Don de la ceguera

Muchos años después, detenido en mitad de un paso de peatones, Sebastián Mafate había de recordar la remota mañana de su adolescencia en que despertó, después de un sueño intranquilo, convencido de que quería ser escritor. Le llegó el deseo como un regalo inesperado, envuelto en papel brillante y cintas laudatorias, y lo abrió con ansiedad, rasgando el envoltorio como los niños pequeños rasgan con sus gritos el amanecer del seis de enero para descubrir en el fondo del paquete, protegida por un montón de cosas que consideró superfluas, una pequeña bolita parecida a la esperanza que tragó con ansia y que desde aquel día creció en su interior hasta llegar a ser más grande que él mismo. Sebastián estaba convencido de poseer un aura de escritor que no podía pasar desapercibida a ningún mortal sensible.

Pero la terquedad de la vida le llevó por los sombríos caminos de la rutina (Sebastián se forzaba a pensar en sí mismo con lo que él llamaba “frases de escritor”) . Madurar es una forma de naufragio y la necesidad, más fuerte que el deseo, le arrastró hasta una mesa de despacho a la que se aferraba los lunes por la mañana para soñar, envuelto en una luz fluorescente que semejaba una hoja en blanco, con los resplandores inevitables de la celebridad a la que se sabía destinado y que le hallaría posando en su escritorio con sonrisa displicente frente a los destellos de la cámara destinada a inmortalizar su figura en papel de suplemento dominical.

Porque era la fama lo que perseguía Sebastián, que nunca había leído a Jorge Manrique. En el fondo de su pecho, ignorado por él, latía un oscuro deseo de poder, dinero, sexo y otras cosas igual de vulgares. No se puede culpar a este hombre de ser como tantos otros; si acaso, de no querer serlo. Y aún eso le hacía semejante a sus ídolos literarios, a los que convocaba en un imaginario panteón (“El Panteón de los Trascendentes” era el título de uno de sus innumerables proyectos de novela) cuando las musas no acudían prestas en su auxilio, que eran las más de las veces. Escritores como Paul Auster, como Javier Marías, guapos y famosos a partes iguales, que escribían obras fáciles de leer y que, sin embargo, eran alabados por la calidad de su prosa, invitados a banquetes y deseados por las mujeres. Sebastián sabía que le estaban esperando, lo veía en sus ojos cuando, con la mano en la barbilla o el puño en un pómulo, le miraban desde la solapa de sus libros o las fotografías de las revistas literarias. “Eres uno de los nuestros”, decían aquellos ojos que parecían acostumbrados a escrutar infinitos, a desentrañar los secretos del alma para convertirlos en inofensivas palabras, aptas para el consumo humano.

Sería inútil hacer aquí la relación de cosas que Sebastián Mafate ignoraba a propósito de la escritura. La lista, aunque fuera infinita, tal vez no sería mayor que la que podrían presentar otros autores cuyas obras conocieron mejor fortuna que las suyas. Sabía, sin embargo, que leer mucho era incluso más importante que escribir. Lo había visto en una entrevista concedida por un “Trascendente” y acogió la idea como quien recibe un evangelio, entre otras cosas porque le resultaba mucho más fácil y placentero que escribir.

Tal vez fuera del mucho leer y del poco dormir; tal vez por una predisposición genética, el hecho es que Sebastián comenzó a experimentar problemas de visión que desembocaron, de forma fulminante, en una irreversible ceguera. Herido por el rayo, inmerso de pronto en una Babel de sentidos desatados, Sebastián vio en la oscuridad que le era impuesta la señal inequívoca de que su momento había llegado. Ciego estaba, sí, pero la suya era la ceguera de Homero, de Milton, de Borges. La hora de la fama era inminente. Como un nuevo Miguel Strogoff, podría ver ahora donde otros no veían y la oscuridad del alma humana (“la oscuridad del alma humana”) desvelaría para el su oculto resplandor. Además, su madre decía que las gafas de sol le favorecían.

Con la oscuridad, como caída del mismo cielo, le llegó la poesía. Inevitable. Sebastián nunca había entendido mucho de poesía y jamás sintió la tentación de cometer un poema; sin embargo ahora vislumbraba que los versos trazaban ante él un atajo insospechado: el camino más corto hacia el Panteón de los Trascendentes. En un puñado de días afiebrados, Sebastián Mafate compuso su primer libro de poemas, el primer libro que conseguía acabar en su vida. A ciegas y ayudado por un programa de lectura que repetía con entonación robótica lo que él escribía puso en pocas semanas el punto final a la vez que, envuelto en un estado de iluminación, daba forma al plan que le llevaría en pocos meses a lo más alto de la fama.

La pensión de invalidez era exigua pero le daba cierta seguridad, así que decidió costear de su bolsillo la impresión y distribución de cincuenta mil ejemplares de su poemario. Una cifra inaudita que, lo sabía muy bien, le garantizaría la presencia destacada en las mesas de novedades de todas las librerías del país. A eso solo había que añadir la distribución de varios centenares de ejemplares entre los críticos en periódicos, revistas, radios, televisiones y, sobre todo, internet. Después, y esto era para Sebastián solo cuestión de tiempo, la innegable calidad de su obra, que ya desde el título estaba llamada a devorar los ojos y los corazones de los lectores, haría el resto.

Ante él se extendía por fin el luminoso horizonte del éxito para el que se sabía llamado desde su juventud. Era una hora temprana del veinte de agosto y la mañana resplandecía con un color parecido al de la miel cuando Sebastián, detenido en mitad de un paso de peatones, con una sonrisa en la cara, recibió el impacto de un camión desenfrenado cargado de libros. Las asistencias no pudieron hacer nada por su vida y los bomberos no pudieron sofocar el inaudito incendio que consumió los cincuenta mil ejemplares del libro de Sebastián Mafate, del que apenas quedó un trozo chamuscado de portada en el que se podía leer, bajo el nombre del autor en letras descomunales, el título: Desprendimiento de rutina.