Profetas del vacío

Je reviendrai, avec des membres de fer, la peau sombre, l’oeil furieux: sur mon masque, on me jugera d’une race forte. J’aurai de l’or: je serai oisif et brutal. Les femmes soignent ces féroces infirmes retour des pays chauds.

Regresaré, con miembros de hierro, la piel oscura, el ojo furioso: de acuerdo a mi máscara, me juzgarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos inválidos feroces que retornan de los países cálidos.

Arthur Rimbaud. Une saison en enfer.

El don de la profecía consiste en conocer (por inspiración divina) las cosas distantes o futuras, según el pocas veces profético diccionario de la academia española. Siempre la claridad viene del cielo, qué duda cabe. Sin embargo una tortuga celeste ha emitido un comunicado que me llena de dudas: Andrés Ibáñez, cuyos artículos suelo apreciar, ha caído en la española confusión acerca de la virtud del esfuerzo y ha establecido en su último artículo en ABCD que es más “difícil” escribir una novela de quinientas páginas que un cuento de cinco. Que los guapos ligan más que los feos y que no existe ningún poeta que no haya escrito al menos un poema inolvidable.

Qué bueno es Antonio López y qué currado está su membrillo. No te quepa la menor.

Sin embargo, toda la claridad viene del cielo y por eso abundan -creo yo- los poetas cojos. El poeta cae desde lo más alto y su obra suele ser la narración de esa caída. Como un ángel rebelde, Prometeo desencadenado, roba la luz a los dioses para entregársela a los hombres. Y cojea bajo el insoportable peso de la luz.

El poeta conoce las cosas distantes o futuras pero la mayor parte del tiempo no lo sabe. La revelación suele producirse cuando se busca y te encuentras, con las manos embarradas por el limo del arroyo, mirando una pepita brillante como la fiebre. Y ante la revelación el poeta se rebela, porque su lengua es insuficiente para nombrar lo desvelado. Y descubre que hasta la luz es falsa. El trabajo del poeta es un camino de conocimiento, que se lleva a cabo con unas matemáticas de leyes distintas a las habituales. Un poema debería funcionar como un algoritmo que sirviera para nombrar aquello que no puede ser descrito de otra manera. Toda la claridad viene del cielo y eso no es una metáfora. Las metáforas son las muletas de los malos escritores. Del mismo modo que el carboncillo y tener buena mano no te convierten automáticamente en buen pintor. Pollock, ése sí que tenía buena mano. Y sin embargo, su pintura no está en el lienzo sino en el acto de caer. Cuando la gota mancha la tela ya es otra cosa, porque todo el arte es arte muerto, del mismo modo que todo poema no es más que la crónica balbuceante de lo entrevisto.

Robert Piskin tiene un poema titulado “Impossible to tell”. Robert Piskin es un poeta laureado que ha salido en los Simpson’s, y eso es -tal vez- lo máximo a lo que cualquier poeta puede aspirar hoy en día. La poesía trata de lo que no puede ser dicho o tal vez de aquello que no podemos dejar de decir. Prometeo, Lucifer, Adán, fueron advertidos: dejad la luz, el fuego, la manzana, lo que sea, ahí donde está. Dejad que el hombre yazca en la ignorancia. Dejad que se revuelque feliz en el lodo, ignorante del oro febril. Pero ellos, poetas al fin, no podían callar. Estaban obligados a decir lo imposible, a entregar la luz, el fuego, la manzana del árbol del bien y del mal. Aunque el precio fuera la caída, la evisceración, la expulsión del jardín edénico. Aunque la recompensa fuera la maldición, el miedo de tus semejantes, el rechazo, el estigma.

En su ensayo “El tiempo de los asesinos” Henry Miller establece una diferencia clara entre Baudelaire y Rimbaud, a partir de la relación que cada uno de ellos tenía con la idea de pecado. Baudelaire creía en la idea de pecado y esta idea lo atormentaba. Movido tal vez por el deseo de escandalizar, era sin embargo consciente de la maldad que sus actos y sus palabras tenían a ojos de sus contemporáneos. Rimbaud, por el contrario, se situaba “fuera” de esa idea, fuera de esa realidad: sus palabras, y sus actos, no podían ser juzgados por nadie, puesto que pertenecían a una realidad distinta. Rimbaud sienta a la belleza en sus rodillas y la encuentra amarga y la injuria. En ese momento, empieza su caída. Ha visto la luz y las mentiras de la luz. A partir de ahí su viaje será un recorrido hacia el silencio porque toda obra se agota en su imposibilidad. La última palabra, la más cierta, es la que no se puede decir. El poeta traza su camino entre dos silencios y su misión (su maldición) es nombrar aquello que es “imposible de decir”, pero que no puede callar.

Cuando Rimbaud regresó de Abisinia, tenía oro y estaba moreno. Su hermana le cuidó, puesto que había desarrollado un carcinoma en su rodilla derecha. Murió, cojo y probablemente feroz, a la edad de 37 años.