Lenguaje de ciegos

Sé que lo que voy a contar es cierto porque yo lo vi, aunque eso importa bien poco en realidad: ni que yo lo hubiera visto ni siquiera que fuera cierto cambiaría en nada el sentido de mi relato. Al fin y al cabo, esto no son más que palabras.

Dos personas de cierta edad, entre los treinta y los cincuenta años, se conocieron. Supongamos, por las convenciones del género, que eran un hombre y una mujer. O tal vez no, poco importa. Digamos que tal vez se enamoraron o lo que sea que les sucede a dos personas que, por múltiples y difusas razones, deciden recorrer el tiempo y el espacio en común, compartiendo además recursos fisiológicos cuyo uso suele producir placer. Se fueron a vivir juntos, compraron una casa, hicieron planes para el futuro, olvidaron que eran mortales.

Los dos eran ya ciegos antes de enamorarse. Uno de ellos había nacido así, el otro hacía tanto tiempo que no veía que ya no recordaba de los colores más que el nombre y deducía su sentido por las palabras que otras personas ponían a su alrededor. El color, por lo tanto, no era para ellos un adjetivo sino un sustantivo cuyo valor se deducía por el contexto. En su lenguaje los colores eran cosas extrañas que dejaban un regusto amargo en la garganta.

Como eran ciegos, no tenían prejuicios relacionados con el aspecto exterior de las personas. A ninguno de los dos le importaba si el otro era rubio o moreno, si bizqueaba o tenía los ojos azules o marrones (uno los llevaba siempre cerrados; el otro, abiertos y con la mirada extraviada en todas direcciones. Ambos decían que así oían mejor); que los labios del otro fueran finos o carnosos les resultaba irrelevante mientras buscaran golosos la boca ajena. No les preocupaba si a su pareja le sentaba bien la ropa o si le hacía bultos en la tripa o si los pantalones vaqueros le hacían o no un bonito culo.

La fealdad de las cosas les era ajena. También la belleza. Nunca habían visto un amanecer o una puesta de sol. Desconocían la profundidad horizontal del mar, esa distancia que detiene las olas al borde del horizonte, o la altura variable del cielo que tasa las expectativas de miradas ajenas.

En virtud de la compensación sensorial, sus otros sentidos estaban más desarrollados que los de la mayoría de la gente, si bien uno de ellos tenía ciertos problemas de oído y el otro no tenía muy buen olfato, porque fumaba mucho más que su pareja. Sin embargo el tacto tenía una importancia extraordinaria en sus relaciones con el exterior, en especial con el otro. La forma, la consistencia, la ligereza o el peso, lo suave o rugoso, la temperatura (ardiente, gélida, tibia, templada, fría, cálida) formaban para ellos atributos fundamentales que se percibían, no solo por la piel, sino también por el oído. Juzgaban las palabras de los demás en función de sus cualidades táctiles y a ellos se les veía siempre cogidos de las manos, ocupadas en una eterna conversación que se susurraba entre los dedos.

Ambos trabajaban desde casa y salían poco a la calle. Tenían amigos, pero solían encontrarse con ellos por medio de ordenadores cuyas pantallas estaban siempre apagadas. Una persona acudía dos veces por semana para ayudarles con las tareas domésticas, pero la relación entre ellos siempre fue funcional, según declaró más tarde.

Sin agobios económicos, habían decorado la casa de acuerdo a sus gustos y necesidades, creando un territorio a la medida de sus vidas. No había cuadros en las paredes y las cortinas estaban casi siempre cerradas, aunque abrían con frecuencia las ventanas para sentir el aire que corría fresco a esa altura del edificio. Los objetos estaban siempre en el mismo lugar, como elementos de una exposición, prestos a su uso pero carentes de vida. Las luces, como es obvio, no se encendían jamás. No tenían televisión pero casi siempre sonaba música en el gran salón en el que ambos trabajaban, procedente del ordenador de cualquiera de ellos. Y todo el tiempo andaban buscándose con las manos, hablándose en silencio con la piel, ya fuera en efímeros roces al pasar o en contactos más profundos que, con frecuencia, les hacía acabar enredados en confusión de sus cuerpos a cualquier hora del día.

Para ellos el sexo era un discurso, un debate, un libro inacabable en constante proceso de escritura. Desplegaban la piel exhibida en todo su esplendor ante el otro, disponible para el disfrute, y borraban el espacio que los separaba, tan parecido al silencio, con una voracidad húmeda que los dejaba exhaustos y confusos, pero embargados de una sensación de gratitud que confundían con la felicidad.

Hablaban poco entre ellos. Tal vez porque estaban convencidos de no necesitarlo, aunque yo creo que tenían un secreto temor a las palabras. Llamaban conversaciones a sus encuentros sexuales, en una broma privada que solo algunos de sus ocasionales interlocutores llegamos a desvelar, pero el silencio crecía entre ellos como otra forma de oscuridad. Muchas veces las palabras no acertaban a brotar de su garganta y gustaban un sabor marchito en la punta de la lengua, como si el sentido de lo que iban a decir caducara precoz. Les quedaba entonces la sensación de haber mordido una cáscara vacía cuyos bordes cortantes rasgaran el velo del paladar.

Ignoraban que el silencio es el revés afilado del lenguaje, creían que lo que no se decía no existía o que había cosas que no merecía la pena nombrar. Pensaban que hablar era una pérdida de tiempo, una forma sin sentido de tejer y destejer la realidad hasta dejarla convertida en una maraña cacofónica, un laberinto de ecos. Porque nunca habían visto el mar, el sol, el cielo, la hierba no podían concebir el enorme peso que generaban las palabras no dichas, alimentadas por un aporte inagotable de dudas, incertidumbres, sospechas; creciendo como un agujero abierto entre ambos, un pozo de suicidas que se asomaba a su propia boca, vertiginoso. El hombre habla para agotar posibilidades, para espantar augurios, para dar forma al mundo. A ellos el silencio los estaba arrinconando en un minúsculo punto de infinito potencial negativo, pero no podían saberlo.

Sus cuerpos desarrollaron una nueva suspicacia, como si les hubiera crecido una coraza sensible que vibraba con rechazo ante la cercanía del otro. Se evitaban de tal forma que un observador externo podría haber trazado un mapa del recelo dibujando sobre un plano de la casa el recorrido de sus trayectos, el tiempo que pasaban en habitaciones separadas, el trastorno creciente de los horarios, antes compartidos, que de forma gradual fue trastocando el espacio común hasta convertirlo en un archipiélago unido por frágiles puentes. Si aún a veces las manos se rozaban al pasar, se separaban de pronto como golpeadas por un chispazo estático. El aire había adquirido una cualidad pantanosa entre ellos pero eran incapaces de revertir el inexorable ahogo que los envolvía, de recuperar la fresca luz de los días pasados.

En la casa había un absurdo espejo sobre el lavabo, que ellos habían conservado en atención a las escasas visitas que recibían antaño. Un día, parado frente a ese espejo, uno de ellos comenzó a repetir la palabra yo, mientras palpaba la superficie del cristal con manos húmedas, como si buscara un eco, ignorante de que no hay nada más silencioso que un espejo en la oscuridad. Repitiendo la palabra, comenzó a recorrer la casa en busca de su pareja y la lanzó en su dirección como una pregunta.

El silencio se quebró como un gigantesco huevo de cristal negro del que brotaron, como una nube de insectos, los miles de palabras no dichas, larvadas en su interior durante meses. Hablaron durante horas solo para ver como, poco a poco, las sospechas, las dudas, los recelos, la suspicacia, daban paso al malentendido, la incomprensión, el error y, finalmente, la furia.

Cuando solo les quedaban reproches comenzaron a gritar, a insultarse. Descubrieron de pronto que las palabras podían hacer daño porque sentían el dolor que les causaban las palabras del otro y se regocijaron como chacales en busca de la víscera más caliente en la que hundir las fauces, la herida palpitante que se pudiera ensanchar a dentelladas. Pero nada los saciaba, el sinsentido no dejaba de crecer entre ellos como un hambre lobuna, lo irracional de su situación (ellos, que se quisieron tanto) los agitaba como a peleles furiosos que ya solo se conformarían con la destrucción del otro. El lenguaje, como una espada flamígera, comenzaba a imponer su lógica suicida.

Agotados, con el rostro empapado en sudor y lágrimas, de pie uno frente al otro aunque un poco desplazados, intentaron golpearse en medio de la oscuridad. Pero los puñetazos resultaron menos eficaces que las palabras. Apenas se rozaban por casualidad mientras intentaban guiarse por los jadeos del otro para localizar el objetivo que devolviera un golpe perfecto. Como borrachos lanzaban manotazos al vacío, embestían el aire, pateaban la nada. Sentían que todo, salvo la furia, se les escurría entre los dedos.

Hasta que uno acertó a agarrar al otro, al azar, sin saber por dónde. Entonces los golpes empezaron a caer y fue como si se golpeara a sí mismo, intentando agotar de una vez por todas el maldito silencio que los había estado consumiendo. Al principio su pareja intentó zafarse pero de pronto dejó de ofrecer resistencia, como si se hubiera convertido en un espejo mientras el que golpeaba sentía como bajo su peso el cuerpo tanto tiempo deseado se convertía en una masa informe.

Quisiera decir que por un momento sintió en sus puños una necesidad diferente a la de golpear, como si el deseo hubiera querido aportar una posibilidad de salvación a lo que ya no tenía remedio, como si la débil luz de un recuerdo hubiera parpadeado al fondo del túnel colérico en que se había convertido su vida. Me gustaría pensar que sus manos habrían podido abrirse y aletear sobre el guiñapo sanguinolento que apenas palpitaba bajo él, que la carne tuvo una última posibilidad de iluminar la locura, de retomar el diálogo de sus cuerpos donde lo habían dejado la última vez, agradecidos y ahítos de placer.

Pero siguió golpeando.