragmentario de una escala hecha añicos.

De acuerdo profesor -respondió la señorita Phyllis-, podemos suponerlo, si usted quiere. Pero aún podemos hacer algo mejor: podemos hacer que sea así en efecto. Mi prometido, el capitán Milton, aquí presente, me trajo ayer ese objeto del que usted habla. Vea que aquí, en mi mano derecha, vibra esa aguja tan afilada. Pero déjeme que ponga música, por favor.

Era algo de La Monte Young o tal vez de Steve Reich. La señorita Phyllis comenzó a desnudarse lentamente mientras el profesor recitaba unos versos de Wallace Stevens, repitiéndolos una y otra vez.

The trees have a look as if they bore sad names
And kept saying over and over one same, same thing.

Es obvio que el asesinato puede ser un arte y que, más a menudo, el arte constituye la forma más religiosa de crimen. La música seguía sonando mientras el hielo se deshacía en mi vaso, lleno del néctar ambarino. Tal vez fuera algo de Terry Riley, aunque sonaba a cristal.

Lo cierto es que mientras la aguja se clavaba en los ojos del profesor Spinach, éste no cesaba de repetir los dos versos de Stevens. La sangre salpicaba el collar de brillantes de mi prometida al igual que el resto de su cuerpo desnudo, mientras su brazo se alzaba y descendía rítmicamente, incansable, como el brazo ejecutor de una promesa fabricada en serie. La promesa de un mundo mejor, siempre mejor, donde poder asesinar, una y otra vez, a los viejos que aparentan llevar nombres aburridos, como Beethoven o Mahler.

Recuerdos de infancia

Cierta mañana una noticia se extendió por todo el Claustro: las Monjas Fumadoras habían creado un dios en el sótano de la Central. Se decía –porque todo eran rumores- que era un dios pequeño, vaporoso, prácticamente incapaz, y que las Pupilas Avanzadas habían tenido mucho que ver en todo el asunto. No nos pareció interesante ir a verlo, recuerdo que aquella mañana nos tocaba iniciarnos en el Consumo.

Los tres Pilares de la Fe eran: Consumo, Fornicación y Violencia. Todo estaba ahí. Recuerdo cómo la Hermana Theresa, tras salir de una Violación Ritual, sudorosa y ensangrentada, todavía bajo los efectos del Éxtasis, nos explicó que los Pilares de la Fe mantenían el Claustro unido y a los hombres alejados.

Hormigón y madera. Cuerda y cristal. Acero y seda. Recuerdo el sabor de todos ellos. El tiempo no era un lugar para quedarse. El fuego era mucho más duradero.

A veces tomaba testosterona. Todas lo hacíamos a escondidas. Nos gustaba sentirnos como si fuéramos un hombre: la violenta tensión agazapada bajo cada poro de la piel, la energía asesina capaz de transformar universos. Pero nadie quería ser un hombre durante demasiado tiempo seguido. Sería una locura.

Con el tiempo la mayoría de nosotras abandonó el Claustro. Me pregunto qué habrá sido de aquel dios. A veces me lo imagino en el sótano, atado por la Palabra, incapaz de crecer o morir. No siento ninguna lástima.

Micromuertes. 1

Toda mi carrera filosófica ha estado enfocada a la eliminación del ser en mí mismo. Tuve que luchar en un principio contra los críticos poco atentos que calificaban mi obra de mera adaptación de supersticiones orientales. Sin embargo, mi obra iba más allá de las expresiones aparentemente paradójicas, como aquella tan célebre que sin duda conoceréis y que decía: “El ser solo existe en la inexistencia”. Conforme avanzaba en el camino de la disolución absoluta de mi ser desarrollé toda una compleja formulación lógico-matemática que suponía un cambio radical de paradigma. Mis fórmulas resultaban tan complejas para la mayoría de mis colegas que apenas podían asentir confundidos con la cabeza ante la prueba, a duras penas evidente pero irrefutable, de que yo tenía razón.

Y yo mismo era la prueba viviente de todo aquello que afirmaba, aunque decir “viviente” tal vez no sea adecuado para un ser que había alcanzado la trascendencia de sí mismo a través de un meticuloso proceso de aniquilación del propio ser.

Por ello me sorprendió mucho descubrir que yo, al igual que el más vulgar de los gatos, podía ser mortal. En concreto, me asesinó durante un congreso un materialista dialéctico armado de una paradoja de Lichtenberg.