La gilipollas y el guisante

(Adaptación de un cuento de Hans Christian Andersen según una idea de Asun de la Villa)

Érase una vez un gilipollas que quería casarse con una gilipollas, pero que fuese una gilipollas de verdad. En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Gilipollas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una gilipollas auténtica.

Una tarde estalló una terrible tempestad; se sucedían sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Gilipollas acudió a abrir.

Una gilipollas estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una gilipollas verdadera.

“Pronto lo sabremos”, pensó la vieja Gilipollas, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones.

En esta cama debía dormir la gilipollas.

Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado.

-¡Oh, muy mal! -exclamó-. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¡Horrible!

Entonces vieron que era una gilipollas de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera gilipollas, podía ser tan sensible.

El gilipollas la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una gilipollas hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado.

Anuncios