La leyenda del santo perdedor

“Es tan difícil hablar del perdedor como necio callar sobre él.”  El perdedor radical, Hans Magnus Enzensberger.

¿Qué es un poeta? ¿Qué clase de animal, vegetal o mineral se oculta tras la expresión en versos, palabras, floraciones, pedradas como bolas de nieve? El poeta no es un niño ni un hombre ni un loco ni un santo ni un terrorista. Y tal vez es todo eso a la vez, o de vez en cuando.

El poeta es una persona construida en torno de un vacío. Ese vacío puede ser la infancia, el tiempo, la muerte o el amor o cualquier otro sinónimo que se nos ocurra. Pero, en realidad se trata siempre del vacío del lenguaje o, por mejor decir, el vacío del sentido del lenguaje. El poeta planta sus pies a ambos lados de cualquier frontera y trata de llenar un océano con el agua que saca de un mar. Y sabe que ese vacío central es imposible de llenar porque llenarlo sería crear un vacío aún mayor. Por lo tanto, merodea con sus palabras en torno a lo que no puede ser dicho, intentando, al menos, nombrarlo, marcarlo con un signo: señalarlo, para que sepamos que esta ahí. Pero “ahí” es un adverbio de tiempo y aunque el tiempo es inmutable, jamás dos viajeros distintos consiguieron visitar el mismo segundo. Y ahí nunca está donde creemos que estaba. El poeta sabe todo eso, conoce el tamaño colosal de su ignorancia, sabe que su incapacidad para decir es mayor cuánto más tiene que decir. Y pule sus palabras con la lima del silencio y las viste con música de puñales y las lanza al vacío por si alguna encuentra destino. Como si el destino fuera algo más que otro lugar común.

El poeta es un animal de destino inevitable. Da igual que se vista con los brillantes colores de la popularidad o que pasee su triste figura por mesas de taberna de mármol gastado como lápidas antiguas; no importa si canta en tono mayor o susurra desafinado, si pierde las formas entre líneas curvas de mujeres soñadas o persiguiendo el afecto imposible de ángeles muertos. El poeta siempre arrastra consigo el peso insoportable del vacío que es su centro y el centro de todos nosotros, aquello que es imposible de decir y que debe ser dicho: el tamaño exacto de la soledad, el peso preciso de las mentiras, el color del odio inolvidable, el sabor de las cicatrices, el sonido que emite un recuerdo cuando muere. La cualidad inservible de toda esperanza. Y sin embargo, canta. Sabe que su canto no es suyo, que su voz no le pertenece, que ni siquiera posee el aire que sale de su boca; ese aire tiene el sabor de aire muerto que otros mejores que él exhalaron en el pasado. El poeta canta con sonido de estrella fugaz, pero su estela es una estela funeraria.

Pero no puede evitar cantar. Tal vez intente con todas sus fuerzas no cantar, temeroso de dirigirse hacia un silencio mayor que el de su origen, conocedor acaso de que el vacío que le espera es más pavoroso que el que le alumbra. No querrá cantar, tal vez, porque sabe que su voz puede convertirse en el aullido espantoso de un demente; porque si puede matar ángeles con su canto, sabe que el eco será por fuerza terrorífico. Buscará otras cosas que hacer. Medirá la soledad con pasos ajenos, para recorrer caminos trillados que no tiemblen bajo sus pies. Venderá sus mentiras por metros o a tanto la palabra, disfrazadas de sonrisa o de oro. Acaso cultive el odio para conseguir que la canción de sus recuerdos suene más hermosa o siembre de cicatrices sus manos para que parezcan águilas ancianas. Intentará huir de su vacío central llenando sus manos de tierra, de humo, de polvo, de sombra, de nada, como otros hicieron antes. Y al final se encontrará, sólo en la noche más oscura del alma, asomado al pozo infinito de su lenguaje: cantando.

¿Qué es un poeta? Un poeta no es menos que un dios ni más que cualquier hombre. Es un ser herido de tiempo y palabras. Una criatura balbuceante que nunca llegará a nacer del todo, como la promesa de un cielo más allá del cielo; de un amanecer otro que no traiga sabor de acero prendido de los rayos del sol. Una pobre criatura que sabe que toda verdad es mentira, que todo arte es arte muerto y que el amor es -a veces- la forma más elaborada del vacío.

Si os encontráis con uno, tened compasión de él. Se esforzó en ser como vosotros. Y no lo consiguió.

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