Recuerdos de infancia

Cierta mañana una noticia se extendió por todo el Claustro: las Monjas Fumadoras habían creado un dios en el sótano de la Central. Se decía –porque todo eran rumores- que era un dios pequeño, vaporoso, prácticamente incapaz, y que las Pupilas Avanzadas habían tenido mucho que ver en todo el asunto. No nos pareció interesante ir a verlo, recuerdo que aquella mañana nos tocaba iniciarnos en el Consumo.

Los tres Pilares de la Fe eran: Consumo, Fornicación y Violencia. Todo estaba ahí. Recuerdo cómo la Hermana Theresa, tras salir de una Violación Ritual, sudorosa y ensangrentada, todavía bajo los efectos del Éxtasis, nos explicó que los Pilares de la Fe mantenían el Claustro unido y a los hombres alejados.

Hormigón y madera. Cuerda y cristal. Acero y seda. Recuerdo el sabor de todos ellos. El tiempo no era un lugar para quedarse. El fuego era mucho más duradero.

A veces tomaba testosterona. Todas lo hacíamos a escondidas. Nos gustaba sentirnos como si fuéramos un hombre: la violenta tensión agazapada bajo cada poro de la piel, la energía asesina capaz de transformar universos. Pero nadie quería ser un hombre durante demasiado tiempo seguido. Sería una locura.

Con el tiempo la mayoría de nosotras abandonó el Claustro. Me pregunto qué habrá sido de aquel dios. A veces me lo imagino en el sótano, atado por la Palabra, incapaz de crecer o morir. No siento ninguna lástima.

Cuatro sonetos

1 de febrero de 1967.

Ese niño que corre por el bosque
podrías ser tú. No huye, busca.
Abraza un árbol sin nombre
y besa su piel porque sabe a música.

Toma una piedra y la lanza al río
y otra y otra y mil y piedras sin cuento.
Mas el agua y las piedras no emiten sonido.

Ese niño que del roble cuelga
podrías ser tú. Ese niño ahogado en el río
podría ser yo. El niño que espera.

Porque cuando llegue la hora del canto
abrirá las compuertas de su cuerpo
y con su voz desde el vacío
cubrirá la tierra de ángeles muertos.

3 de febrero de 1972

Mi voz yacía en reflejos de papel,
laberintos de estopa, palo y marfil.
Mi voz ya sabía qué mes era aquel
que duraba un año, de mayo hasta abril.

El padre, el hijo y la ballena blanca
(ese libro pesaba un mundo entero)
lazos de carne y sal en mi garganta:
escogí al silencio, por compañero.

No puedo perdonar, por eso callo
y a veces prendo fuego a los espejos;
tengo una voz que me quema las manos,

que puede ser grito y quiere ser canto,
que es como un arpón, clavada a mi pecho
y es lo único que tengo. Para daros.

17 de febrero de cualquier agosto.

La mañana brillaba como un cuchillo nuevo
el día que partimos hacia el norte:
calor, trenes, aeropuertos
y llegar a la sal en plena noche.

Visitamos las casas de mis muertos,
me contaron de nuevo las historias
que habían corrompido mis recuerdos.

Sus voces eran como la marea
que subía para ocultar un vertedero
de mentiras, de miedo y de miseria.

Nadie es como el mar tan buen viajero:
escucha leyendas de lenguas de arena,
marinos ahogados, almas en pena
y vuelve al olvido con el pie ligero.

27 de febrero de nunca jamás.

A poco se va, se acaba, se apaga,
toda la claridad huye del cielo.
A veces te duele hasta la mirada
y caminar es otro balbuceo.

Si aún palpita un torrente de verbos
en tu sien, si en las manos tienes
un mundo por nombrar, un universo
¿Por qué de la luz al silencio vienes?

Porque no sirve hablar si no responden
a un palmo de nada te detienes
y entre palabras muertas hoy te escondes.

Y así, rendido frente al mar esperas
que el cielo pliegue la última página
del horizonte, llena de respuestas.