Micromuertes. 2

Soy el mejor funambulista de la historia. Y lo soy porque desde que comencé a sentir la atracción por el vacío decidí que la pértiga y el cable eran lo único que sobraba en mi arte. Por ello comencé a estudiar física, con el fin de dominar todos los secretos de la suspensión en el espacio. Conforme avanzaba en mis estudios mi arte se perfeccionaba y sabía que si lograba desentrañar los secretos más profundos de la materia conseguiría ser una sola cosa con ella y que flotar en el aire, atravesar el vacío ante los ojos asombrados de las multitudes, gracias al único esfuerzo de mi voluntad, era un logro a mi alcance que me convertiría en un dios entre los hombres.

Y por fin lo logré. Hice las primeras pruebas en medio de un bosque solitario, caminando sobre el suelo a poca altura, apenas medio metro, siguiendo la ancestral costumbre de mi profesión. Todo iba a la perfección: flotaba sobre el aire gracias a mi voluntad superior y a mi dominio de los secretos de la materia y las fuerzas del cosmos.

Pero el día de mi estreno ante el mundo descubrí que el también el suelo tiene ideas propias y que, como una amante olvidada, su atracción es mayor cuanto más te alejas de él.

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The sound of music

Entonces -dijo el profesor Spinach- supongamos que usted tiene aquí, en su mano derecha, una aguja de calcetar que ha sido cuidadosamente afilada con el fin de convertirla en el objeto más punzante que existe. Un objeto que podría ser comparable a la vibración que experimentan las moléculas de una copa de cristal de Bohemia antes de darse a la fuga sometidas al influjo de un sobreagudo de la Callas, dejando tras de sí el rastro fragmentario de una escala hecha añicos.

De acuerdo profesor -respondió la señorita Phyllis-, podemos suponerlo, si usted quiere. Pero aún podemos hacer algo mejor: podemos hacer que sea así en efecto. Mi prometido, el capitán Milton, aquí presente, me trajo ayer ese objeto del que usted habla. Vea que aquí, en mi mano derecha, vibra esa aguja tan afilada. Pero déjeme que ponga música, por favor.

Era algo de La Monte Young o tal vez de Steve Reich. La señorita Phyllis comenzó a desnudarse lentamente mientras el profesor recitaba unos versos de Wallace Stevens, repitiéndolos una y otra vez.

The trees have a look as if they bore sad names
And kept saying over and over one same, same thing.

Es obvio que el asesinato puede ser un arte y que, más a menudo, el arte constituye la forma más religiosa de crimen. La música seguía sonando mientras el hielo se deshacía en mi vaso, lleno del néctar ambarino. Tal vez fuera algo de Terry Riley, aunque sonaba a cristal.

Lo cierto es que mientras la aguja se clavaba en los ojos del profesor Spinach, éste no cesaba de repetir los dos versos de Stevens. La sangre salpicaba el collar de brillantes de mi prometida al igual que el resto de su cuerpo desnudo, mientras su brazo se alzaba y descendía rítmicamente, incansable, como el brazo ejecutor de una promesa fabricada en serie. La promesa de un mundo mejor, siempre mejor, donde poder asesinar, una y otra vez, a los viejos que aparentan llevar nombres aburridos, como Beethoven o Mahler.

Recuerdos de infancia

Cierta mañana una noticia se extendió por todo el Claustro: las Monjas Fumadoras habían creado un dios en el sótano de la Central. Se decía –porque todo eran rumores- que era un dios pequeño, vaporoso, prácticamente incapaz, y que las Pupilas Avanzadas habían tenido mucho que ver en todo el asunto. No nos pareció interesante ir a verlo, recuerdo que aquella mañana nos tocaba iniciarnos en el Consumo.

Los tres Pilares de la Fe eran: Consumo, Fornicación y Violencia. Todo estaba ahí. Recuerdo cómo la Hermana Theresa, tras salir de una Violación Ritual, sudorosa y ensangrentada, todavía bajo los efectos del Éxtasis, nos explicó que los Pilares de la Fe mantenían el Claustro unido y a los hombres alejados.

Hormigón y madera. Cuerda y cristal. Acero y seda. Recuerdo el sabor de todos ellos. El tiempo no era un lugar para quedarse. El fuego era mucho más duradero.

A veces tomaba testosterona. Todas lo hacíamos a escondidas. Nos gustaba sentirnos como si fuéramos un hombre: la violenta tensión agazapada bajo cada poro de la piel, la energía asesina capaz de transformar universos. Pero nadie quería ser un hombre durante demasiado tiempo seguido. Sería una locura.

Con el tiempo la mayoría de nosotras abandonó el Claustro. Me pregunto qué habrá sido de aquel dios. A veces me lo imagino en el sótano, atado por la Palabra, incapaz de crecer o morir. No siento ninguna lástima.

Leonardo Padura y el cansancio histórico

“Éste es un país condenado a la desproporción. El mismo Cristóbal Colón fue el que empezó a joderlo todo, cuando dijo eso de que ésta era la tierra más hermosa y todo lo que le cuelga. Entonces tuvimos la suerte geográfica, histórica, de estar donde estuvimos en el momento en que estuvimos y la dicha o la desgracia de ser como somos, y ya ven, hasta hubo una época en la que podíamos producir más riquezas de las que necesitaba esta isla y nos creíamos ricos. Si eso fuera poco, hemos producido más genios de los que nos correspondían por habitantes y metros cuadrados, y nos creímos mejores, más inteligentes, más fuertes… Esa desproporción es también nuestra mayor condena: nos puso en el medio de la historia. Acuérdense de que Martí quería equilibrar el mundo desde aquí, todo el mundo, el mundo entero, como si tuviera en sus manos la cabrona palanca que pedía Arquímedes. Como resultado de eso es que somos tan históricos y, además, no sólo nos creemos los mejores, sino que a veces hasta lo somos. Y ahí están las consecuencias… Sentido histórico y mala memoria, indolencia y predestinación, grandeza y levedad, idealismo y pragmatismo, como para equilibrar la carga con virtudes y defectos ¿no? Pero al final de todo llega el cansancio. El cansancio de ser tan históricos y predestinados.”

Lo dejó escrito Leonardo Padura en “La neblina del ayer” pero yo creo que, con muy pocos cambios, puede valer para muchos países. Por ejemplo, España.

Micromuertes. 1

Toda mi carrera filosófica ha estado enfocada a la eliminación del ser en mí mismo. Tuve que luchar en un principio contra los críticos poco atentos que calificaban mi obra de mera adaptación de supersticiones orientales. Sin embargo, mi obra iba más allá de las expresiones aparentemente paradójicas, como aquella tan célebre que sin duda conoceréis y que decía: “El ser solo existe en la inexistencia”. Conforme avanzaba en el camino de la disolución absoluta de mi ser desarrollé toda una compleja formulación lógico-matemática que suponía un cambio radical de paradigma. Mis fórmulas resultaban tan complejas para la mayoría de mis colegas que apenas podían asentir confundidos con la cabeza ante la prueba, a duras penas evidente pero irrefutable, de que yo tenía razón.

Y yo mismo era la prueba viviente de todo aquello que afirmaba, aunque decir “viviente” tal vez no sea adecuado para un ser que había alcanzado la trascendencia de sí mismo a través de un meticuloso proceso de aniquilación del propio ser.

Por ello me sorprendió mucho descubrir que yo, al igual que el más vulgar de los gatos, podía ser mortal. En concreto, me asesinó durante un congreso un materialista dialéctico armado de una paradoja de Lichtenberg.

Cortázar, por ejemplo

Hoy, no importa qué día sea, se celebra un aniversario Cortázar. Porque seguro que tal día como hoy, da igual la fecha, se produjo hace quince, treinta o veintisiete años, un hecho memorable en la vida de Cortázar. Un hecho memorable que podría ser la primera vez que Julio contempló una avutarda en directo o la conmemoración del día en que decidió dejar de utilizar la palabra “iconoclasta” por escrito o la celebración del cuadragésimo aniversario del día en que escuchó por quincuagésima séptima vez cierta grabación de Charlie Parker. Un aniversario, sea cual sea el acontecimiento y sin que importe la fecha de hoy, que merecería ser recordado por la legión de devotos seguidores del autor de Rayuela, algunos de los cuales -incluso- habrán leído más de un libro suyo, porque Cortázar sabía que el misterio estaba en las pequeñas cosas, acechando oscuro y peludo, que todos los números podían ser mágicos si se les daba la ocasión y que cualquier momento de la vida, sobre todo aquellos que pasaban fugaces y desapercibidos para la mayoría de los mortales, merecía una celebración. Sin duda ahora mismo se cumple un aniversario exacto -por ejemplo-, medido en años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos, del momento en el que Cortázar llevó a cabo una de sus invenciones más celebradas. El día en que se reinventó a sí mismo y decidió convertirse en musa de lo más divino de la izquierda parisina, viviendo un otoño recauchutado de patriarca de Montparnasse, escondido tras una nube de tabaco negro como el oráculo de una revolución que, ya entonces, estaba destinada a convertirse en atracción turística para burgueses de visa dorada y coartada intelectual de pensamiento débil. Cortázar fue un gran escritor (la mayoría de las veces) a pesar de cualquier militancia y, probablemente, tan grande y tan pequeño, tan débil y tan fuerte, tan admirable y mezquino como cualquiera podemos llegar a serlo en cualquier momento.

Lo cual demuestra, una vez más, que el ser humano -Cortázar incluido- es, con toda probabilidad, una creación de Borges.

Onán

Yérguete en el espacio en que te formo;
mano dura que acarrea placeres por rincones vacíos
de callejas oscuras, míseras esquinas,
donde las prostitutas acechan los fallos
de mi mala memoria.

Álzate en el río de blanca sangre que pugna
por negar la vida que lo impulsa,
por no ser semilla de maldad reproducida.

Tiembla.
en el miedo oblicuo de tu sonrisa,
en el terciopelo rojo que cubre tu mirada,
en el espasmo de tu aliento que me llama,
en el latido interrumpido, repleto de recuerdos.

Y duerme. Duerme, por favor, duerme.
no me busques más con tu presencia,
ignora la razón que nos impulsa
a forjar estos sueños de muerte
que de mi mano no borran la huella.

De revoluciones

Cita

“Una revolución se hace con ideas y violencia. Violencia había, pero ideas no había tantas. Yo me hice cínico así. Nadie tenía más odio que yo, pero no sabía cómo convertirlo en otra cosa. A lo mejor yo no quería otra cosa sino lo mismo, con gente diferente.”

Sombra de la sombra. Paco Ignacio Taibo II

Un poema

Disparo de alba en mitad de la frente,
dientes de cristal masticando soles:
y el ojo del huracán silencioso
parpadea más veloz que un suspiro.

Amanece.
Fuera.

Donde los acólitos del fuego
encienden la primera llama azul del día
y los discípulos del hielo
apagan la última hoguera de la noche
con su sangre.

Una gota de rocío cae sobre los labios de una mujer muerta
que podría ser la madre de cualquiera
o de nadie

Mientras el acero fragua negocios en las manos de hombres
menos sabios que yo
pero más letales.

El violeta canta su canción, otra vez, tras una puerta cerrada

(Y ahí estoy yo:
detrás de todas las condenadas puertas
oscuro como el miedo
sabiendo que podría abrir el dolor de par en par.

Pero callo.
Y espero.)

y algunos hombres solos deshacen bajo sus pies la geometría del vacío.
Y algún estúpido muere por fin

una sola vez.

Y alguien deja caer un diamante
sobre la espalda de un niño.

Un diálogo de marfil rojo rasga las últimas sombras
dibujando la frontera entre matones y asesinos.

El día no se decide a cortarse las venas

Pero amanece.

La misma noche eterna
sobre los malditos hijos del tiempo.

Rosa dentada

“A new born child has no teeth.”-“A goose has no teeth.”-“A rose has no teeth.”-This last at any rate-one would like to say-is obviously true! It is even surer than that a goose has none.-And yet it is none so clear. For where should a rose’s teeth have been? The goose has none in its jaw. And neither, of course, has it any in its wings; but no one means that when he says it has no teeth.-Why, suppose one were to say: the cow chews its food and then dungs the rose with it, so the rose has teeth in the mouth of a beast. This would not be absurd, because one has no notion in advance where to look for teeth in a rose.
L.W. Tractatus

La identidad es inconstante. Atravesados por la flecha del tiempo, nos movemos como fantasmas entre sombras de percepción, en una dirección única que carece de sentido. No vamos de A a C pasando por B. Todo eso es una ilusión. Todo impulso vital es un impulso hacia la muerte, por lo tanto todo impulso suicida es una forma de reafirmar la vida. Como el tiempo es una dimensión, estamos muertos desde el momento de nuestro nacimiento. Del mismo modo, sin embargo, se puede afirmar que todo nacido vive eternamente. Lo que llamamos identidad no es más que una sucesión de instantes aislados y la ilusión de duración viene dada por el hecho de que a veces guardamos recuerdo de la relación entre diferentes instantes. Pero este recuerdo se construye sobre los deshechos de la realidad. Tan sólo conservamos lo que por azar aparece invariable, aunque esta invariabilidad es más un engaño de la percepción que auténtica esencia inmutable, tal y como aparece ante nuestros falibles sentidos.

La relectura propone un sano ejercicio de demolición de la ilusión de permanencia de la identidad. Cojo un libro, por ejemplo “El congreso de futurología” de Stanislaw Lem. Es un libro que recuerdo haber leído hace muchos años, una cantidad imprecisa de años, tal vez veinte, tal vez más. O menos. No tengo forma de saberlo. No guardo ningún tipo de registro documental que dé validez a mi recuerdo. El ejemplar que leí en el pasado se ha perdido, de modo que no puedo saber de cuándo era la edición. Aunque lo tuviera, no sería fácil fijar la fecha de su lectura, ya que no acostumbro a guardar fichas de mis libros o a fecharlos en las primeras páginas, como algunos hacen. Tampoco parece que yo haya escrito ningún comentario acerca de ese libro que pudiera constituirse hoy en testigo de la época en que lo leí por primera vez. Por lo tanto, poco puedo saber acerca del yo que leyó aquel libro. Tan sólo tengo constancia del dato de haberlo leído, porque lo recuerdo es decir, en mi base de datos mental, que guarda constancia de los libros que he leído y de los que no, “El congreso de futurología” de Stanislaw Lem figura entre los libros que he leído de ese autor junto a “La investigación”, “Memorias encontradas en una bañera”, “Solaris” y “El castillo alto”. Sin embargo, sé que de ese autor no he leído “Provocación” que está en mis estanterías a la espera.

Con el libro en la mano a modo de amuleto invocador, intento reconocer en mí al lector pasado de ese libro. Para ello trato de reconstruir mi identidad pasada, acudiendo a los datos que guardo en mi memoria y que son los constitutivos de mi yo presente: amistades, conocidos, relaciones sentimentales, trabajos, estudios, destrezas aprendidas… y pronto reconozco que soy incapaz de unir ninguno de esos elementos con el libro que sostengo en las manos, con la lectura pasada de un ejemplar distinto del mismo libro. En cierto modo yo soy también un ejemplar distinto de la misma persona: el diseño de cubierta, la tipografía, la calidad de las tapas, han variado. Hasta el traductor que vierte la versión original a un idioma que comprendo es uno distinto del que fuera hace más de veinte años, en fecha que soy incapaz de determinar y en la que yo hablaba un idioma que tal vez hoy sería incapaz de entender.

Descubro pronto que todo lo que para mí son recuerdos, todo lo que constituye esa duda vibrátil que llamo yo, en realidad no son más que lo que acerca de ellos imagino en este momento. Cuando entro en el libro me doy cuenta de que no recuerdo absolutamente nada del mismo: ni los personajes ni la trama ni el estilo, nada me resulta familiar. Leo el libro como si fuera por primera vez, con una diferencia: junto a mi recuerdo figuraba una calificación positiva de la lectura de ese libro es decir, recordaba haberlo leído y que me había gustado. Formaba parte, por así decir, de mi educación como lector. Hoy, sin embargo, no encuentro más que defectos en sus páginas; nada me satisface: el protagonista no tiene una identidad definida, la historia no consigue tomar forma, avanzo penosamente a través de unas páginas que casi no consiguen interesarme, movido más por la curiosidad de saber qué me atrajo de ese libro en el pasado que por lo que hoy me ofrece.

Del mismo modo me asomo a mis recuerdos, de igual forma juzgo mi pasado. Cualquier satisfacción que encuentre en mi memoria habrá de ser puesta en duda por mi experiencia releyendo libros. Si semejantes decepciones surgen de una relectura, qué no habría de experimentar si pudiera ver realmente cómo fueron los escasos acontecimientos de los que  a veces creo guardar una grata impresión. Los amigos, amantes, trabajos, estudios, fiestas, llantos y risas pasados, todos por igual deberían ser juzgados con escepticismo o, mejor aún, yo debería asumir que esas ideas que llamo erróneamente recuerdos no son más que sucesos que acontecieron a algún otro, que llegan a mí contados de forma balbuceante, proyectados sobre un espejo deforme que sólo puedo ver a través de un velo.

Y sin embargo, en algún lugar del tiempo, el acontecimiento existió. De algún modo, el libro que releo posee una esencia inmutable que soy incapaz de captar. Debemos suponer que las palabras que escribió Lem permanecen inmutables sobre las páginas del libro. Tengo que creer que aquella mujer tenía los ojos de un determinado color -uno sólo- a pesar de que mi recuerdo no sepa determinar cuál era. Pero esa realidad, admitámoslo, es inaccesible para el ser humano. Para poder acceder a lo inmutable, deberíamos tener una identidad estática. El principio de identidad sólo se cumple en ausencia del tiempo. Sólo en la muerte el conocimiento es perfecto.

No es el órgano quien crea la función sino su extensión dimensional. Así, dos puntos en la cara (el ojo, unidad mínima de recepción de la luz) se convierten en la línea del horizonte de sucesos posible de la realidad. Dicha línea se prolonga en el espacio de forma inevitable, porque del mismo modo que dos puntos configuran una recta unidimensional, están condenados a ser triángulo sobre el plano, y este triángulo es la mirada, acto que se prolonga en el espacio dando lugar a la visión, piedra angular de nuestra construcción de la realidad, que en el tiempo se convierte en nuestro sistema simbólico de representación.

De este modo edificamos nuestra identidad como especie. Sobre la dudosa interpretación de fenómenos físicos que somos tan incapaces de percibir en su totalidad como de comprender en su naturaleza. El ojo es el operador básico de la realidad por el simple procedimiento de añadir tiempo a la luz, en sucesivas construcciones dimensionales, sacando provecho de su doble naturaleza o, tal vez, respondiendo con errores a todas nuestras incertidumbres. Mientras la onda vibra sobre el plano, la partícula se expande sobre el espacio. Ambos movimientos crean el tiempo (o la ilusión de su transcurso) y de ellos se deduce, inevitable para la naturaleza esclava de nuestro ojo, la creación de la historia, espejismo de la identidad, simulacro dinámico de existencia que no es, en definitiva, más que una sucesión de miradas estáticas sobre diferentes estados de la luz.

Y la esencia de lo humano radica, no en estados sino en la percepción del vacío entre ellos. Porque tan sólo la apariencia de transcurso puede dar sentido a una narración en la que, en definitiva, cada palabra tiene tanto sentido como cualquier otra y todas podrían ser igual de prescindibles puesto que si todas y cada una de ellas hubieran sido reemplazadas, jamás podríamos echar en falta la historia que no conocemos.

Por todo ello, nos abrazamos a lo simbólico. Sólo en los símbolos podemos encontrar una ilusión de permanencia. En la escala básica de representación simbólica, nuestros sentidos no son capaces de percibir más que una dicotomía de placer-displacer. A partir de ahí edificamos las falsedades con las que intentamos suplir nuestra carencia de identidad esencial: cultura y civilización.

Todo símbolo expresa un deseo de permanencia en la identidad. Con ellos intentamos aferrarnos a la posibilidad de ser, escapar del estar. Creamos símbolos para escapar del tiempo es decir, para acercarnos a la muerte. El arte es sacrificio porque aspira a la trascendencia y ésta sólo se logra cuando el símbolo renuncia a ser. Pero esto es imposible para nuestros sentidos, débiles instrumentos que se desconectan cuando el dolor es demasiado, que sólo pueden captar una estrecha franja de la realidad.

Religión, pintura, música, literatura, amor, sexo, idioma, todos los elementos simbólicos con los que intentamos crear la ilusión de nuestra identidad, no son más que el reflejo de la inconstancia de nuestra presencia en el tiempo, de la limitada capacidad de nuestros sentidos para captar las relaciones entre identidades ajenas.

Esclavos del órgano, creamos funciones a medida de nuestras limitaciones y de ellas extraemos la ilusión de trascendencia. El sentimiento religioso acecha en lo más profundo de nuestro sistema límbico, en el temor reptiliano a ser aplastados por fuerzas superiores y desconocidas. La pintura y la música son esclavas de los límites de nuestros ojos y oídos, y cualquier cosa que excediera sus estrechas fronteras sería, simplemente, imperceptible es decir, inexistente para nosotros. Todas las historias que contamos están basadas en nuestra percepción de la realidad y por ello la dicotomía real-imaginario es una dialéctica falsa: nada existe para nosotros fuera de nuestro sistema perceptivo. Seríamos incapaces de entender la matemática de los dioses si fuera puesta ante nuestros sentidos. Ni siquiera podemos imaginar tal cosa. Todo el mundo, incluyendo la metafísica, existe en los estrechos límites de nuestro cráneo, sometido a los impulsos electro-químicos de nuestro primitivo cerebro. No somos más que un pequeño juguete del azar, una mota insignificante incapaz de trascender las fronteras de su percepción.

Y sin embargo hablamos de verdad y belleza. Se nos llena la boca de mayúsculas mientras masticamos tiempo, ignorantes de que tan sólo devoramos la imposibilidad esencial de inmanencia que nos conforma. Tal vez la rosa sea un arquetipo de la belleza, sin embargo cuando intentamos morderla, la boca se nos llena de espinas y sabor a pescado muerto.

Cultura, civilización: pienso compuesto.