Cuando tú estás, todo está bien

Llega tarde, tiene que irse. Se va. En el recibidor deja un gesto, unas palabras, una sonrisa, colgados del aire. Los veo flotar frente a mí, como mariposas congeladas en pleno vuelo. Intento alcanzarlos, pero de pronto el aire se ha vuelto espeso a su alrededor, denso como mercurio, y no puedo llegar. Entonces todo comienza de nuevo.

En el salón, lanzo la baraja contra la pared. Una carta se queda en mis manos: templanza. Templanza es la clave hoy. Como todos los días. Bach en el reproductor. El clave bien temperado suena como una máquina oxidada de bordes cortantes. Mi piel se eriza, se puebla de navajas. El gato se acerca, se frota contra mi pierna, ronronea. Su gato. De una patada lo lanzo contra la pared, veo como se estrella y cae contra el suelo, entre convulsiones. Un pesado bronce de Chillida me sirve para rematarlo. Aplasto su cabeza una y otra vez hasta que sus patas dejan de agitarse. Me gustaría decir que tiene una expresión plácida, pero su cara se parece a un retrato de Bacon y, aún así, no alcanza a expresar mi dolor.

Giacometti en mis manos se convierte en un bate de béisbol con el que barro las estanterías. Cae la porcelana, la cristalería, los marcos de nuestras fotos hechos añicos. Los años pasados juntos estallan a cámara Peckinpah, pero no es suficiente. Un velo Malevitch cubre mis ojos, aúllo las notas de Bach mientras desgarro su ropa interior, los pijamas que nunca se pone para dormir conmigo, cuando nos desvelamos en la fina línea que separa nuestros cuerpos, frontera del sentido entre dos campos de color, cuando la aurora vibra a martillazos.

En el baño. Cubro mi piel con sus cremas, impregno mi cuerpo en sus perfumes, me maquillo con sus colores, me convierto en un Dubuffet grotesco mientras el espejo repite su nombre entre lágrimas. El cristal florece en mis manos, pinto mis labios con pétalos sanguinolentos. Me desnudo tropezando con mi erección.

Acaricio un cuchillo parecido a mi sonrisa. Quiero asesinar el tiempo, pero de mi boca sólo sale incertidumbre mezclada con su nombre. Oigo gemidos en el sótano, uñas arañando la puerta, la bestia implorando que la deje salir, cabezazos contra la madera, aullidos de una voz que suena como si fuera mía. Me clavo el cuchillo en una pierna, pero no hay dolor que calme este dolor. Vacío una botella de coñac en dos tragos, pero el fuego no apaga el fuego.

Recorro la casa cojeando sangre, grito bucles de Bach, pinto puñaladas en el aire, derribo el tiempo a mi paso. En su despacho deshojo los libros, rasgo las cubiertas, veo caer las palabras a mi alrededor como las flores del cerezo milenario que talé en Fukushima. Sin sentido. El suelo queda cubierto de hojas, tiemblo de frío descontento. Orino gasolina sobre Shakespeare, escupo fuego y la hoguera arde. Quemo mis manos en llamas cervantinas, en flamígeros versos místicos. Mis dedos son lenguas ardientes que clavo en mis ojos para no oír más a Bach, que repite sin cesar variaciones del nombre de mi amada.

No hay furia en el mundo que calme mi furia. Ciego indoloro como un Antonio López, demasiado real para ser real, recorro de nuevo el pasillo camino del recibidor. El suelo se abre a mis pies, el cielo cae sobre mi cabeza. Milton, el gato, sonríe detrás de mi ceguera. Noto el cuchillo clavarse en mi vientre como un monótono telar de Bangladesh, mis entrañas florecen como una sombrilla abierta bajo un ciclón, en mi frente está escrito el nombre de Dios. La casa entera grita mientras me acerco al recibidor donde todo permanece inalterado.

Entonces ella entra. Recoge con ligereza la sonrisa, las palabras y el gesto que flotaban en el aire. Me acaricia el pelo mientras Milton ronronea contra sus piernas. Dice

– Hola, mi amor ¿Todo bien?

Sonrío, me acerco para besarla. La casa entera suspira a mi espalda. Respondo

– Cuando tú estás, todo está bien.

Micromuertes. 3

Para Víctor, con afecto

Encontrar el nombre exacto de las cosas ha sido para mí una obsesión constante. Descubrí siendo muy joven que las cosas no siempre tienen el nombre correcto y que la gente suele utilizar para nombrarlas algunas palabras que no las definen bien. Las cosas tienen un nombre exacto, por ejemplo, paraguas. Un paraguas no puede llamarse de otra forma y cualquier intento de cambiarle el nombre solo desembocaría en el absurdo. Sin embargo, la gente llama solidaridad a ciertas formas de caridad, caridad a determinadas manifestaciones del egoísmo y egoísmo a una forma natural de resistencia al egoísmo ajeno, que yo suelo llamar amor propio.

Cuando conocí a Carmen en seguida me di cuenta de que su nombre no le correspondía. Carmen es nombre de mujer morena, de ojos profundos y pasiones turbias. Sin embargo a ella le habría venido mejor otro nombre, tal vez Silvia. Probé varias veces a cambiarle el nombre mientras, sin saber bien cómo, nos íbamos enamorando. Y digo amor a falta de una palabra mejor para definir lo que nos unió. A ella nunca le gustó que intentara cambiarle el nombre, así que decidí referirme nuestra situación mientras buscaba una palabra que le encajara mejor, porque yo sabía que no podía quererla plenamente mientras no pudiera encerrarla en una sola palabra. Así empecé por llamarla amiga, lo cual le molestaba porque decía que ella no se acostaba con sus amigos; luego la llamé novia y eso la ofendía porque decía que las novias visten de blanco y que ella odiaba ese color; al cabo de los años me refería a ella como mi prometida y Carmen (porque se empeñaba en seguir llamándose así) respondía siempre que nunca me había prometido nada, lo cual era cierto.

Al final, mientras yo seguía buscando el nombre perfecto para ella, nos fuímos a vivir juntos y allí la cosa se complicó. No era ni mi mujer ni mi esposa ni mi concubina ni mi amante. Cualquier nombre que yo intentara darle, ella lo volvía impracticable apenas con un gesto, una mirada, como el felino que mata sin querer un insecto.

Hasta que esta mañana, no sé bien cómo, empezó una discusión sobre mi manía (así la calificó ella) de ponerle nombre a las personas como si fueran cosas que yo necesitara poseer. Ante mis sorprendidas negativas, ella respondió que había rechazado todos los nombres que yo había intentado poner a nuestra relación, no por el nombre en sí, sino porque yo siempre anteponía un “mi” y que ese “mi” posesivo era lo que realmente le repugnaba. Sí, dijo que le repugnaba.

Intenté hacerle ver lo equivocada que estaba, explicándole que el “mi” que tanto la molestaba era en realidad un acto de amor, que yo no quería convertirla en una cosa sino en una parte esencial de mi propio ser y que, en cierto modo, al nombrarla así, la volvía más real.

Entonces empezó a gritar. Yo creo que se volvió loca de repente, jamás lo habría sospechado de ella, pero de pronto comenzó, como una letanía a repetir “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras su voz iba subiendo de volumen hasta convertirse en un grito ensordecedor. Seguía repitiéndolo cuando salió hacia la cocina conmigo persiguiéndola, mientras yo iba repitiendo todos sus nombres: “cariño, amor, amiga, mujer, amante. Silvia”.

Eso la detuvo de repente. Se dio la vuelta con el cuchillo en la mano y, con una mirada espantosa, una mirada a la que jamás podría poner nombre me preguntó: “Silvia ¿Quién es Silvia?”.

Y sin darme tiempo a responder volvió a entonar su letanía. Una y otra vez, ahora en un tono de voz que se podría calificar de normal sino fuera porque tenía cierta persistencia afilada: “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras me clavaba el cuchillo una y otra vez.

Ahora ya conozco su verdadero nombre.

Punto de vista

Un hombre se levanta muy temprano en la gran ciudad. Ha dormido junto a una boca de metro, entre cartones y abrigos viejos. No está loco, no está borracho, es importante saber esto: es un hombre más, que duerme junto a una boca de metro, al pie de imponentes rascacielos. Estira los brazos, mira a su alrededor: los bloques de hormigón, cristal y acero frente a él, el parque inmenso a sus espaldas, el cielo gris sobre toda la ciudad.

Camina unos cuantos metros hasta la acera y se sitúa frente a la entrada de uno de los edificios. No es el más alto, ni el más espectacular, es importante saber esto: se trata tan sólo de otro edificio de oficinas, uno de tantos.

El hombre alza la cabeza y la voz, y grita con todas sus fuerzas: ¡No pienso dejaros entrar!

Desde mi ventana, sentado ante el ordenador, lo veo todas las mañanas, mientras mi mundo se hace cada vez más pequeño.

Micromuertes. 2

Soy el mejor funambulista de la historia. Y lo soy porque desde que comencé a sentir la atracción por el vacío decidí que la pértiga y el cable eran lo único que sobraba en mi arte. Por ello comencé a estudiar física, con el fin de dominar todos los secretos de la suspensión en el espacio. Conforme avanzaba en mis estudios mi arte se perfeccionaba y sabía que si lograba desentrañar los secretos más profundos de la materia conseguiría ser una sola cosa con ella y que flotar en el aire, atravesar el vacío ante los ojos asombrados de las multitudes, gracias al único esfuerzo de mi voluntad, era un logro a mi alcance que me convertiría en un dios entre los hombres.

Y por fin lo logré. Hice las primeras pruebas en medio de un bosque solitario, caminando sobre el suelo a poca altura, apenas medio metro, siguiendo la ancestral costumbre de mi profesión. Todo iba a la perfección: flotaba sobre el aire gracias a mi voluntad superior y a mi dominio de los secretos de la materia y las fuerzas del cosmos.

Pero el día de mi estreno ante el mundo descubrí que el también el suelo tiene ideas propias y que, como una amante olvidada, su atracción es mayor cuanto más te alejas de él.

The sound of music

Entonces -dijo el profesor Spinach- supongamos que usted tiene aquí, en su mano derecha, una aguja de calcetar que ha sido cuidadosamente afilada con el fin de convertirla en el objeto más punzante que existe. Un objeto que podría ser comparable a la vibración que experimentan las moléculas de una copa de cristal de Bohemia antes de darse a la fuga sometidas al influjo de un sobreagudo de la Callas, dejando tras de sí el rastro fragmentario de una escala hecha añicos.

De acuerdo profesor -respondió la señorita Phyllis-, podemos suponerlo, si usted quiere. Pero aún podemos hacer algo mejor: podemos hacer que sea así en efecto. Mi prometido, el capitán Milton, aquí presente, me trajo ayer ese objeto del que usted habla. Vea que aquí, en mi mano derecha, vibra esa aguja tan afilada. Pero déjeme que ponga música, por favor.

Era algo de La Monte Young o tal vez de Steve Reich. La señorita Phyllis comenzó a desnudarse lentamente mientras el profesor recitaba unos versos de Wallace Stevens, repitiéndolos una y otra vez.

The trees have a look as if they bore sad names
And kept saying over and over one same, same thing.

Es obvio que el asesinato puede ser un arte y que, más a menudo, el arte constituye la forma más religiosa de crimen. La música seguía sonando mientras el hielo se deshacía en mi vaso, lleno del néctar ambarino. Tal vez fuera algo de Terry Riley, aunque sonaba a cristal.

Lo cierto es que mientras la aguja se clavaba en los ojos del profesor Spinach, éste no cesaba de repetir los dos versos de Stevens. La sangre salpicaba el collar de brillantes de mi prometida al igual que el resto de su cuerpo desnudo, mientras su brazo se alzaba y descendía rítmicamente, incansable, como el brazo ejecutor de una promesa fabricada en serie. La promesa de un mundo mejor, siempre mejor, donde poder asesinar, una y otra vez, a los viejos que aparentan llevar nombres aburridos, como Beethoven o Mahler.

Micromuertes. 1

Toda mi carrera filosófica ha estado enfocada a la eliminación del ser en mí mismo. Tuve que luchar en un principio contra los críticos poco atentos que calificaban mi obra de mera adaptación de supersticiones orientales. Sin embargo, mi obra iba más allá de las expresiones aparentemente paradójicas, como aquella tan célebre que sin duda conoceréis y que decía: “El ser solo existe en la inexistencia”. Conforme avanzaba en el camino de la disolución absoluta de mi ser desarrollé toda una compleja formulación lógico-matemática que suponía un cambio radical de paradigma. Mis fórmulas resultaban tan complejas para la mayoría de mis colegas que apenas podían asentir confundidos con la cabeza ante la prueba, a duras penas evidente pero irrefutable, de que yo tenía razón.

Y yo mismo era la prueba viviente de todo aquello que afirmaba, aunque decir “viviente” tal vez no sea adecuado para un ser que había alcanzado la trascendencia de sí mismo a través de un meticuloso proceso de aniquilación del propio ser.

Por ello me sorprendió mucho descubrir que yo, al igual que el más vulgar de los gatos, podía ser mortal. En concreto, me asesinó durante un congreso un materialista dialéctico armado de una paradoja de Lichtenberg.