Micromuertes. 4

Siempre he sido incapaz de dibujar. Y cuando digo incapaz, quiero decir que siempre he tenido la misma relación con las artes plásticas que un analfabeto pudiera tener con la lectura y la escritura. Por eso, cuando aquella mañana vi desde mi ventana a un perro haciendo sus necesidades y comprendí que en su postura había algo de humano, de lo más animal y atávico tal vez de un ser humano pero humano al fin, cuando vi eso, digo, y tomando papel y lapiz lo transformé casi sin querer en un boceto de gran capacidad expresiva, un dibujo que transmitía mucho más de lo que habría sido comunicar con miles de palabras, me dirigí a la cocina donde mi mujer todavía desayunaba y le dije: Tengo cáncer.

No me equivocaba. Al cabo de seis meses, justo el día que se inauguraba, con un tremendo éxito, mi primera exposición póstuma, fallecí, con el cerebro devorado por el arte.

Micromuertes. 3

Para Víctor, con afecto

Encontrar el nombre exacto de las cosas ha sido para mí una obsesión constante. Descubrí siendo muy joven que las cosas no siempre tienen el nombre correcto y que la gente suele utilizar para nombrarlas algunas palabras que no las definen bien. Las cosas tienen un nombre exacto, por ejemplo, paraguas. Un paraguas no puede llamarse de otra forma y cualquier intento de cambiarle el nombre solo desembocaría en el absurdo. Sin embargo, la gente llama solidaridad a ciertas formas de caridad, caridad a determinadas manifestaciones del egoísmo y egoísmo a una forma natural de resistencia al egoísmo ajeno, que yo suelo llamar amor propio.

Cuando conocí a Carmen en seguida me di cuenta de que su nombre no le correspondía. Carmen es nombre de mujer morena, de ojos profundos y pasiones turbias. Sin embargo a ella le habría venido mejor otro nombre, tal vez Silvia. Probé varias veces a cambiarle el nombre mientras, sin saber bien cómo, nos íbamos enamorando. Y digo amor a falta de una palabra mejor para definir lo que nos unió. A ella nunca le gustó que intentara cambiarle el nombre, así que decidí referirme nuestra situación mientras buscaba una palabra que le encajara mejor, porque yo sabía que no podía quererla plenamente mientras no pudiera encerrarla en una sola palabra. Así empecé por llamarla amiga, lo cual le molestaba porque decía que ella no se acostaba con sus amigos; luego la llamé novia y eso la ofendía porque decía que las novias visten de blanco y que ella odiaba ese color; al cabo de los años me refería a ella como mi prometida y Carmen (porque se empeñaba en seguir llamándose así) respondía siempre que nunca me había prometido nada, lo cual era cierto.

Al final, mientras yo seguía buscando el nombre perfecto para ella, nos fuímos a vivir juntos y allí la cosa se complicó. No era ni mi mujer ni mi esposa ni mi concubina ni mi amante. Cualquier nombre que yo intentara darle, ella lo volvía impracticable apenas con un gesto, una mirada, como el felino que mata sin querer un insecto.

Hasta que esta mañana, no sé bien cómo, empezó una discusión sobre mi manía (así la calificó ella) de ponerle nombre a las personas como si fueran cosas que yo necesitara poseer. Ante mis sorprendidas negativas, ella respondió que había rechazado todos los nombres que yo había intentado poner a nuestra relación, no por el nombre en sí, sino porque yo siempre anteponía un “mi” y que ese “mi” posesivo era lo que realmente le repugnaba. Sí, dijo que le repugnaba.

Intenté hacerle ver lo equivocada que estaba, explicándole que el “mi” que tanto la molestaba era en realidad un acto de amor, que yo no quería convertirla en una cosa sino en una parte esencial de mi propio ser y que, en cierto modo, al nombrarla así, la volvía más real.

Entonces empezó a gritar. Yo creo que se volvió loca de repente, jamás lo habría sospechado de ella, pero de pronto comenzó, como una letanía a repetir “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras su voz iba subiendo de volumen hasta convertirse en un grito ensordecedor. Seguía repitiéndolo cuando salió hacia la cocina conmigo persiguiéndola, mientras yo iba repitiendo todos sus nombres: “cariño, amor, amiga, mujer, amante. Silvia”.

Eso la detuvo de repente. Se dio la vuelta con el cuchillo en la mano y, con una mirada espantosa, una mirada a la que jamás podría poner nombre me preguntó: “Silvia ¿Quién es Silvia?”.

Y sin darme tiempo a responder volvió a entonar su letanía. Una y otra vez, ahora en un tono de voz que se podría calificar de normal sino fuera porque tenía cierta persistencia afilada: “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras me clavaba el cuchillo una y otra vez.

Ahora ya conozco su verdadero nombre.

Micromuertes. 2

Soy el mejor funambulista de la historia. Y lo soy porque desde que comencé a sentir la atracción por el vacío decidí que la pértiga y el cable eran lo único que sobraba en mi arte. Por ello comencé a estudiar física, con el fin de dominar todos los secretos de la suspensión en el espacio. Conforme avanzaba en mis estudios mi arte se perfeccionaba y sabía que si lograba desentrañar los secretos más profundos de la materia conseguiría ser una sola cosa con ella y que flotar en el aire, atravesar el vacío ante los ojos asombrados de las multitudes, gracias al único esfuerzo de mi voluntad, era un logro a mi alcance que me convertiría en un dios entre los hombres.

Y por fin lo logré. Hice las primeras pruebas en medio de un bosque solitario, caminando sobre el suelo a poca altura, apenas medio metro, siguiendo la ancestral costumbre de mi profesión. Todo iba a la perfección: flotaba sobre el aire gracias a mi voluntad superior y a mi dominio de los secretos de la materia y las fuerzas del cosmos.

Pero el día de mi estreno ante el mundo descubrí que el también el suelo tiene ideas propias y que, como una amante olvidada, su atracción es mayor cuanto más te alejas de él.

Micromuertes. 1

Toda mi carrera filosófica ha estado enfocada a la eliminación del ser en mí mismo. Tuve que luchar en un principio contra los críticos poco atentos que calificaban mi obra de mera adaptación de supersticiones orientales. Sin embargo, mi obra iba más allá de las expresiones aparentemente paradójicas, como aquella tan célebre que sin duda conoceréis y que decía: “El ser solo existe en la inexistencia”. Conforme avanzaba en el camino de la disolución absoluta de mi ser desarrollé toda una compleja formulación lógico-matemática que suponía un cambio radical de paradigma. Mis fórmulas resultaban tan complejas para la mayoría de mis colegas que apenas podían asentir confundidos con la cabeza ante la prueba, a duras penas evidente pero irrefutable, de que yo tenía razón.

Y yo mismo era la prueba viviente de todo aquello que afirmaba, aunque decir “viviente” tal vez no sea adecuado para un ser que había alcanzado la trascendencia de sí mismo a través de un meticuloso proceso de aniquilación del propio ser.

Por ello me sorprendió mucho descubrir que yo, al igual que el más vulgar de los gatos, podía ser mortal. En concreto, me asesinó durante un congreso un materialista dialéctico armado de una paradoja de Lichtenberg.