Morir sin querer

No conozco las estadísticas, así que es posible que me equivoque si digo que los poetas tienen una relación más cercana con la muerte que la mayoría de los mortales, pero pienso que algo de cierto puede haber en eso, tal vez por el desmedido amor a la vida que muchos de ellos manifiestan. Al fin y al cabo, sin la cierta presencia de la muerte como meta del camino, la vida tendría, probablemente, menos sentido del que ya tiene, que en ocasiones no es mucho.

O tal vez se trate de una cuestión de libertad. A veces, muchas veces, los poetas se suicidan. Unos más deprisa o con más acierto que otros, pero muchos versos no son más que el rastro sangrante de una herida palpitante, difícil de cerrar por mucho alcohol que se le eche. Y para algunos es posible que el suicidio sea el gesto supremo de libertad, valga decir, de voluntad, con el que realizar el desplante definitivo a la muerte, esa demócrata intolerante. O, en otros casos, el gesto no es más que una cansada rendición, el último suspiro de una voluntad quebrada, harta de luchar contra todo lo que se empeña en hacer una vida invivible, ya sea un gobierno tiránico, una doctrina económica rapaz o cosas más pequeñas y simples: un marido equivocado, unos hijos poco deseados, una cuñada insoportable.

También es muy posible, por supuesto, que todo se reduzca a un desarreglo químico. Un déficit de litio, un exceso de determinado ión en las terminaciones sinápticas, un problema orgánico en la recepción de neurotransmisores. A lo mejor es eso, sí, y tal vez en un futuro no muy lejano todo eso pueda solucionarse fácilmente por medio de un tratamiento químico o de nanocirugía.

A lo mejor encontramos la cura para la poesía, ya que estamos.

Sea como fuere, Anne Sexton se suicidó varias veces y finalmente murió. Yo no creo en los “intentos de suicidio”, salvo como formas desesperadas de gritar pidiendo ayuda, que también los hay. Pero, por lo general, la persona que “intenta” suicidarse quiere morir en ese preciso momento, por las razones que sean, poéticas o prosáicas, tanto da. A la muerte poco le importa en qué campos crecen sus frutos mientras la cosecha sea abundante.

Anne Sexton se suicidó cada vez que tuvo una hija, y tuvo dos. Se divorció en 1970 y cuatro años después se suicidó definitivamente. Un 4 de octubre de 1974, a los cuarenta y cinco años, tras un almuerzo con su editor en el que estuvo revisando las galeradas de The Awful Rowing Towards God, volvió a su casa, se envolvió en el abrigo de pieles de su madre, quitó las sortijas de sus dedos y se tomó dos o tres vodkas que ya no le iban a perjudicar la salud. A continuación se encerró en el garaje y se envenenó con el humo del tubo de escape de su automóvil. Inmóvil, tal vez escribió sus últimos versos en aquel garaje, mientras conseguía por fin dormir.

Había trabajado durante un tiempo como modelo; era o había sido, una mujer que los otros (el infierno) consideraban hermosa, algo que puede ser una carga si además eres inteligente o sensible. O si estás enferma de poesía. Su médico la animó a escribir poesía, interesante diagnóstico, y ella se hizo amiga de Sylvia Plath, otra poetisa suicida, valga la redundancia, de la que se dice que tal vez padecía trastorno bipolar. Aunque a lo mejor al decir “bipolar” se refieren a que a veces le hizo la vida imposible Ted Hughes, su viudo futuro y a veces su cuñada. En algún momento, Anne Sexton había dicho: “Creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta”.

Sea como fuere, Anne Sexton, obtuvo el premio Pulitzer de poesía en 1967, por si eso interesa a alguien y, lo más importante, dejó escritos unos cuantos poemas que nos conmueven, como el rastro sangrante de alguien que, probablemente, se suicidó porque era lo último que querría hacer en la vida.

En el vídeo que os dejo a continuación, Anne Sexton lee su poema “Wanting to die” (Querer morir). Está subitulado en castellano.

 

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España

España huele a la alpargata quemada de Unamuno
España huele a los pedos flojos de Aleixandre encerrado en Wellingtonia
España huele a las bragas húmedas de doña Emilia Pardo Bazán
que se las cambiaba poco
y al vientre desatado de Federico, a su último amanecer en Víznar
¡Asesinado por el cielo!
España huele al cocido rancio de Galdós
a la caspa en la boina sebosa de Pío Baroja
y a la entrepierna de Cela
asediada por las moscas.

España huele a cebolla en los sobacos de Alberti
a la cebolla tuberculosa de los pulmones de Hernández
a mierda de vaca
a cerdo muerto
a corral abandonado
a escupitajo a traición.

España huele siempre a rancio bajo el agua de colonia
en los sobacos de Lucía Etxebarría
al coño de Almudena Grandes
a la saliva de Elvira Lindo sobre el bigote de Muñoz Molina
al amoniaco de los ochenta
que pasó mezclado con toneladas de cocaína
por las narices más leídas del país.

España huele a rabia,
a mala baba,
a envidia
España huele a guerra eterna
a ignorancia atrevida
a escuela de curas
a mano ajena en la ingle ajada del tiempo

Ay, España cómo huele.
Ay, que me huele España.

Alguien

Alguien ha colgado una pulsera de plástico
de la rama escuálida de un árbol.
Apenas unos trozos de blancura seminal
unidos por un hilo de goma
que ciñeron la muñeca de una niña
que nunca será princesa.

Alguien ha decidido ajardinar
las riberas del río
y hombres subyugados por una máquina
hacer brotar la sangre verde.
Sus rostros serios parecen aportar
algo más de rigor a su inútil tarea

Porque alguien, en un despacho fluorescente
acaso pensó que era bueno poner orden
en la naturaleza.
Porque alguien, que podría ser yo,
quizás pensó,
cegado por una luz artificial,
que la hierba no necesita crecer demasiado,
que el río sería más agradable
para los paseantes
si unas máquinas ruidosas cortaran el amanecer
arrastrando tras de sí a hombres de pobre uniforme.

Pagados, dicen, con mi dinero.

Pero yo que nada tengo
me pregunto: qué dinero,
si ni lo tengo ni ambiciono
para comprar la claridad del cielo,
el aire que respiro,
el paso que me lleva tras mi perro,
feliz como nadie.

Por suerte, el río discurre a mi izquierda
su habitual pensamiento líquido
y a mi derecha veo los restos herrumbrosos
de la promesa incumplida de un siglo.
Al fondo, la cúpula culpable de la catedral
cobija su historia de sombras
y tras de mí, como siempre,
el tiempo azuza presuroso.

Mientras alguien, en alguna parte,
traza nuevos planes para hacer algo
porque siempre es preciso tener
algo que hacer
para matar el tiempo.

Sobre Gamoneda. Después del accidente.

Gamoneda

Es más que probable que la admiración no sea más que una de las máscaras del deseo de emulación. Tal vez por eso yo soy poco dado a la admiración, porque nunca hubiera querido parecerme al fenómeno comercial del momento, a una catedral gótica o a un equipo de fútbol.

También, siendo más serios, porque uno no puede ser más que el que va siendo y porque resulta absurdo querer parecerse a algo o, peor, a alguien, a quien no conocemos en absoluto, más allá del perfil que dibujan las luces públicas. Y si ya la luz es mentirosa por naturaleza, cuánto más no habrá de serlo la luz artificial, la que dibuja sin matices un perfil tantas veces ajeno a la voluntad de su dueño y que responde, en tantas ocasiones, a los intereses de la bestia, poder, mercado, estructura, tanto da.

Ya he dicho en otra parte que de querer parecerme a algo, me gustaría llegar a ser la tumba de Robert Graves, así que me parece que está claro que no hay demasiada ambición de emulación en mis escasas admiraciones.

Dicho todo esto, he de manifestar que admiro a Antonio Gamoneda o, por mantenerme en los límites que un innato decoro impone a mis expansiones afectuosas, admiro profundamente su obra.

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre Gamoneda y su obra, por gentes más sabias que yo y que conocen mejor la vida y obra de este gran poeta, uno de los más grandes que ha dado la lengua castellana en los últimos cincuenta años y que, por fortuna, son muchos. Así que no seré yo quien pueda añadir nada nuevo, más allá del deseo de compartir mi experiencia porque a lo mejor ¿Quién sabe? ayudo a alguien a descubrir a un autor mucho mejor que yo. Solo por eso, ya valdría la pena el tiempo que alguien dedique a leer estas líneas.

Gamoneda me fue descubierto por otro gran poeta, Juan Carlos Suñén, hace ya casi veinte años. Todavía recuerdo con estremecimiento la primera lectura de “Malos recuerdos”, un poema encabezado por una cita de Marx que aún hoy, después de tantas lecturas, soy incapaz de leer sin ser interrumpido por el llanto.

Después de aquella revelación (porque, como decía y sigue diciendo el gran Claudio Rodríguez “Siempre la claridad viene del cielo”) comencé el acercamiento a la obra inacabable de Gamoneda. Y digo inacabable porque la gran poesía (y yo soy de los que utiliza “poesía” muchas veces como sinónimo de “arte”) es, para los que no tenemos otra fe, eterna e infinita. Por eso vuelvo una y otra vez sobre sus poemas, para encontrar, cada vez, nuevos sentidos, nuevas sonoridades, nuevas imágenes de mí mismo. Porque una de las funciones de la poesía es la de servirnos de espejo sobre el que reflexionar. Y en la de Gamoneda siempre encuentro nuevos matices que reflejan la cambiante evolución de esa duda a la que llamamos, con no poca presunción, identidad.

Podría hablar durante horas sobre la obra de Gamoneda. Incluso podría aventurarme a hacer algunas conjeturas sobre su personalidad como autor. Sobre su compromiso inquebrantable con la verdad, como demostró, de forma sobrada, en “Descripción de la mentira”, para denunciar, antes que nadie, las falsedades sobre las que se estaba levantando el edificio de lo que hoy llamamos democracia. De aquellas grietas vienen estos derrumbes. Y lo hizo, además, casi en contra de su voluntad (“no creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí”), rindiendo pleitesía a la voluntad del lenguaje, esa fuerza irresistible a la que el poeta solo puede servir como cauce. Y lo hizo, también, en un tono inédito (por lo poco que sé) en la poesía española, abriendo una veta que todavía ha de ser explorada por los poetas que están por venir.

También podría hablar de lo que en alguna ocasión he creído intuir como muestras de sutil humor, un poco socarrón y profundamente castellano, como en “Tarareando Nazim” o como cuando en el “Libro de los venenos” (otra obra que constituye una asombrosa celebración de amor por la lengua) habla de las “virtudes venéficas” entiéndase, las “cualidades venenosas” de determinada planta o sustancia, no recuerdo bien ahora.

Pero no quiero extenderme más por ahora en esta declaración de amor literario, que casi me avergüenza hacer, no por mí, sino porque, en cierto sentido, considero una ofensa para la obra de Gamoneda mostrar tanto entusiasmo. Lo único que puedo hacer es recomendar a cualquiera que quiera descubrir a un gran autor que lea su obra. He dejado algunas referencias a lo largo de este texto, pero no me gustaría acabar sin hacer dos recomendaciones: Una, la lectura de “Esta luz” la antología publicada hace unos años por Galaxia Gutenberg. El único libro en papel que traje en mi viaje de nueve mil kilómetros hasta mi nuevo destino. Y dos, la visita a la magnífica bitácora de Eloisa Otero, una de las mejores páginas dedicadas, no solo a la poesía castellana en general sino, de forma muy específica, a la obra de Antonio Gamoneda.

Por último, dejo aquí un poema, sobre el que no diré más. En mi opinión se basta por sí solo para decir mucho más de lo que yo podría:

Después del accidente.

Cuando levantaron aquel hierro amarillo,
se vio la cosa reventada: dos;
las dos manos del hombre: la gran mano
izquierda, la gran mano derecha.
Machacadas en óxido. La sangre
se espesó con el aire. Lo llevaron.

Si nos vemos, amigo, hay que beber a la salud del hierro.
Llevaré hasta tu boca el vaso con el vino
y, cuando tú sientas que bebes con mis manos,
tú comprenderás que no estás manco en el mundo.

Yo te aseguro que cuando venga lo que vendrá
nadie va a llorar por sus viejas manos atadas.
Y además- no lo olvides- yo ya no tendré
que estar triste por ti. Va a ser entonces
cuando vas de verdad a tener manos.

Onán

Yérguete en el espacio en que te formo;
mano dura que acarrea placeres por rincones vacíos
de callejas oscuras, míseras esquinas,
donde las prostitutas acechan los fallos
de mi mala memoria.

Álzate en el río de blanca sangre que pugna
por negar la vida que lo impulsa,
por no ser semilla de maldad reproducida.

Tiembla.
en el miedo oblicuo de tu sonrisa,
en el terciopelo rojo que cubre tu mirada,
en el espasmo de tu aliento que me llama,
en el latido interrumpido, repleto de recuerdos.

Y duerme. Duerme, por favor, duerme.
no me busques más con tu presencia,
ignora la razón que nos impulsa
a forjar estos sueños de muerte
que de mi mano no borran la huella.

Un poema

Disparo de alba en mitad de la frente,
dientes de cristal masticando soles:
y el ojo del huracán silencioso
parpadea más veloz que un suspiro.

Amanece.
Fuera.

Donde los acólitos del fuego
encienden la primera llama azul del día
y los discípulos del hielo
apagan la última hoguera de la noche
con su sangre.

Una gota de rocío cae sobre los labios de una mujer muerta
que podría ser la madre de cualquiera
o de nadie

Mientras el acero fragua negocios en las manos de hombres
menos sabios que yo
pero más letales.

El violeta canta su canción, otra vez, tras una puerta cerrada

(Y ahí estoy yo:
detrás de todas las condenadas puertas
oscuro como el miedo
sabiendo que podría abrir el dolor de par en par.

Pero callo.
Y espero.)

y algunos hombres solos deshacen bajo sus pies la geometría del vacío.
Y algún estúpido muere por fin

una sola vez.

Y alguien deja caer un diamante
sobre la espalda de un niño.

Un diálogo de marfil rojo rasga las últimas sombras
dibujando la frontera entre matones y asesinos.

El día no se decide a cortarse las venas

Pero amanece.

La misma noche eterna
sobre los malditos hijos del tiempo.

Cuatro sonetos

1 de febrero de 1967.

Ese niño que corre por el bosque
podrías ser tú. No huye, busca.
Abraza un árbol sin nombre
y besa su piel porque sabe a música.

Toma una piedra y la lanza al río
y otra y otra y mil y piedras sin cuento.
Mas el agua y las piedras no emiten sonido.

Ese niño que del roble cuelga
podrías ser tú. Ese niño ahogado en el río
podría ser yo. El niño que espera.

Porque cuando llegue la hora del canto
abrirá las compuertas de su cuerpo
y con su voz desde el vacío
cubrirá la tierra de ángeles muertos.

3 de febrero de 1972

Mi voz yacía en reflejos de papel,
laberintos de estopa, palo y marfil.
Mi voz ya sabía qué mes era aquel
que duraba un año, de mayo hasta abril.

El padre, el hijo y la ballena blanca
(ese libro pesaba un mundo entero)
lazos de carne y sal en mi garganta:
escogí al silencio, por compañero.

No puedo perdonar, por eso callo
y a veces prendo fuego a los espejos;
tengo una voz que me quema las manos,

que puede ser grito y quiere ser canto,
que es como un arpón, clavada a mi pecho
y es lo único que tengo. Para daros.

17 de febrero de cualquier agosto.

La mañana brillaba como un cuchillo nuevo
el día que partimos hacia el norte:
calor, trenes, aeropuertos
y llegar a la sal en plena noche.

Visitamos las casas de mis muertos,
me contaron de nuevo las historias
que habían corrompido mis recuerdos.

Sus voces eran como la marea
que subía para ocultar un vertedero
de mentiras, de miedo y de miseria.

Nadie es como el mar tan buen viajero:
escucha leyendas de lenguas de arena,
marinos ahogados, almas en pena
y vuelve al olvido con el pie ligero.

27 de febrero de nunca jamás.

A poco se va, se acaba, se apaga,
toda la claridad huye del cielo.
A veces te duele hasta la mirada
y caminar es otro balbuceo.

Si aún palpita un torrente de verbos
en tu sien, si en las manos tienes
un mundo por nombrar, un universo
¿Por qué de la luz al silencio vienes?

Porque no sirve hablar si no responden
a un palmo de nada te detienes
y entre palabras muertas hoy te escondes.

Y así, rendido frente al mar esperas
que el cielo pliegue la última página
del horizonte, llena de respuestas.

Bolaño y los poetas maricones

Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, heterosexuales. La poesía, en cambio, homosexual. Dentro del inmenso océano de ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, mariposas, ninfos y filenos. Las mayores corrientes, sin embargo eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas (en nuestra lengua, claro está; en el mundo ancho y ajeno el paradigma seguía siendo Verlaine el Generoso). Una loca, según Padilla, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la estética y viceversa. Cernuda el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta m maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica Los poetas tipo Blas de Otero eran, por regla general, bujarrones, mientras que los poetas tipo Gil de Biedma eran, salvo el propio Gil de Biedma, mitad ninfos y mitad maricas. La poesía española de los últimos años, exceptuando, si bien con reticencias, al ya nombrado Gil de Biedma y probablemente a Carlos Edmundo de Ory, carecía de poetas maricones hasta la llegada del Gran Maricón Sufriente, el poeta preferido de Padilla, Leopoldo María Panero. Panero, no obstante, había que reconocerlo, tenía unos ramalazos de loca bipolar que lo hacían poco estable, clasificable, fiable. De los compañeros de Panero un caso curioso era Gimferrer, que tenía vocación de marica, imaginación de maricón y gusto de ninfo. El panorama poético, después de todo, era, básicamente, la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la Palabra. Los mariquitas, según Padilla, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban -aunque no siempre- los parámetros estéticos y vitales de los maricas. En España, en Francia y en Italia los poetas maricas han sido legión, decía, al contrario de lo que podría pensar un lector no excesivamente atento. Lo que sucede es que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimode, el trío de la muerte. De igual modo Pasolini repinta a la mariquería italiana actual, véase el caso del pobre Sanguinetti (con Pavese no me meto, era una loca triste, ejemplar único de su especie). Para no hablar de Francia, gran lengua de fagocitadores, en donde cien poetas maricones, desde Villon hasta Sophie Podolski, cobijaron, cobijan y cobijarán con la sangre de sus tetas a diez mil poetas maricas con su corte de filenos, ninfos, bujarrones y mariposas, grandes directores de revistas literarias, grandes traductores, pequeños funcionarios y grandísimos diplomáticos del Reino de las Letras (véase, si no, el lamentable y siniestro discurrir de los poetas de Tel Quel). Y no digamos nada de la mariconería de la Revolución Rusa, en donde, si hemos de ser sinceros, sólo hubo un poeta maricón. ¿Quién?, te preguntarás. ¿Maiakosvski? No. ¿Yesenin? Tampoco.

Block, Mandelstam, Ajmátova? Menos. Sólo uno, y ahora te saco de la duda, pero eso sí, maricón de las estepas y de las nieves, maricón de la cabeza a los pies: Jlébnikov. Y, en Hispanoamérica, ¿cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez? El resto, maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque éste tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León, abujarronados tipo Pablo de Rohka (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora, y junto con Lezama todos los maricas y mariquitas de la Revolución Cubana salvo Rogelio Nogueras, que era una ninfa con espíritu de maricón, para no mencionar sino de pasada a los poetas de la Revolución Sandinista: mariposas tipo Coronel Urtecho o maricas con voluntad de filenos tipo Ernesto Cardenal. Maricas son también los contemporáneos de México (¡no, gritó Amalfitano, Gilberto Owen no!), de hecho “Muerte sin fin” es, junto con la poesía de Paz, la Marsellesa de los nerviosísimos poetas mexicanos. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita con algo de maricón, Westphalen, loca, Pellicer, mariposa, Enrique Lihn, mariquita, Girondo, mariposa. Y volvamos a España, Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Ya está todo dicho. Y ahora para saciar tu curiosidad, algunas diferencias entre maricas y maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y los fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con sus chulos. Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una polla removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que odian y aman con toda su alma) descubren, en sus ojos hundidos, la identidad del Chulo de la Muerte. El chulo, para maricones y maricas, es la palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada. Por lo demás, y con buena voluntad, nada impide que maricones y maricas sean buenos amigos, se plagien con finura, se critiquen o se alaben, se publiquen o se oculten mutuamente en el furibundo y moribundo país de las letras.

-Te faltó la categoría de de los simios parlantes -dijo Amalfitano cuando por fin Padilla se calló.

-Ah, los simios parlantes -dijo Padilla-, los monos maricones de Madagascar que no hablan para no trabajar.

Los sinsabores del verdadero policía. Roberto Bolaño.

Existe una versión previa de este texto, menos cosmopolita, en Los detectives salvajes.

Profetas del vacío

Je reviendrai, avec des membres de fer, la peau sombre, l’oeil furieux: sur mon masque, on me jugera d’une race forte. J’aurai de l’or: je serai oisif et brutal. Les femmes soignent ces féroces infirmes retour des pays chauds.

Regresaré, con miembros de hierro, la piel oscura, el ojo furioso: de acuerdo a mi máscara, me juzgarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos inválidos feroces que retornan de los países cálidos.

Arthur Rimbaud. Une saison en enfer.

El don de la profecía consiste en conocer (por inspiración divina) las cosas distantes o futuras, según el pocas veces profético diccionario de la academia española. Siempre la claridad viene del cielo, qué duda cabe. Sin embargo una tortuga celeste ha emitido un comunicado que me llena de dudas: Andrés Ibáñez, cuyos artículos suelo apreciar, ha caído en la española confusión acerca de la virtud del esfuerzo y ha establecido en su último artículo en ABCD que es más “difícil” escribir una novela de quinientas páginas que un cuento de cinco. Que los guapos ligan más que los feos y que no existe ningún poeta que no haya escrito al menos un poema inolvidable.

Qué bueno es Antonio López y qué currado está su membrillo. No te quepa la menor.

Sin embargo, toda la claridad viene del cielo y por eso abundan -creo yo- los poetas cojos. El poeta cae desde lo más alto y su obra suele ser la narración de esa caída. Como un ángel rebelde, Prometeo desencadenado, roba la luz a los dioses para entregársela a los hombres. Y cojea bajo el insoportable peso de la luz.

El poeta conoce las cosas distantes o futuras pero la mayor parte del tiempo no lo sabe. La revelación suele producirse cuando se busca y te encuentras, con las manos embarradas por el limo del arroyo, mirando una pepita brillante como la fiebre. Y ante la revelación el poeta se rebela, porque su lengua es insuficiente para nombrar lo desvelado. Y descubre que hasta la luz es falsa. El trabajo del poeta es un camino de conocimiento, que se lleva a cabo con unas matemáticas de leyes distintas a las habituales. Un poema debería funcionar como un algoritmo que sirviera para nombrar aquello que no puede ser descrito de otra manera. Toda la claridad viene del cielo y eso no es una metáfora. Las metáforas son las muletas de los malos escritores. Del mismo modo que el carboncillo y tener buena mano no te convierten automáticamente en buen pintor. Pollock, ése sí que tenía buena mano. Y sin embargo, su pintura no está en el lienzo sino en el acto de caer. Cuando la gota mancha la tela ya es otra cosa, porque todo el arte es arte muerto, del mismo modo que todo poema no es más que la crónica balbuceante de lo entrevisto.

Robert Piskin tiene un poema titulado “Impossible to tell”. Robert Piskin es un poeta laureado que ha salido en los Simpson’s, y eso es -tal vez- lo máximo a lo que cualquier poeta puede aspirar hoy en día. La poesía trata de lo que no puede ser dicho o tal vez de aquello que no podemos dejar de decir. Prometeo, Lucifer, Adán, fueron advertidos: dejad la luz, el fuego, la manzana, lo que sea, ahí donde está. Dejad que el hombre yazca en la ignorancia. Dejad que se revuelque feliz en el lodo, ignorante del oro febril. Pero ellos, poetas al fin, no podían callar. Estaban obligados a decir lo imposible, a entregar la luz, el fuego, la manzana del árbol del bien y del mal. Aunque el precio fuera la caída, la evisceración, la expulsión del jardín edénico. Aunque la recompensa fuera la maldición, el miedo de tus semejantes, el rechazo, el estigma.

En su ensayo “El tiempo de los asesinos” Henry Miller establece una diferencia clara entre Baudelaire y Rimbaud, a partir de la relación que cada uno de ellos tenía con la idea de pecado. Baudelaire creía en la idea de pecado y esta idea lo atormentaba. Movido tal vez por el deseo de escandalizar, era sin embargo consciente de la maldad que sus actos y sus palabras tenían a ojos de sus contemporáneos. Rimbaud, por el contrario, se situaba “fuera” de esa idea, fuera de esa realidad: sus palabras, y sus actos, no podían ser juzgados por nadie, puesto que pertenecían a una realidad distinta. Rimbaud sienta a la belleza en sus rodillas y la encuentra amarga y la injuria. En ese momento, empieza su caída. Ha visto la luz y las mentiras de la luz. A partir de ahí su viaje será un recorrido hacia el silencio porque toda obra se agota en su imposibilidad. La última palabra, la más cierta, es la que no se puede decir. El poeta traza su camino entre dos silencios y su misión (su maldición) es nombrar aquello que es “imposible de decir”, pero que no puede callar.

Cuando Rimbaud regresó de Abisinia, tenía oro y estaba moreno. Su hermana le cuidó, puesto que había desarrollado un carcinoma en su rodilla derecha. Murió, cojo y probablemente feroz, a la edad de 37 años.

La leyenda del santo perdedor

“Es tan difícil hablar del perdedor como necio callar sobre él.”  El perdedor radical, Hans Magnus Enzensberger.

¿Qué es un poeta? ¿Qué clase de animal, vegetal o mineral se oculta tras la expresión en versos, palabras, floraciones, pedradas como bolas de nieve? El poeta no es un niño ni un hombre ni un loco ni un santo ni un terrorista. Y tal vez es todo eso a la vez, o de vez en cuando.

El poeta es una persona construida en torno de un vacío. Ese vacío puede ser la infancia, el tiempo, la muerte o el amor o cualquier otro sinónimo que se nos ocurra. Pero, en realidad se trata siempre del vacío del lenguaje o, por mejor decir, el vacío del sentido del lenguaje. El poeta planta sus pies a ambos lados de cualquier frontera y trata de llenar un océano con el agua que saca de un mar. Y sabe que ese vacío central es imposible de llenar porque llenarlo sería crear un vacío aún mayor. Por lo tanto, merodea con sus palabras en torno a lo que no puede ser dicho, intentando, al menos, nombrarlo, marcarlo con un signo: señalarlo, para que sepamos que esta ahí. Pero “ahí” es un adverbio de tiempo y aunque el tiempo es inmutable, jamás dos viajeros distintos consiguieron visitar el mismo segundo. Y ahí nunca está donde creemos que estaba. El poeta sabe todo eso, conoce el tamaño colosal de su ignorancia, sabe que su incapacidad para decir es mayor cuánto más tiene que decir. Y pule sus palabras con la lima del silencio y las viste con música de puñales y las lanza al vacío por si alguna encuentra destino. Como si el destino fuera algo más que otro lugar común.

El poeta es un animal de destino inevitable. Da igual que se vista con los brillantes colores de la popularidad o que pasee su triste figura por mesas de taberna de mármol gastado como lápidas antiguas; no importa si canta en tono mayor o susurra desafinado, si pierde las formas entre líneas curvas de mujeres soñadas o persiguiendo el afecto imposible de ángeles muertos. El poeta siempre arrastra consigo el peso insoportable del vacío que es su centro y el centro de todos nosotros, aquello que es imposible de decir y que debe ser dicho: el tamaño exacto de la soledad, el peso preciso de las mentiras, el color del odio inolvidable, el sabor de las cicatrices, el sonido que emite un recuerdo cuando muere. La cualidad inservible de toda esperanza. Y sin embargo, canta. Sabe que su canto no es suyo, que su voz no le pertenece, que ni siquiera posee el aire que sale de su boca; ese aire tiene el sabor de aire muerto que otros mejores que él exhalaron en el pasado. El poeta canta con sonido de estrella fugaz, pero su estela es una estela funeraria.

Pero no puede evitar cantar. Tal vez intente con todas sus fuerzas no cantar, temeroso de dirigirse hacia un silencio mayor que el de su origen, conocedor acaso de que el vacío que le espera es más pavoroso que el que le alumbra. No querrá cantar, tal vez, porque sabe que su voz puede convertirse en el aullido espantoso de un demente; porque si puede matar ángeles con su canto, sabe que el eco será por fuerza terrorífico. Buscará otras cosas que hacer. Medirá la soledad con pasos ajenos, para recorrer caminos trillados que no tiemblen bajo sus pies. Venderá sus mentiras por metros o a tanto la palabra, disfrazadas de sonrisa o de oro. Acaso cultive el odio para conseguir que la canción de sus recuerdos suene más hermosa o siembre de cicatrices sus manos para que parezcan águilas ancianas. Intentará huir de su vacío central llenando sus manos de tierra, de humo, de polvo, de sombra, de nada, como otros hicieron antes. Y al final se encontrará, sólo en la noche más oscura del alma, asomado al pozo infinito de su lenguaje: cantando.

¿Qué es un poeta? Un poeta no es menos que un dios ni más que cualquier hombre. Es un ser herido de tiempo y palabras. Una criatura balbuceante que nunca llegará a nacer del todo, como la promesa de un cielo más allá del cielo; de un amanecer otro que no traiga sabor de acero prendido de los rayos del sol. Una pobre criatura que sabe que toda verdad es mentira, que todo arte es arte muerto y que el amor es -a veces- la forma más elaborada del vacío.

Si os encontráis con uno, tened compasión de él. Se esforzó en ser como vosotros. Y no lo consiguió.