Cuando muere un escritor

Ya sea por algún defecto básico de mi inteligencia o por la naturaleza fluida y amorfa de la vida misma, nunca he podido distinguir hito alguno y menos aún una boya. Si existe algo parecido a un hito, es el que no podré reconocer yo mismo, es decir, la muerte.
Joseph Brodsky. Menos que uno. Siruela.

Cuando muere un escritor, nace una obra completa.
Martín Schifino, Revista de Letras, julio-agosto 2007.

La percepción que tenemos de la muerte es cambiante y equivocada en todos los momentos de nuestra vida. La muerte vista por un joven está llena de vida, como todo en él, y se muestra como un deseo inalcanzable, acaso como la forma más plena de realización, el camino para convertir el tiempo en leyenda.

Después, si no ha habido catástrofes previas, la muerte comienza a mostrar un perfil más duro, puede llegar a rozarnos, a tocarnos incluso. Aquí algunos hablarían de sus largos y gélidos dedos, de la mano que la doncella (¿la muerte es virgen?) pone en el hombro del amigo, de la última hora o del día que el tiempo dejó de transcurrir. Cada día estoy más convencido de que ciertas metáforas son la mayor muestra de la ignorancia que el género humano cultiva acerca de todo lo que le concierne.

Dejemos pues que las blandas metáforas caigan por su propio peso y asumamos que en algún momento la muerte empieza a cercarnos. A acercarse. No tiene prisa, así que puede empezar por un pariente anciano al que “le había llegado su hora”, otra tontería ante la que el difunto, a buen seguro, mostraría su rotundo desacuerdo de estar capacitado para ello.

Durante toda nuestra vida, la gente va muriendo a nuestro alrededor, y nosotros no. De ahí ese estúpido sentimiento de invulnerabilidad que marca las acciones del ser humano, tan poco previsor de su futuro. La muerte es algo que le sucede a otros, está claro, toda la vida ha sido así.

Y cuando sea de otra forma, no tendrá remedio.

Pero conforme avanzamos por la vida, si somos sinceros, cobramos consciencia de que también nosotros hemos de acabar nuestro trayecto en algún punto. Y que ese punto final será el comienzo de nuestra historia vital, puesto que sólo con la muerte está completa una vida, parafraseando la cita de Schifino.

Del mismo modo que la música no puede existir sin el silencio, una vida no puede existir sin la muerte. La vida es un ruidoso paréntesis entre dos silencios y durante ese breve instante, un poeta no puede callar. Porque sabe que viene del silencio y al silencio va, forma parte de una larga cadena de huesos y su tumba ya existe en algún lugar del tiempo hacia el que se dirige inexorable, a veces cantando.

Hace algún tiempo visité por primera vez Deiá, un pueblo mallorquín entre montañas, poblado por gatos silenciosos y discretos millonarios. Llevé a mis acompañantes a visitar el cementerio. Es un lugar tranquilo, con vistas a la montaña, y las tumbas dispuestas en terrazas escalonadas, de forma irregular por el suelo, de manera que es difícil no pisar una. Caminé entre las tumbas disfrutando de la tópica paz de los cementerios, buscando una tumba en concreto, que debía de estar en algún lugar. El cementerio es pequeño, sencillo, y muestra el carácter reservado propio de los mallorquines. Resulta difícil saber, a partir de las lápidas, si quien allí yace fue rico o pobre, salvo en un par de casos que resultan grotescos por lo insólito. Aparte de esos casos (hasta en la muerte hay fanfarrones) la mayoría de las tumbas constan de una discreta lápida con un nombre y un par de fechas, que parecen haber sido escritos con un palo sobre la arcilla. Pero para mí había mucha más belleza en ese despojamiento que en la capilla fallera que Barceló ha perpetrado en la catedral de Mallorca y de cuya visita todavía notaba el amargo regusto.

Desde una de las terrazas miré hacia la montaña cercana y jugué al juego de viajar al pasado, despojando al paisaje de toda la barahúnda de casas, jardines y cercados, para poder imaginar un tiempo en el que acaso un pastor solitario dejaba a las cabras ramonear por los cuestos, pensando tal vez en el queso que iban a producirle sus ovejas, ajeno a toda literatura pastoral. O el momento, a principios de los años 30, en que un escritor inglés llegó a la isla y en esa zona encontró su residencia para el resto de sus días, hasta su muerte 50 años después y su enterramiento en ese mismo cementerio.

Y ahí estaba la lápida, a mis pies. Ponía tan sólo: “Robert Graves. Poeta. Y las fechas correspondientes al inicio y fin de su vida. Escrita con esa caligrafía como de niño, como si alguien con un dedo largo y huesudo hubiera dibujado un nombre sobre la arcilla. Es curioso, nunca he leido a Robert Graves. Ni siquiera de niño me dejaron ver la famosa serie “Yo, Claudio”, basada en sus libros. Y sin embargo me emocioné, ante esa lápida con nombre de tumba. Y sentí un calor fraternal que venía de la fría arcilla.

Algún día me gustaría ser un poeta muerto. O, al menos, un mensaje limpio, sencillo, escrito con mano infantil, sobre la tumba de un poeta. Un surco sobre arcilla, en un cementerio entre montañas, cerca del mar. Es cierto, me gustaría llegar a ser la tumba de Robert Graves.

Porque, como ves, apreciado tú la visión que tenemos de la muerte va cambiando conforme nos acercamos a ella. Y este camino, que ha de ser por fuerza de despojamiento, a mí me lleva a querer ser cada día menos, porque es la única forma de llegar a ser alguien.