Qué fatiga

Lo que sigue habrá de ser, por fuerza y la propia naturaleza de las cosas, un barboteo inconexo. Muerto el estilo, se acabó la rabia o al menos, eso debería haber tallado Arthur sobre su escritorio de Charloteville. Algo de lo que fue incapaz, como era de esperar.

No quisiera escribir sobre ti mi amargura, más propia de otra edad que no te corresponde, pero tampoco tengo muchas más opciones. Te adivino oculto lector tras tu falta de respuestas y te creo como interlocutor ideal, probablemente falso. Tal vez no seas lo bastante hipócrita como para ser mi semejante, mi hermano.

Pero da igual ya que la única posibilidad de verdad yace sepultada en el principio de identidad. Tan solo A puede ser igual a sí mismo y esa es la única certeza existente. Todo lo demás es arte, mentira.

Y estoy muy cansado, supongo que padezco el malestar de la cultura. Y eso consiste en tener una enfermedad que, a buen seguro, otros han padecido antes y de la que han dejado constancia en una intrincada maraña de citas, referencias, catálogos, ensayos, obras, recensiones y toda clase de variaciones sobre la charla etílica con que los hombres tejen sus redes de poder.

El poder, la verdad, el dinero, máscaras superpuestas. La gente pobre suele ser más mala que la gente rica, porque no puede permitirse buenos sentimientos. Los cocodrilos no sobreviven dando limosna, han de comer todo lo que pase cerca. Pero la bondad no nos acerca a la riqueza, sólo la estupidez. Hace falta un tipo especial de carácter para llegar a ser lo bastante rico como para poder permitirnos el lujo de ser buenos. Un carácter en el que la verdad se da por supuesta y no cabe escepticismo acerca de nuestra propia hipocresía. Una forma de ser en la que se reconoce la posibilidad de ser artista -la posibilidad de ser artista, he dicho- sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza, hecha pedazos como máscara de arcilla seca, como el molde de las manos de Chopin, inverosímiles captoras de música, escultoras de aire muerto.

Porque todo es aire muerto alrededor y casi nadie, o alguno menos, comprende mi cruzada contra la cultura, mi necesidad de abandonarme, salir de mí en busca de un ángel nuevo, caído en el barro que crea el llanto sobre los restos de maquillaje que un improbable forense comenzó a extender sobre el ser humano hace tres mil años, mezclando civilización con cultura en burlona tanatopraxia.

Y hoy ya todo se ha vuelto intangible y todo espíritu es un espíritu muerto. Y no puedo seguir comiendo cadáveres. El sabor a carroña impregna mi aliento y cada nueva inhalación me trae nuevos acentos de podredumbre: nihilismo, mierda, existencialismo, mierda, comunismo, mierda, fascismo, mierda, poesía, mierda, el puto ángel de la historia de Benjamín, los cuadros de Rothko, la música de Telemann o de Messiaien o de Abba o la voz muerta de mi padre en mis huesos, todo la misma puta mierda corrupta y descompuesta.

Soy un gólem hecho de heces y el nombre de mi frente está escrito con la sangre blanca de los hijos que nunca tendré. Busco una nueva voz hecha de espinas con la que traer una muerte nueva a este mundo de muertos.

Estoy muy cansado. Siento que podría trascenderme. A veces me gustaría ser dios para crucificarme.