Post apocalíptico

Vale, ya pasó el fin del mundo y aquí seguimos todos, como era de esperar. Bueno, no todos, porque para mucha gente ayer fue el final de su vida, por desgracia para ellos. Y para otros no lo fue, por desgracia para nosotros. Sin embargo, toda esta tontería mediática sobre el apocalipsis maya (pista: buscad el dinero), podría ser una excusa tan buena como cualquier otra para reflexionar sobre algo que deberíamos tener siempre presente. Y es el hecho de que todos vamos a morir, en un momento u otro.

Me consta que los escasos lectores de este blog son tan sensatos y racionales como los dedos de mi mano, incluso más, aunque tal vez sean menos. Estoy seguro, por lo tanto, de que nadie se había creído eso de que el mundo se fuera a acabar ayer. Bueno, tal vez alguna madre, cuando nadie la viera, pensaría eso de “¿Y si fuera verdad?”. Pero a las madres se les consiente todo, eso es un axioma y, por lo tanto, indiscutible. Sin embargo, de lo que no estoy tan seguro es de que la gente (y eso incluye a mis lectores, pocos pero buenos, como dijo el otro) viva con la constante presencia de su innegable caducidad en el horizonte.

Lo sé, alguno me dirá que bastante jodida es ya la vida como para joderla más pensando en la muerte. Y ahí es donde yo empiezo a discrepar. De hecho, lo que yo quiero decir es que la vida está así de jodida, la hacemos así de mal a veces, porque no pensamos lo suficiente en el hecho de que nos vamos a morir. En cualquier momento, además.

Intentaré explicarme. El ser humano tiene grabadas a fuego, en lo más profundo de su retorcida hélice de adn, dos instrucciones precisas: preservar la propia vida y garantizar la continuidad de la especie. Y yo, que solo por delicadeza perdería mi vida, no puedo discutir la validez de esas instrucciones. No vengo aquí, ni mucho menos, a hacer apología del suicidio, aunque seguiré pensando que la libertad puede llegar a estar por encima de la vida, si ésta no es digna, ni a proponer el exterminio masivo del género humano, aunque sin duda el planeta respiraría aliviado. No, muy al contrario, lo que yo quiero proponer es la idea de que se puede vivir una vida más plena si se vive con la muerte en perspectiva.

Ya sé que puede parecer difícil porque resulta contranatural. En realidad no estamos tan alejados de aquel hombre de las cavernas que creía desaparecer cada vez que se quedaba dormido y que, al ver que su compañera no despertaba una mañana, clamaba furioso hacia el cielo, de donde venía todo lo inexplicable (la luz, la lluvia, el viento, el trueno, el fuego) en busca de una explicación que él no poseía. Pero, como siempre ha habido espabilados entre nosotros, pronto surgía alguien que tenía una explicación, alguien que hablaba con las fuerzas oscuras y se convertía en el intérprete de su voluntad. Alguien que postergaba el miedo a la muerte con la promesa de una vida ultraterrena.

No es casual que los hechiceros siempre hayan estado tan cerca del jefe de la tribu. Y si no, que le pregunten a Rouco Varela.

Se dice que el sentimiento religioso, llamémoslo la necesidad de trascendencia, es connatural al ser humano, que se esconde en uno de los múltiples pliegues de la parte más reptiliana de nuestro cerebro y que desde ahí rige buena parte de nuestros actos. Pero yo digo que no, que lo que otros llaman sentimiento religioso no es más que miedo, el miedo a lo desconocido, a lo inmanejable, a lo innegociable. A la muerte, en definitiva, en cuyo nombre somos sojuzgados por el espabilado de turno. Y el miedo, que duda cabe, se alimenta de la ignorancia.

Por eso propongo la muerte como el máximo impulso vital. Repito, no se trata de desesperación, de negación, de abatimiento. Todo lo contrario. Mi vida, el mundo entero por lo que a mí respecta, puede acabar en cualquier momento. En el instante siguiente a mi muerte, todo lo que fui, pensé, pretendí, amé, sentí… todo, absolutamente todo, carecerá de sentido para mí. Poco puede importar la posteridad o incluso el recuerdo que deje en los seres queridos para aquél que ha dejado de existir.

Además, está la cuestión del tiempo. El pasado existe poco, por así decir, ya que es un lugar al que no se puede ir de visita más que con la imaginación, lo mismo que el futuro, con el agravante, para este último, de que nuestro reloj puede pararse en cualquier momento. Estamos hechos de presente, eso es lo único cierto que tenemos. Eso, y la percepción indiscutible de que lo único verdaderamente real que nos es dado conocer existe de nuestra piel hacia dentro.

Y, aún así, muchas veces vagamos por la existencia como sombras por la noche, sin querer pensar demasiado, sin comprometernos demasiado, sin vivir demasiado, sin amar demasiado. Como si fuéramos eternos, como si cada momento que se pierde no fuera un momento perdido para siempre.

Mientras tanto, los hechiceros siguen ahí. Están en la televisión, en los partidos políticos, en los periódicos, en las industrias del ocio (qué vergüenza, han industrializado hasta el ocio), en los púlpitos de todo tipo, en el horario laboral, en el convenio colectivo, en la administración de la crisis, en las promesas de un cambio… cuando sea el momento oportuno. Nunca será el momento oportuno para ellos. A ellos les interesa que sigamos así, asustados, sin pensar en la muerte, viviendo como si tuviéramos crédito ilimitado.

Ellos administran nuestras vidas. Para ellos no somos más que números. Y sus cuentas cuadran. Vivid, joder, vivid vuestra vida. Nadie va a hacerlo por vosotros.

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