Pequeño poema eléctrico

Eres una cosa salvaje, una señora zorra
y vas por ahí como un canto rodante
bajo la lluvia púrpura.

Quiéreme toda la noche.

Jimi en Monterrey me enseñó cómo tocarte:
sucia, metálica, caliente,
como si estuvieras atada a una valla de alambre.

Quiéreme toda la noche.

El ritmo es la base de todo, me dijo,
pero recuerda que el ritmo no existe sin silencio
nada suena si no sabes parar el tiempo.

Quiéreme toda la noche.

Dale fuerte, me dijo Jimi, a ella le gusta.
Puedes arañarla, morderla, meter su cabeza entre tus piernas, (oh, sí, eso le encanta)
pero no te olvides de acariciarla de vez en cuando.

Quiéreme toda la noche.

Usa tus dedos, tu lengua, tu polla y tus caderas,
y entonces oirás tu nombre arder en el viento,
pero, escucha, tienes que estar dispuesto a morir por ella.

Quiéreme toda la noche.

Sólo si la amas de verdad podrás tenerla
atada a tu espalda, envuelta en llamas,
sólo si estás dispuesto a perderla.

Fóllame toda la noche.

España

España huele a la alpargata quemada de Unamuno
España huele a los pedos flojos de Aleixandre encerrado en Wellingtonia
España huele a las bragas húmedas de doña Emilia Pardo Bazán
que se las cambiaba poco
y al vientre desatado de Federico, a su último amanecer en Víznar
¡Asesinado por el cielo!
España huele al cocido rancio de Galdós
a la caspa en la boina sebosa de Pío Baroja
y a la entrepierna de Cela
asediada por las moscas.

España huele a cebolla en los sobacos de Alberti
a la cebolla tuberculosa de los pulmones de Hernández
a mierda de vaca
a cerdo muerto
a corral abandonado
a escupitajo a traición.

España huele siempre a rancio bajo el agua de colonia
en los sobacos de Lucía Etxebarría
al coño de Almudena Grandes
a la saliva de Elvira Lindo sobre el bigote de Muñoz Molina
al amoniaco de los ochenta
que pasó mezclado con toneladas de cocaína
por las narices más leídas del país.

España huele a rabia,
a mala baba,
a envidia
España huele a guerra eterna
a ignorancia atrevida
a escuela de curas
a mano ajena en la ingle ajada del tiempo

Ay, España cómo huele.
Ay, que me huele España.

Alguien

Alguien ha colgado una pulsera de plástico
de la rama escuálida de un árbol.
Apenas unos trozos de blancura seminal
unidos por un hilo de goma
que ciñeron la muñeca de una niña
que nunca será princesa.

Alguien ha decidido ajardinar
las riberas del río
y hombres subyugados por una máquina
hacer brotar la sangre verde.
Sus rostros serios parecen aportar
algo más de rigor a su inútil tarea

Porque alguien, en un despacho fluorescente
acaso pensó que era bueno poner orden
en la naturaleza.
Porque alguien, que podría ser yo,
quizás pensó,
cegado por una luz artificial,
que la hierba no necesita crecer demasiado,
que el río sería más agradable
para los paseantes
si unas máquinas ruidosas cortaran el amanecer
arrastrando tras de sí a hombres de pobre uniforme.

Pagados, dicen, con mi dinero.

Pero yo que nada tengo
me pregunto: qué dinero,
si ni lo tengo ni ambiciono
para comprar la claridad del cielo,
el aire que respiro,
el paso que me lleva tras mi perro,
feliz como nadie.

Por suerte, el río discurre a mi izquierda
su habitual pensamiento líquido
y a mi derecha veo los restos herrumbrosos
de la promesa incumplida de un siglo.
Al fondo, la cúpula culpable de la catedral
cobija su historia de sombras
y tras de mí, como siempre,
el tiempo azuza presuroso.

Mientras alguien, en alguna parte,
traza nuevos planes para hacer algo
porque siempre es preciso tener
algo que hacer
para matar el tiempo.

Onán

Yérguete en el espacio en que te formo;
mano dura que acarrea placeres por rincones vacíos
de callejas oscuras, míseras esquinas,
donde las prostitutas acechan los fallos
de mi mala memoria.

Álzate en el río de blanca sangre que pugna
por negar la vida que lo impulsa,
por no ser semilla de maldad reproducida.

Tiembla.
en el miedo oblicuo de tu sonrisa,
en el terciopelo rojo que cubre tu mirada,
en el espasmo de tu aliento que me llama,
en el latido interrumpido, repleto de recuerdos.

Y duerme. Duerme, por favor, duerme.
no me busques más con tu presencia,
ignora la razón que nos impulsa
a forjar estos sueños de muerte
que de mi mano no borran la huella.

Un poema

Disparo de alba en mitad de la frente,
dientes de cristal masticando soles:
y el ojo del huracán silencioso
parpadea más veloz que un suspiro.

Amanece.
Fuera.

Donde los acólitos del fuego
encienden la primera llama azul del día
y los discípulos del hielo
apagan la última hoguera de la noche
con su sangre.

Una gota de rocío cae sobre los labios de una mujer muerta
que podría ser la madre de cualquiera
o de nadie

Mientras el acero fragua negocios en las manos de hombres
menos sabios que yo
pero más letales.

El violeta canta su canción, otra vez, tras una puerta cerrada

(Y ahí estoy yo:
detrás de todas las condenadas puertas
oscuro como el miedo
sabiendo que podría abrir el dolor de par en par.

Pero callo.
Y espero.)

y algunos hombres solos deshacen bajo sus pies la geometría del vacío.
Y algún estúpido muere por fin

una sola vez.

Y alguien deja caer un diamante
sobre la espalda de un niño.

Un diálogo de marfil rojo rasga las últimas sombras
dibujando la frontera entre matones y asesinos.

El día no se decide a cortarse las venas

Pero amanece.

La misma noche eterna
sobre los malditos hijos del tiempo.

Cuatro sonetos

1 de febrero de 1967.

Ese niño que corre por el bosque
podrías ser tú. No huye, busca.
Abraza un árbol sin nombre
y besa su piel porque sabe a música.

Toma una piedra y la lanza al río
y otra y otra y mil y piedras sin cuento.
Mas el agua y las piedras no emiten sonido.

Ese niño que del roble cuelga
podrías ser tú. Ese niño ahogado en el río
podría ser yo. El niño que espera.

Porque cuando llegue la hora del canto
abrirá las compuertas de su cuerpo
y con su voz desde el vacío
cubrirá la tierra de ángeles muertos.

3 de febrero de 1972

Mi voz yacía en reflejos de papel,
laberintos de estopa, palo y marfil.
Mi voz ya sabía qué mes era aquel
que duraba un año, de mayo hasta abril.

El padre, el hijo y la ballena blanca
(ese libro pesaba un mundo entero)
lazos de carne y sal en mi garganta:
escogí al silencio, por compañero.

No puedo perdonar, por eso callo
y a veces prendo fuego a los espejos;
tengo una voz que me quema las manos,

que puede ser grito y quiere ser canto,
que es como un arpón, clavada a mi pecho
y es lo único que tengo. Para daros.

17 de febrero de cualquier agosto.

La mañana brillaba como un cuchillo nuevo
el día que partimos hacia el norte:
calor, trenes, aeropuertos
y llegar a la sal en plena noche.

Visitamos las casas de mis muertos,
me contaron de nuevo las historias
que habían corrompido mis recuerdos.

Sus voces eran como la marea
que subía para ocultar un vertedero
de mentiras, de miedo y de miseria.

Nadie es como el mar tan buen viajero:
escucha leyendas de lenguas de arena,
marinos ahogados, almas en pena
y vuelve al olvido con el pie ligero.

27 de febrero de nunca jamás.

A poco se va, se acaba, se apaga,
toda la claridad huye del cielo.
A veces te duele hasta la mirada
y caminar es otro balbuceo.

Si aún palpita un torrente de verbos
en tu sien, si en las manos tienes
un mundo por nombrar, un universo
¿Por qué de la luz al silencio vienes?

Porque no sirve hablar si no responden
a un palmo de nada te detienes
y entre palabras muertas hoy te escondes.

Y así, rendido frente al mar esperas
que el cielo pliegue la última página
del horizonte, llena de respuestas.

El fuego y la ceniza

1.- Arde.
2.- La noche es el recuerdo. Y arde.
3.- La noche era el incendio. La oscuridad luminosa, infinita, abierta de noche en noche.
4.- La vida era un barco en llamas y bailábamos en cubierta. Nadie quería saltar.
5.- Íbamos todos en pos de nuestra propia hoguera, regalando acero.
6.- Teníamos toda la insolencia del tiempo. Y el don de la profecía. Profecías oscuras de amor y muerte. Éramos lo bastante jóvenes para morir.
7.- Algunos se ahogaron en el río de su propio tiempo. 
8.- Otros ardieron entre sombras.
9.- Disparo de amanecer entre los ojos, arde la memoria.
10.- Estábamos hechos de velocidad, risa y fuego. La carne presta al delirio, dientes de cristal que masticaban soles. 
11.- Nos queríamos.
12.- Unos contra otros, dolor y beso. Nuestra pasión se derramaba como fuego líquido, como alcohol inflamado, como espejo en llamas.
13.- Nos queríamos tanto que amor era una palabra de siete letras.
14.- Amigos, amantes, mascotas, esclavos. La piel era un país sin fronteras. Buscábamos tesoros en el mapa del olvido. 
15.- Dormíamos sobre la espalda de la noche, agujas y cristal roto. Sombra fluorescente.
16.- Y siempre había una botella a mano, siempre había un cuerpo caliente cerca, siempre había una noche más detrás de la noche siguiente.
17.- Todas las palabras tenían siete letras. 
18.- A veces sonaba la canción exacta en el momento preciso y podíamos perdonar todas las deudas, todo el dolor recibido hasta entonces.
19.- Porque aquellas canciones las cantaban niños como nosotros. Porque todos éramos niños abandonados en la playa y la luna era nuestra única madre
20.- Y los ojos en el fondo del espejo nunca fueron los nuestros. Nuestra mirada estaba en otra parte.
21.- Detrás del próximo aliento, que podría ser de cualquiera. O de nadie.
22.- Éramos oscuros y sabios, cantábamos augurios, interpretábamos signos. 
23.- Y sin embargo, no vimos venir el choque. O no tuvimos tiempo a apartarnos. 
24.- Nos atropelló la edad en mitad de la noche.

25.- Desperté en mitad de un miércoles cualquiera.
26.- Solo.
27.- Y me di cuenta de que llevaba así toda la vida.
28.- Había un hueco en la cama, pero no era mío.
29.- Y la cara del espejo coincidía con la fecha del calendario, como un dolor coincide con la herida.
30.- Entraba luz por la ventana. Una luz como leche hervida. Agria.
31.- De pronto, todo el tiempo se ha convertido en presente. 
32.- Hoy mis manos son un laberinto del que no conozco la salida.
33.- Mis huesos están hechos de puro frío.
34.- Y el futuro tiene nombre de hielo.
35.- Ya no escucho aquellas canciones por las que podría haber matado.
36.- Ni siquiera me pregunto si eso está bien. Así son las cosas.
37.- A veces tengo ganas de hacer una pregunta, pero prefiero callarme.
38.- Entonces la boca se me llena de sabor a ceniza y siento como si pudiera llorar.
39.- Porque en alguna parte hay una respuesta que no quiero oír
40.- Tal vez por eso a veces me detengo en mitad de la calle, como si hubiera visto un fantasma.
41.- Como si todos los cuerpos amados no hubieran muerto hace tiempo, como si hubieran existido alguna vez.
42.- Hoy presiento la verdadera naturaleza del fuego. Y el secreto que otros conocieron antes que yo.
43.- Aunque a veces creo que todo aquello pudo ser verdad. Que alguna vez fui eterno. Que fui incendio, cristal, acero.
44.- Pero en mi cabeza hay un lugar en el que llueve todo el tiempo.
45.- Un lugar al que nunca voy porque perdí la llave. O la escondí en alguna parte. 46.- Hoy los dias son más oscuros que aquellas noches, pero más ciertos.
47.- Porque la vida es una palabra de siete letras. 
48.- Lo que el fuego adivina, la ceniza lo comprueba.

“Si se sopla la ceniza, no hay en ella lo más mínimo que se niegue a dispersarse al instante volando. La ceniza es la humildad, la intrascendencia y la falta de valor mismas y, lo que es más hermoso, ella misma está obsesionada con la creencia de no valer para nada. ¿Se puede ser más inconsistente, más débil y más insignificante que la ceniza? Sin duda no es fácil. ¿Hay alguna cosa que pueda ser más transigente y paciente que ella? No, desde luego. La ceniza no tiene carácter y está más alejada de todo tipo de madera de lo que lo esta la depresión de la alegría desbordante. Donde hay ceniza en realidad no hay nada. Pon tu pie sobre la ceniza y apenas notarás que has pisado algo.”

Microgramas. Robert Walser