Leonardo Padura y el cansancio histórico

“Éste es un país condenado a la desproporción. El mismo Cristóbal Colón fue el que empezó a joderlo todo, cuando dijo eso de que ésta era la tierra más hermosa y todo lo que le cuelga. Entonces tuvimos la suerte geográfica, histórica, de estar donde estuvimos en el momento en que estuvimos y la dicha o la desgracia de ser como somos, y ya ven, hasta hubo una época en la que podíamos producir más riquezas de las que necesitaba esta isla y nos creíamos ricos. Si eso fuera poco, hemos producido más genios de los que nos correspondían por habitantes y metros cuadrados, y nos creímos mejores, más inteligentes, más fuertes… Esa desproporción es también nuestra mayor condena: nos puso en el medio de la historia. Acuérdense de que Martí quería equilibrar el mundo desde aquí, todo el mundo, el mundo entero, como si tuviera en sus manos la cabrona palanca que pedía Arquímedes. Como resultado de eso es que somos tan históricos y, además, no sólo nos creemos los mejores, sino que a veces hasta lo somos. Y ahí están las consecuencias… Sentido histórico y mala memoria, indolencia y predestinación, grandeza y levedad, idealismo y pragmatismo, como para equilibrar la carga con virtudes y defectos ¿no? Pero al final de todo llega el cansancio. El cansancio de ser tan históricos y predestinados.”

Lo dejó escrito Leonardo Padura en “La neblina del ayer” pero yo creo que, con muy pocos cambios, puede valer para muchos países. Por ejemplo, España.

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España

España huele a la alpargata quemada de Unamuno
España huele a los pedos flojos de Aleixandre encerrado en Wellingtonia
España huele a las bragas húmedas de doña Emilia Pardo Bazán
que se las cambiaba poco
y al vientre desatado de Federico, a su último amanecer en Víznar
¡Asesinado por el cielo!
España huele al cocido rancio de Galdós
a la caspa en la boina sebosa de Pío Baroja
y a la entrepierna de Cela
asediada por las moscas.

España huele a cebolla en los sobacos de Alberti
a la cebolla tuberculosa de los pulmones de Hernández
a mierda de vaca
a cerdo muerto
a corral abandonado
a escupitajo a traición.

España huele siempre a rancio bajo el agua de colonia
en los sobacos de Lucía Etxebarría
al coño de Almudena Grandes
a la saliva de Elvira Lindo sobre el bigote de Muñoz Molina
al amoniaco de los ochenta
que pasó mezclado con toneladas de cocaína
por las narices más leídas del país.

España huele a rabia,
a mala baba,
a envidia
España huele a guerra eterna
a ignorancia atrevida
a escuela de curas
a mano ajena en la ingle ajada del tiempo

Ay, España cómo huele.
Ay, que me huele España.