El perro desagradecido. Una fábula

Un día fui a la protectora de animales para adoptar un perro. Me encontré con que una hembra de labrador había tenido una nutrida camada de mestizos, muy bonitos todos. Me dijeron que lo más probable era que tuvieran que sacrificar a los que no fueran adoptados. Elegí uno y lo llevé a vivir conmigo, feliz de haberlo salvado de una muerte casi segura.

Le enseñé las reglas básicas de educación y lo alimenté con restos de mi comida. Dormía en el jardín, ladrándole a los posibles ladrones o, sobre todo, a otros perros que pasaban. Al cumplir los dos años lo castré. Estaba vacunado, tenía su chip y una correa corta con la que lo sacaba a pasear de vez en cuando, temeroso de que se escapara.

Un día, de pronto, me mordió.

Furioso, exclamé:

– ¡Desagradecido! ¿Por qué muerdes la mano que te da de comer?

Y el perro me respondió:

– No lo hago por mí, sino porque dejaste morir a mis hermanos.

Y por eso ningún trabajador debería decir “gracias” cuando recibe su sueldo.

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