Micromuertes. 4

Siempre he sido incapaz de dibujar. Y cuando digo incapaz, quiero decir que siempre he tenido la misma relación con las artes plásticas que un analfabeto pudiera tener con la lectura y la escritura. Por eso, cuando aquella mañana vi desde mi ventana a un perro haciendo sus necesidades y comprendí que en su postura había algo de humano, de lo más animal y atávico tal vez de un ser humano pero humano al fin, cuando vi eso, digo, y tomando papel y lapiz lo transformé casi sin querer en un boceto de gran capacidad expresiva, un dibujo que transmitía mucho más de lo que habría sido comunicar con miles de palabras, me dirigí a la cocina donde mi mujer todavía desayunaba y le dije: Tengo cáncer.

No me equivocaba. Al cabo de seis meses, justo el día que se inauguraba, con un tremendo éxito, mi primera exposición póstuma, fallecí, con el cerebro devorado por el arte.