Entre jamás y nunca

Existe un lugar donde el mar se convierte en piedra bajo el llanto de madres que han olvidado a sus hijos pero no el sabor de las lágrimas. Existe un lugar profundo como un pozo caído del cielo al que se asoman los poetas exhaustos de olor a jazmín. Existe un lugar donde los relojes enloquecen bajo el peso insoportable de una sonrisa, midiendo la distancia infinita entre jamás y nunca, donde el cielo se arranca la piel a dentelladas lentas como el despertar de los verbos, cuando cabía un océano de miradas en la cuenca de las manos de los hombres en vez de esta culpa ilimitada, ebria de adjetivos, donde florecen los ojos impares de dioses locos. Existe siempre un lugar donde se pierden las cosas que nunca quisimos encontrar. Está en todas partes.

Y mientras tanto el hambre vuelve a atar sus botas con el blando presupuesto del miedo pero ya no es la sinrazón quien mantiene el equilibrio de las cuentas sino el orden desmesurado del azar, como un péndulo de mercurio colgado de los pies de un ahorcado que se balancea entre dos silencios y descubre que el fuego no es lo contrario del hielo sino su osamenta.

Amo la música de las bombas que traen en su vientre un silencio inaudito, extenso como los desiertos de mi infancia. Caen desde la nada como una lluvia hecha de pájaros muertos, arpegios alados de destrucción y canto imposible de ferocidad feliz, explosión de pausas que fragmenta el futuro en un rompecabezas de calcio que se disolverá en la sangre de mi padre. Existe una fertilidad de las cuevas que los hombres llaman memoria pero los niños sabemos que solo es la velocidad más lenta de la venganza, la que puede detener entre dos puñales de piedra el vuelo de un instante vuelto metralla.

Y entonces la piel se convierte en un estorbo y la carne en un reloj que palpita entre la sed y la prisa. El camino retoma su costumbre de ser abismo horizontal y de sus bordes brotan pétalos rojos como la sangre de mis pies. La risa del oro rebota contra la bóveda de marfil y sus ecos cantan en arrullo soñador. Aprendo a devorar pesadillas bajo la mirada de soles muertos. La telaraña de la noche está hecha de fronteras y un laberinto crece entre un paso y el siguiente, eterno como un silencio de Bach.

Ahora soy manada y sonrío. Mi corazón es un agujero lleno de bolsillos donde se esconde toda la cobardía del mundo, el valor de la pérdida absoluta. Crece en mi garganta una felicidad de puñales cuando la penúltima promesa acaricia las costas de mi cuerpo. Ahora soy imposible, puedo nadar sobre el llanto de mis madres.