Haciendo amigos

(Este texto fue escrito originalmente para ser publicado en http://www.megustaescribir.com . Una serie de percances técnicos y la falta de respuesta por parte de los administradores del sitio me ha hecho decidirme por crear mi blog lejos del espacio ofrecido por Random House Mondadori)

La amistad está tan sobrevalorada como infravalorado está el talento. Ya se ha hablado mucho en otros sitios acerca de lo absurdo que es llamar amigos a lo que no dejan de ser contactos, nodos en una red que por mor de las nuevas tecnologías adoptan la capacidad de multiplicarse hasta la náusea. Y náusea es una palabra escogida con toda la intencion. Así que yo no vengo aquí a hacer amigos. Difícilmente podría, por otra parte, teniendo en cuenta que lo mío no son las sagas vampíricas, las crónicas de reinos perdidos, las novelitas más o menos oscuras surgidas del alma atormentada de los eternos adolescentes en que el mercado quiere convertirnos a todos, porque siempre es más fácil engañar a un niño que a un hombre. Y luego está el talento, que en realidad no es más que otro nombre de la necesidad o el azar, que viene a ser lo mismo. Se dice que para alcanzar la maestría en una disciplina es preciso dedicarle un mínimo de diez mil horas. Ya, ya sé que hay estudios que demuestran casi cualquier cosa. El sesgo de confirmación y la disonancia cognitiva son características esenciales del funcionamiento de la conciencia humana y podríamos decir, parafraseando al señor Nielsen, uno de los inventores de los estudios de mercado, que un estudio es una máquina en la que se introducen prejuicios y arroja datos.

Vale, sí, de acuerdo. Puede ser cierto o puede no serlo eso de que hagan falta diez mil horas de trabajo para alcanzar la maestría en una disciplina. Porque diez mil horas son muchas horas. Si dedicáramos diez horas diarias al estudio y la práctica del canto de ópera o la cirugía o la arquitectura, nos llevaría casi tres años de trabajo intenso y continuo alcanzar las habilidades necesarias como para comenzar a llamarnos tenores, cirujanos, arquitectos. Y además, por supuesto, es necesario que nos hayan tocado buenos números en la lotería genética. Por decirlo más claro: por mucho que yo entrene nunca podré ser Usain Bolt, pero Usain Bolt nunca podría llegar a ser quien es si no entrenara mucho. Muchísimo.

Sin embargo, a la gente le gusta escribir. Y le gusta escribir cosas que a la gente le gusta leer. Y cuando te registras aquí te preguntan qué autores te gustan, qué generos prefieres, de qué va tu obra, cosas así, para que todo el mundo pueda saber de qué vas y buscar sus afinidades electivas que le acerquen a ti porque, oh, a mí también me gusta 50 sombras de Grey o El Señor de los anillos. Pues te lo advierto ya, hipócrita lector, no somos semejantes ni hermanos. No te esfuerces. Yo no pienso hacerlo.

Decía, entonces, que a la gente le gusta escribir. Supongo que habrá mucha gente por aquí a la que le gusta escribir porque le gusta leer o porque se cree que tiene algo que decir o porque en su casa le han dicho que escribe muy bien o porque, aún peor, algún profesor de literatura sin escrúpulos le ha animado a hacerlo. Y se lanzan a perpetrar folios semejantes a millones de folios como los que se escriben todos los días a lo largo y ancho del mundo, con la esperanza (con la pretenciosa esperanza) de que la gente lo lea y le guste y pasen una mano aterciopelada por el lomo de su ego. Porque hay que tener un ego muy grande para pretender que la enésima versión del producto más vendido de la temporada pasada puede servirnos para hacer amigos, ser descubiertos por una máquina editorial y convertirnos en el producto de moda de la próxima temporada, con el riñón cubierto por los derechos de autor que nos permitirán irnos a vivir a una isla del Pacífico, como Murakami, al que hay gente tan idiota que hasta lo proponen para el Nobel.

Yo ya vivo en una isla. Del océano Índico, para más señas. Así que no necesito la literatura para eso. Y no necesito que ninguna mano aterciopelada me acaricie el ego. Como algún improbable lector ya habrá descubierto, de ego, en cuestiones literarias, voy bien servido. En el Ulises de Joyce se dice algo así como que si la literatura es una necesidad, hagamos nuestras necesidades. Por ahí van mis tiros. O también, como creo que dijo Sánchez Ferlosio en uno de esos seminarios literarios rebosantes de escritores encantados de conocerse, yo he venido aquí a poner cristal entre mano y verga.

Alguien que haya tenido el estómago de llegar hasta aquí probablemente se preguntará qué cojones estoy haciendo yo en un sitio como este, si según parece considero que esta página no es más que otra suministradora de carne para la picadora. La respuesta es sencilla: porque no puedo evitarlo. Y puedo asegurar que lo he intentado mucho, que lo intento todos los días, del mismo modo que intento dejar de leer, pero mi voluntad es débil.

Y, tal vez, porque en realidad yo también quiero tener un montón de amigos que me lean, me aplaudan y me lleven a lo más alto de la clasificación de popularidad de esta página.

Pero yo no apostaría por eso.

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