Alguien

Alguien ha colgado una pulsera de plástico
de la rama escuálida de un árbol.
Apenas unos trozos de blancura seminal
unidos por un hilo de goma
que ciñeron la muñeca de una niña
que nunca será princesa.

Alguien ha decidido ajardinar
las riberas del río
y hombres subyugados por una máquina
hacer brotar la sangre verde.
Sus rostros serios parecen aportar
algo más de rigor a su inútil tarea

Porque alguien, en un despacho fluorescente
acaso pensó que era bueno poner orden
en la naturaleza.
Porque alguien, que podría ser yo,
quizás pensó,
cegado por una luz artificial,
que la hierba no necesita crecer demasiado,
que el río sería más agradable
para los paseantes
si unas máquinas ruidosas cortaran el amanecer
arrastrando tras de sí a hombres de pobre uniforme.

Pagados, dicen, con mi dinero.

Pero yo que nada tengo
me pregunto: qué dinero,
si ni lo tengo ni ambiciono
para comprar la claridad del cielo,
el aire que respiro,
el paso que me lleva tras mi perro,
feliz como nadie.

Por suerte, el río discurre a mi izquierda
su habitual pensamiento líquido
y a mi derecha veo los restos herrumbrosos
de la promesa incumplida de un siglo.
Al fondo, la cúpula culpable de la catedral
cobija su historia de sombras
y tras de mí, como siempre,
el tiempo azuza presuroso.

Mientras alguien, en alguna parte,
traza nuevos planes para hacer algo
porque siempre es preciso tener
algo que hacer
para matar el tiempo.

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