Rosa dentada

“A new born child has no teeth.”-“A goose has no teeth.”-“A rose has no teeth.”-This last at any rate-one would like to say-is obviously true! It is even surer than that a goose has none.-And yet it is none so clear. For where should a rose’s teeth have been? The goose has none in its jaw. And neither, of course, has it any in its wings; but no one means that when he says it has no teeth.-Why, suppose one were to say: the cow chews its food and then dungs the rose with it, so the rose has teeth in the mouth of a beast. This would not be absurd, because one has no notion in advance where to look for teeth in a rose.
L.W. Tractatus

La identidad es inconstante. Atravesados por la flecha del tiempo, nos movemos como fantasmas entre sombras de percepción, en una dirección única que carece de sentido. No vamos de A a C pasando por B. Todo eso es una ilusión. Todo impulso vital es un impulso hacia la muerte, por lo tanto todo impulso suicida es una forma de reafirmar la vida. Como el tiempo es una dimensión, estamos muertos desde el momento de nuestro nacimiento. Del mismo modo, sin embargo, se puede afirmar que todo nacido vive eternamente. Lo que llamamos identidad no es más que una sucesión de instantes aislados y la ilusión de duración viene dada por el hecho de que a veces guardamos recuerdo de la relación entre diferentes instantes. Pero este recuerdo se construye sobre los deshechos de la realidad. Tan sólo conservamos lo que por azar aparece invariable, aunque esta invariabilidad es más un engaño de la percepción que auténtica esencia inmutable, tal y como aparece ante nuestros falibles sentidos.

La relectura propone un sano ejercicio de demolición de la ilusión de permanencia de la identidad. Cojo un libro, por ejemplo “El congreso de futurología” de Stanislaw Lem. Es un libro que recuerdo haber leído hace muchos años, una cantidad imprecisa de años, tal vez veinte, tal vez más. O menos. No tengo forma de saberlo. No guardo ningún tipo de registro documental que dé validez a mi recuerdo. El ejemplar que leí en el pasado se ha perdido, de modo que no puedo saber de cuándo era la edición. Aunque lo tuviera, no sería fácil fijar la fecha de su lectura, ya que no acostumbro a guardar fichas de mis libros o a fecharlos en las primeras páginas, como algunos hacen. Tampoco parece que yo haya escrito ningún comentario acerca de ese libro que pudiera constituirse hoy en testigo de la época en que lo leí por primera vez. Por lo tanto, poco puedo saber acerca del yo que leyó aquel libro. Tan sólo tengo constancia del dato de haberlo leído, porque lo recuerdo es decir, en mi base de datos mental, que guarda constancia de los libros que he leído y de los que no, “El congreso de futurología” de Stanislaw Lem figura entre los libros que he leído de ese autor junto a “La investigación”, “Memorias encontradas en una bañera”, “Solaris” y “El castillo alto”. Sin embargo, sé que de ese autor no he leído “Provocación” que está en mis estanterías a la espera.

Con el libro en la mano a modo de amuleto invocador, intento reconocer en mí al lector pasado de ese libro. Para ello trato de reconstruir mi identidad pasada, acudiendo a los datos que guardo en mi memoria y que son los constitutivos de mi yo presente: amistades, conocidos, relaciones sentimentales, trabajos, estudios, destrezas aprendidas… y pronto reconozco que soy incapaz de unir ninguno de esos elementos con el libro que sostengo en las manos, con la lectura pasada de un ejemplar distinto del mismo libro. En cierto modo yo soy también un ejemplar distinto de la misma persona: el diseño de cubierta, la tipografía, la calidad de las tapas, han variado. Hasta el traductor que vierte la versión original a un idioma que comprendo es uno distinto del que fuera hace más de veinte años, en fecha que soy incapaz de determinar y en la que yo hablaba un idioma que tal vez hoy sería incapaz de entender.

Descubro pronto que todo lo que para mí son recuerdos, todo lo que constituye esa duda vibrátil que llamo yo, en realidad no son más que lo que acerca de ellos imagino en este momento. Cuando entro en el libro me doy cuenta de que no recuerdo absolutamente nada del mismo: ni los personajes ni la trama ni el estilo, nada me resulta familiar. Leo el libro como si fuera por primera vez, con una diferencia: junto a mi recuerdo figuraba una calificación positiva de la lectura de ese libro es decir, recordaba haberlo leído y que me había gustado. Formaba parte, por así decir, de mi educación como lector. Hoy, sin embargo, no encuentro más que defectos en sus páginas; nada me satisface: el protagonista no tiene una identidad definida, la historia no consigue tomar forma, avanzo penosamente a través de unas páginas que casi no consiguen interesarme, movido más por la curiosidad de saber qué me atrajo de ese libro en el pasado que por lo que hoy me ofrece.

Del mismo modo me asomo a mis recuerdos, de igual forma juzgo mi pasado. Cualquier satisfacción que encuentre en mi memoria habrá de ser puesta en duda por mi experiencia releyendo libros. Si semejantes decepciones surgen de una relectura, qué no habría de experimentar si pudiera ver realmente cómo fueron los escasos acontecimientos de los que  a veces creo guardar una grata impresión. Los amigos, amantes, trabajos, estudios, fiestas, llantos y risas pasados, todos por igual deberían ser juzgados con escepticismo o, mejor aún, yo debería asumir que esas ideas que llamo erróneamente recuerdos no son más que sucesos que acontecieron a algún otro, que llegan a mí contados de forma balbuceante, proyectados sobre un espejo deforme que sólo puedo ver a través de un velo.

Y sin embargo, en algún lugar del tiempo, el acontecimiento existió. De algún modo, el libro que releo posee una esencia inmutable que soy incapaz de captar. Debemos suponer que las palabras que escribió Lem permanecen inmutables sobre las páginas del libro. Tengo que creer que aquella mujer tenía los ojos de un determinado color -uno sólo- a pesar de que mi recuerdo no sepa determinar cuál era. Pero esa realidad, admitámoslo, es inaccesible para el ser humano. Para poder acceder a lo inmutable, deberíamos tener una identidad estática. El principio de identidad sólo se cumple en ausencia del tiempo. Sólo en la muerte el conocimiento es perfecto.

No es el órgano quien crea la función sino su extensión dimensional. Así, dos puntos en la cara (el ojo, unidad mínima de recepción de la luz) se convierten en la línea del horizonte de sucesos posible de la realidad. Dicha línea se prolonga en el espacio de forma inevitable, porque del mismo modo que dos puntos configuran una recta unidimensional, están condenados a ser triángulo sobre el plano, y este triángulo es la mirada, acto que se prolonga en el espacio dando lugar a la visión, piedra angular de nuestra construcción de la realidad, que en el tiempo se convierte en nuestro sistema simbólico de representación.

De este modo edificamos nuestra identidad como especie. Sobre la dudosa interpretación de fenómenos físicos que somos tan incapaces de percibir en su totalidad como de comprender en su naturaleza. El ojo es el operador básico de la realidad por el simple procedimiento de añadir tiempo a la luz, en sucesivas construcciones dimensionales, sacando provecho de su doble naturaleza o, tal vez, respondiendo con errores a todas nuestras incertidumbres. Mientras la onda vibra sobre el plano, la partícula se expande sobre el espacio. Ambos movimientos crean el tiempo (o la ilusión de su transcurso) y de ellos se deduce, inevitable para la naturaleza esclava de nuestro ojo, la creación de la historia, espejismo de la identidad, simulacro dinámico de existencia que no es, en definitiva, más que una sucesión de miradas estáticas sobre diferentes estados de la luz.

Y la esencia de lo humano radica, no en estados sino en la percepción del vacío entre ellos. Porque tan sólo la apariencia de transcurso puede dar sentido a una narración en la que, en definitiva, cada palabra tiene tanto sentido como cualquier otra y todas podrían ser igual de prescindibles puesto que si todas y cada una de ellas hubieran sido reemplazadas, jamás podríamos echar en falta la historia que no conocemos.

Por todo ello, nos abrazamos a lo simbólico. Sólo en los símbolos podemos encontrar una ilusión de permanencia. En la escala básica de representación simbólica, nuestros sentidos no son capaces de percibir más que una dicotomía de placer-displacer. A partir de ahí edificamos las falsedades con las que intentamos suplir nuestra carencia de identidad esencial: cultura y civilización.

Todo símbolo expresa un deseo de permanencia en la identidad. Con ellos intentamos aferrarnos a la posibilidad de ser, escapar del estar. Creamos símbolos para escapar del tiempo es decir, para acercarnos a la muerte. El arte es sacrificio porque aspira a la trascendencia y ésta sólo se logra cuando el símbolo renuncia a ser. Pero esto es imposible para nuestros sentidos, débiles instrumentos que se desconectan cuando el dolor es demasiado, que sólo pueden captar una estrecha franja de la realidad.

Religión, pintura, música, literatura, amor, sexo, idioma, todos los elementos simbólicos con los que intentamos crear la ilusión de nuestra identidad, no son más que el reflejo de la inconstancia de nuestra presencia en el tiempo, de la limitada capacidad de nuestros sentidos para captar las relaciones entre identidades ajenas.

Esclavos del órgano, creamos funciones a medida de nuestras limitaciones y de ellas extraemos la ilusión de trascendencia. El sentimiento religioso acecha en lo más profundo de nuestro sistema límbico, en el temor reptiliano a ser aplastados por fuerzas superiores y desconocidas. La pintura y la música son esclavas de los límites de nuestros ojos y oídos, y cualquier cosa que excediera sus estrechas fronteras sería, simplemente, imperceptible es decir, inexistente para nosotros. Todas las historias que contamos están basadas en nuestra percepción de la realidad y por ello la dicotomía real-imaginario es una dialéctica falsa: nada existe para nosotros fuera de nuestro sistema perceptivo. Seríamos incapaces de entender la matemática de los dioses si fuera puesta ante nuestros sentidos. Ni siquiera podemos imaginar tal cosa. Todo el mundo, incluyendo la metafísica, existe en los estrechos límites de nuestro cráneo, sometido a los impulsos electro-químicos de nuestro primitivo cerebro. No somos más que un pequeño juguete del azar, una mota insignificante incapaz de trascender las fronteras de su percepción.

Y sin embargo hablamos de verdad y belleza. Se nos llena la boca de mayúsculas mientras masticamos tiempo, ignorantes de que tan sólo devoramos la imposibilidad esencial de inmanencia que nos conforma. Tal vez la rosa sea un arquetipo de la belleza, sin embargo cuando intentamos morderla, la boca se nos llena de espinas y sabor a pescado muerto.

Cultura, civilización: pienso compuesto.

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Cuando muere un escritor

Ya sea por algún defecto básico de mi inteligencia o por la naturaleza fluida y amorfa de la vida misma, nunca he podido distinguir hito alguno y menos aún una boya. Si existe algo parecido a un hito, es el que no podré reconocer yo mismo, es decir, la muerte.
Joseph Brodsky. Menos que uno. Siruela.

Cuando muere un escritor, nace una obra completa.
Martín Schifino, Revista de Letras, julio-agosto 2007.

La percepción que tenemos de la muerte es cambiante y equivocada en todos los momentos de nuestra vida. La muerte vista por un joven está llena de vida, como todo en él, y se muestra como un deseo inalcanzable, acaso como la forma más plena de realización, el camino para convertir el tiempo en leyenda.

Después, si no ha habido catástrofes previas, la muerte comienza a mostrar un perfil más duro, puede llegar a rozarnos, a tocarnos incluso. Aquí algunos hablarían de sus largos y gélidos dedos, de la mano que la doncella (¿la muerte es virgen?) pone en el hombro del amigo, de la última hora o del día que el tiempo dejó de transcurrir. Cada día estoy más convencido de que ciertas metáforas son la mayor muestra de la ignorancia que el género humano cultiva acerca de todo lo que le concierne.

Dejemos pues que las blandas metáforas caigan por su propio peso y asumamos que en algún momento la muerte empieza a cercarnos. A acercarse. No tiene prisa, así que puede empezar por un pariente anciano al que “le había llegado su hora”, otra tontería ante la que el difunto, a buen seguro, mostraría su rotundo desacuerdo de estar capacitado para ello.

Durante toda nuestra vida, la gente va muriendo a nuestro alrededor, y nosotros no. De ahí ese estúpido sentimiento de invulnerabilidad que marca las acciones del ser humano, tan poco previsor de su futuro. La muerte es algo que le sucede a otros, está claro, toda la vida ha sido así.

Y cuando sea de otra forma, no tendrá remedio.

Pero conforme avanzamos por la vida, si somos sinceros, cobramos consciencia de que también nosotros hemos de acabar nuestro trayecto en algún punto. Y que ese punto final será el comienzo de nuestra historia vital, puesto que sólo con la muerte está completa una vida, parafraseando la cita de Schifino.

Del mismo modo que la música no puede existir sin el silencio, una vida no puede existir sin la muerte. La vida es un ruidoso paréntesis entre dos silencios y durante ese breve instante, un poeta no puede callar. Porque sabe que viene del silencio y al silencio va, forma parte de una larga cadena de huesos y su tumba ya existe en algún lugar del tiempo hacia el que se dirige inexorable, a veces cantando.

Hace algún tiempo visité por primera vez Deiá, un pueblo mallorquín entre montañas, poblado por gatos silenciosos y discretos millonarios. Llevé a mis acompañantes a visitar el cementerio. Es un lugar tranquilo, con vistas a la montaña, y las tumbas dispuestas en terrazas escalonadas, de forma irregular por el suelo, de manera que es difícil no pisar una. Caminé entre las tumbas disfrutando de la tópica paz de los cementerios, buscando una tumba en concreto, que debía de estar en algún lugar. El cementerio es pequeño, sencillo, y muestra el carácter reservado propio de los mallorquines. Resulta difícil saber, a partir de las lápidas, si quien allí yace fue rico o pobre, salvo en un par de casos que resultan grotescos por lo insólito. Aparte de esos casos (hasta en la muerte hay fanfarrones) la mayoría de las tumbas constan de una discreta lápida con un nombre y un par de fechas, que parecen haber sido escritos con un palo sobre la arcilla. Pero para mí había mucha más belleza en ese despojamiento que en la capilla fallera que Barceló ha perpetrado en la catedral de Mallorca y de cuya visita todavía notaba el amargo regusto.

Desde una de las terrazas miré hacia la montaña cercana y jugué al juego de viajar al pasado, despojando al paisaje de toda la barahúnda de casas, jardines y cercados, para poder imaginar un tiempo en el que acaso un pastor solitario dejaba a las cabras ramonear por los cuestos, pensando tal vez en el queso que iban a producirle sus ovejas, ajeno a toda literatura pastoral. O el momento, a principios de los años 30, en que un escritor inglés llegó a la isla y en esa zona encontró su residencia para el resto de sus días, hasta su muerte 50 años después y su enterramiento en ese mismo cementerio.

Y ahí estaba la lápida, a mis pies. Ponía tan sólo: “Robert Graves. Poeta. Y las fechas correspondientes al inicio y fin de su vida. Escrita con esa caligrafía como de niño, como si alguien con un dedo largo y huesudo hubiera dibujado un nombre sobre la arcilla. Es curioso, nunca he leido a Robert Graves. Ni siquiera de niño me dejaron ver la famosa serie “Yo, Claudio”, basada en sus libros. Y sin embargo me emocioné, ante esa lápida con nombre de tumba. Y sentí un calor fraternal que venía de la fría arcilla.

Algún día me gustaría ser un poeta muerto. O, al menos, un mensaje limpio, sencillo, escrito con mano infantil, sobre la tumba de un poeta. Un surco sobre arcilla, en un cementerio entre montañas, cerca del mar. Es cierto, me gustaría llegar a ser la tumba de Robert Graves.

Porque, como ves, apreciado tú la visión que tenemos de la muerte va cambiando conforme nos acercamos a ella. Y este camino, que ha de ser por fuerza de despojamiento, a mí me lleva a querer ser cada día menos, porque es la única forma de llegar a ser alguien.

Qué fatiga

Lo que sigue habrá de ser, por fuerza y la propia naturaleza de las cosas, un barboteo inconexo. Muerto el estilo, se acabó la rabia o al menos, eso debería haber tallado Arthur sobre su escritorio de Charloteville. Algo de lo que fue incapaz, como era de esperar.

No quisiera escribir sobre ti mi amargura, más propia de otra edad que no te corresponde, pero tampoco tengo muchas más opciones. Te adivino oculto lector tras tu falta de respuestas y te creo como interlocutor ideal, probablemente falso. Tal vez no seas lo bastante hipócrita como para ser mi semejante, mi hermano.

Pero da igual ya que la única posibilidad de verdad yace sepultada en el principio de identidad. Tan solo A puede ser igual a sí mismo y esa es la única certeza existente. Todo lo demás es arte, mentira.

Y estoy muy cansado, supongo que padezco el malestar de la cultura. Y eso consiste en tener una enfermedad que, a buen seguro, otros han padecido antes y de la que han dejado constancia en una intrincada maraña de citas, referencias, catálogos, ensayos, obras, recensiones y toda clase de variaciones sobre la charla etílica con que los hombres tejen sus redes de poder.

El poder, la verdad, el dinero, máscaras superpuestas. La gente pobre suele ser más mala que la gente rica, porque no puede permitirse buenos sentimientos. Los cocodrilos no sobreviven dando limosna, han de comer todo lo que pase cerca. Pero la bondad no nos acerca a la riqueza, sólo la estupidez. Hace falta un tipo especial de carácter para llegar a ser lo bastante rico como para poder permitirnos el lujo de ser buenos. Un carácter en el que la verdad se da por supuesta y no cabe escepticismo acerca de nuestra propia hipocresía. Una forma de ser en la que se reconoce la posibilidad de ser artista -la posibilidad de ser artista, he dicho- sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza, hecha pedazos como máscara de arcilla seca, como el molde de las manos de Chopin, inverosímiles captoras de música, escultoras de aire muerto.

Porque todo es aire muerto alrededor y casi nadie, o alguno menos, comprende mi cruzada contra la cultura, mi necesidad de abandonarme, salir de mí en busca de un ángel nuevo, caído en el barro que crea el llanto sobre los restos de maquillaje que un improbable forense comenzó a extender sobre el ser humano hace tres mil años, mezclando civilización con cultura en burlona tanatopraxia.

Y hoy ya todo se ha vuelto intangible y todo espíritu es un espíritu muerto. Y no puedo seguir comiendo cadáveres. El sabor a carroña impregna mi aliento y cada nueva inhalación me trae nuevos acentos de podredumbre: nihilismo, mierda, existencialismo, mierda, comunismo, mierda, fascismo, mierda, poesía, mierda, el puto ángel de la historia de Benjamín, los cuadros de Rothko, la música de Telemann o de Messiaien o de Abba o la voz muerta de mi padre en mis huesos, todo la misma puta mierda corrupta y descompuesta.

Soy un gólem hecho de heces y el nombre de mi frente está escrito con la sangre blanca de los hijos que nunca tendré. Busco una nueva voz hecha de espinas con la que traer una muerte nueva a este mundo de muertos.

Estoy muy cansado. Siento que podría trascenderme. A veces me gustaría ser dios para crucificarme.

Profetas del vacío

Je reviendrai, avec des membres de fer, la peau sombre, l’oeil furieux: sur mon masque, on me jugera d’une race forte. J’aurai de l’or: je serai oisif et brutal. Les femmes soignent ces féroces infirmes retour des pays chauds.

Regresaré, con miembros de hierro, la piel oscura, el ojo furioso: de acuerdo a mi máscara, me juzgarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos inválidos feroces que retornan de los países cálidos.

Arthur Rimbaud. Une saison en enfer.

El don de la profecía consiste en conocer (por inspiración divina) las cosas distantes o futuras, según el pocas veces profético diccionario de la academia española. Siempre la claridad viene del cielo, qué duda cabe. Sin embargo una tortuga celeste ha emitido un comunicado que me llena de dudas: Andrés Ibáñez, cuyos artículos suelo apreciar, ha caído en la española confusión acerca de la virtud del esfuerzo y ha establecido en su último artículo en ABCD que es más “difícil” escribir una novela de quinientas páginas que un cuento de cinco. Que los guapos ligan más que los feos y que no existe ningún poeta que no haya escrito al menos un poema inolvidable.

Qué bueno es Antonio López y qué currado está su membrillo. No te quepa la menor.

Sin embargo, toda la claridad viene del cielo y por eso abundan -creo yo- los poetas cojos. El poeta cae desde lo más alto y su obra suele ser la narración de esa caída. Como un ángel rebelde, Prometeo desencadenado, roba la luz a los dioses para entregársela a los hombres. Y cojea bajo el insoportable peso de la luz.

El poeta conoce las cosas distantes o futuras pero la mayor parte del tiempo no lo sabe. La revelación suele producirse cuando se busca y te encuentras, con las manos embarradas por el limo del arroyo, mirando una pepita brillante como la fiebre. Y ante la revelación el poeta se rebela, porque su lengua es insuficiente para nombrar lo desvelado. Y descubre que hasta la luz es falsa. El trabajo del poeta es un camino de conocimiento, que se lleva a cabo con unas matemáticas de leyes distintas a las habituales. Un poema debería funcionar como un algoritmo que sirviera para nombrar aquello que no puede ser descrito de otra manera. Toda la claridad viene del cielo y eso no es una metáfora. Las metáforas son las muletas de los malos escritores. Del mismo modo que el carboncillo y tener buena mano no te convierten automáticamente en buen pintor. Pollock, ése sí que tenía buena mano. Y sin embargo, su pintura no está en el lienzo sino en el acto de caer. Cuando la gota mancha la tela ya es otra cosa, porque todo el arte es arte muerto, del mismo modo que todo poema no es más que la crónica balbuceante de lo entrevisto.

Robert Piskin tiene un poema titulado “Impossible to tell”. Robert Piskin es un poeta laureado que ha salido en los Simpson’s, y eso es -tal vez- lo máximo a lo que cualquier poeta puede aspirar hoy en día. La poesía trata de lo que no puede ser dicho o tal vez de aquello que no podemos dejar de decir. Prometeo, Lucifer, Adán, fueron advertidos: dejad la luz, el fuego, la manzana, lo que sea, ahí donde está. Dejad que el hombre yazca en la ignorancia. Dejad que se revuelque feliz en el lodo, ignorante del oro febril. Pero ellos, poetas al fin, no podían callar. Estaban obligados a decir lo imposible, a entregar la luz, el fuego, la manzana del árbol del bien y del mal. Aunque el precio fuera la caída, la evisceración, la expulsión del jardín edénico. Aunque la recompensa fuera la maldición, el miedo de tus semejantes, el rechazo, el estigma.

En su ensayo “El tiempo de los asesinos” Henry Miller establece una diferencia clara entre Baudelaire y Rimbaud, a partir de la relación que cada uno de ellos tenía con la idea de pecado. Baudelaire creía en la idea de pecado y esta idea lo atormentaba. Movido tal vez por el deseo de escandalizar, era sin embargo consciente de la maldad que sus actos y sus palabras tenían a ojos de sus contemporáneos. Rimbaud, por el contrario, se situaba “fuera” de esa idea, fuera de esa realidad: sus palabras, y sus actos, no podían ser juzgados por nadie, puesto que pertenecían a una realidad distinta. Rimbaud sienta a la belleza en sus rodillas y la encuentra amarga y la injuria. En ese momento, empieza su caída. Ha visto la luz y las mentiras de la luz. A partir de ahí su viaje será un recorrido hacia el silencio porque toda obra se agota en su imposibilidad. La última palabra, la más cierta, es la que no se puede decir. El poeta traza su camino entre dos silencios y su misión (su maldición) es nombrar aquello que es “imposible de decir”, pero que no puede callar.

Cuando Rimbaud regresó de Abisinia, tenía oro y estaba moreno. Su hermana le cuidó, puesto que había desarrollado un carcinoma en su rodilla derecha. Murió, cojo y probablemente feroz, a la edad de 37 años.