Revueltas estudiantiles en el siglo XIII

Los estudiantes protestan porque las aulas están demasiado llenas y la enseñanza es demasiado autoritaria. Los profesores quisieran organizar el trabajo en seminarios con los alumnos, pero interviene la policía. En una refriega, resultan muertos cinco estudiantes (año 1200). Se introduce una reforma que otorga autonomía a profesores y estudiantes; el canciller no podrá rehusar la licencia de enseñanza al candidato propuesto por seis profesores (año 1215). El canciller de Nôtre-Dame prohibe las obras de Aristóteles. Los estudiantes, con el pretexto de que los precios son demasiado caros, invaden y arrasan una hostería. El preboste de policía interviene con una compañía de arqueros, que hieren a algunos viandantes. Desde las calles vecinas acuden grupos de estudiantes, que atacan a la fuerza pública arrojándole adoquines que arrancan del pavimento. El preboste de policía ordena cargar contra ellos: caen muertos tres estudiantes. Huelga general en la universidad, atrincheramiento en el edificio, delegación al gobierno. Profesores y estudiantes se dirigen hacia las universidades periféricas. Después de largas negociaciones, el rey establece una ley que regula a bajo precio los alojamientos para estudiantes y crea colegios y comedores universitarios (marzo de 1229). Las órdenes mendicantes ocupan tres cátedras sobre doce. Revuelta de docentes seglares que las acusan de constituir una mafia de barones (1252). El año siguiente, estalla una violenta lucha entre estudiantes y policía, los docentes seglares suspenden sus cursos por solidaridad, mientras los catedráticos de las órdenes religiosas continúan con los suyos (1253). La universidad entra en conflicto con el Papa, que se pronuncia a favor de los docentes de las órdenes regulares, hasta que Alejandro IV se ve obligado a conceder el derecho de huelga si la decisión se toma por la asamblea de facultad con mayoría de dos tercios. Algunos docentes rechazan las concesiones y son destituidos: Guillaume de Saint-Amour, Eudes de Douai, Chrétien de Beauvais y Nicolas de Bar-sur-Aube son procesados. Los destituidos publican un libro blanco titulado El peligro de los tiempos recientes, que es condenado por «inicuo, criminal y execrable» por una bula de 1256 (cf. Gilette Ziegler, Le défi de la Sorbonne, París, Julliard, 1969)

Yuri Herrera. Trabajos del reino

Son. Tantas letras juntas. Suyas. Puestas ahí sin otra cosa que hacer más que fecundar la testa. Son. Muelen la hoja entre rodillos de insomnio, avisan, hurgan la blancura baldía en el papel y en el mirar. ¿Y qué había sido la hoja sino un trasto del jale, como el serrucho si armara mesas, como la fusca si arreglara vidas? Qué, pero nunca este despeñadero de arena con brío y propósitos a saber. Tantas letras ahí. Son. Son un destello. Cómo se empujan y abrevan una de otra y envuelven al ojo en un borlote de razones. Y qué si perfectas, igual rejegas, ya se incriminan con miedo al desarreglo: palabras. Tantas palabras. Suyas. Bronca de signos que se atan. Son una luz constante. Son. Él ya sabía de los libros, pero repelían, como una patria que no invitaba. Y ahora se ha dejado llevar de la mano hasta el acopio de secretos. Una luz constante. Un resplandor diverso cada una, cada una diciendo el nombre verdadero a su modo. Hasta las más mentirosas, hasta las más veleidosas. Ajá. No. No están ahí nomás para fecundar la testa. Son una luz constante. El rumbo a otros cartones, lejos de ahí. El descenso a oídos ocultos, ahí. Como los bichos que lo pueblan. No. No están nomás para entretener la vista ni alimentar la oreja. Son una luz constante. Son un faro que se derrama sobre las piedras a su merced, son una linterna que se pasea, se detiene, acaricia la tierra y le descubre cómo acabalar el servicio que le ha tocado.

Yuri Herrera, Trabajos del reino. Editorial Periférica.

Morir sin querer

No conozco las estadísticas, así que es posible que me equivoque si digo que los poetas tienen una relación más cercana con la muerte que la mayoría de los mortales, pero pienso que algo de cierto puede haber en eso, tal vez por el desmedido amor a la vida que muchos de ellos manifiestan. Al fin y al cabo, sin la cierta presencia de la muerte como meta del camino, la vida tendría, probablemente, menos sentido del que ya tiene, que en ocasiones no es mucho.

O tal vez se trate de una cuestión de libertad. A veces, muchas veces, los poetas se suicidan. Unos más deprisa o con más acierto que otros, pero muchos versos no son más que el rastro sangrante de una herida palpitante, difícil de cerrar por mucho alcohol que se le eche. Y para algunos es posible que el suicidio sea el gesto supremo de libertad, valga decir, de voluntad, con el que realizar el desplante definitivo a la muerte, esa demócrata intolerante. O, en otros casos, el gesto no es más que una cansada rendición, el último suspiro de una voluntad quebrada, harta de luchar contra todo lo que se empeña en hacer una vida invivible, ya sea un gobierno tiránico, una doctrina económica rapaz o cosas más pequeñas y simples: un marido equivocado, unos hijos poco deseados, una cuñada insoportable.

También es muy posible, por supuesto, que todo se reduzca a un desarreglo químico. Un déficit de litio, un exceso de determinado ión en las terminaciones sinápticas, un problema orgánico en la recepción de neurotransmisores. A lo mejor es eso, sí, y tal vez en un futuro no muy lejano todo eso pueda solucionarse fácilmente por medio de un tratamiento químico o de nanocirugía.

A lo mejor encontramos la cura para la poesía, ya que estamos.

Sea como fuere, Anne Sexton se suicidó varias veces y finalmente murió. Yo no creo en los “intentos de suicidio”, salvo como formas desesperadas de gritar pidiendo ayuda, que también los hay. Pero, por lo general, la persona que “intenta” suicidarse quiere morir en ese preciso momento, por las razones que sean, poéticas o prosáicas, tanto da. A la muerte poco le importa en qué campos crecen sus frutos mientras la cosecha sea abundante.

Anne Sexton se suicidó cada vez que tuvo una hija, y tuvo dos. Se divorció en 1970 y cuatro años después se suicidó definitivamente. Un 4 de octubre de 1974, a los cuarenta y cinco años, tras un almuerzo con su editor en el que estuvo revisando las galeradas de The Awful Rowing Towards God, volvió a su casa, se envolvió en el abrigo de pieles de su madre, quitó las sortijas de sus dedos y se tomó dos o tres vodkas que ya no le iban a perjudicar la salud. A continuación se encerró en el garaje y se envenenó con el humo del tubo de escape de su automóvil. Inmóvil, tal vez escribió sus últimos versos en aquel garaje, mientras conseguía por fin dormir.

Había trabajado durante un tiempo como modelo; era o había sido, una mujer que los otros (el infierno) consideraban hermosa, algo que puede ser una carga si además eres inteligente o sensible. O si estás enferma de poesía. Su médico la animó a escribir poesía, interesante diagnóstico, y ella se hizo amiga de Sylvia Plath, otra poetisa suicida, valga la redundancia, de la que se dice que tal vez padecía trastorno bipolar. Aunque a lo mejor al decir “bipolar” se refieren a que a veces le hizo la vida imposible Ted Hughes, su viudo futuro y a veces su cuñada. En algún momento, Anne Sexton había dicho: “Creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta”.

Sea como fuere, Anne Sexton, obtuvo el premio Pulitzer de poesía en 1967, por si eso interesa a alguien y, lo más importante, dejó escritos unos cuantos poemas que nos conmueven, como el rastro sangrante de alguien que, probablemente, se suicidó porque era lo último que querría hacer en la vida.

En el vídeo que os dejo a continuación, Anne Sexton lee su poema “Wanting to die” (Querer morir). Está subitulado en castellano.

 

Chomsky


El anarquismo me atrajo desde que era un joven adolescente, apenas empecé a pensar sobre el mundo más allá de límites bastante estrechos, y desde entonces no he hallado mayores razones para revisar esas actitudes tempranas. Pienso que sólo tiene sentido buscar e identificar estructuras de autoridad, jerarquía, y dominación en todos los aspectos de la vida, y desafiarlas. A menos que hubiera justificación para ellas, son ilegítimas, y deben desmantelarse para incrementar el alcance de la libertad humana. Eso incluye el poder político, propiedad y dirección, las relaciones entre hombres y mujeres, padres y niños, nuestro control sobre el destino de generaciones futuras (el imperativo moral básico subyacente al movimiento medioambiental, en mi opinión), y mucho más. Naturalmente esto significa un desafío de coerción y control de las grandes instituciones: el estado, las inexplicables tiranías privadas que controlan la mayor parte de la economía doméstica e internacional, y así sucesivamente. Pero no sólo esto. Lo que yo siempre he entendido como esencia del anarquismo es la convicción de que se debe plantear a la autoridad una prueba de asunción de responsabilidad, y que ésta (la autoridad) debe desmantelarse si no puede lograr esa asunción de responsabilidad. A veces se puede lograr la asunción de responsabilidad. Si estoy paseando con mis nietos y ellos se lanzan a una calle movida, no sólo usaré la autoridad sino también la coerción física para detenerlos. El acto debería desafiarse, pero pienso que éste puede lograrse rápidamente. Y hay otros casos; la vida es un asunto complejo, entendemos muy poco sobre los humanos y la sociedad; y las grandes declaraciones son generalmente más una fuente de daño que de beneficio. Pero la perspectiva es válida, pienso, y puede conducirnos muy lejos.

Noam Chomsky. Sobre anarquismo, marximo y esperanzas para el futuro. Entrevista completa aquí

Chomsky, por Astrud:

Leonardo Padura y el cansancio histórico

“Éste es un país condenado a la desproporción. El mismo Cristóbal Colón fue el que empezó a joderlo todo, cuando dijo eso de que ésta era la tierra más hermosa y todo lo que le cuelga. Entonces tuvimos la suerte geográfica, histórica, de estar donde estuvimos en el momento en que estuvimos y la dicha o la desgracia de ser como somos, y ya ven, hasta hubo una época en la que podíamos producir más riquezas de las que necesitaba esta isla y nos creíamos ricos. Si eso fuera poco, hemos producido más genios de los que nos correspondían por habitantes y metros cuadrados, y nos creímos mejores, más inteligentes, más fuertes… Esa desproporción es también nuestra mayor condena: nos puso en el medio de la historia. Acuérdense de que Martí quería equilibrar el mundo desde aquí, todo el mundo, el mundo entero, como si tuviera en sus manos la cabrona palanca que pedía Arquímedes. Como resultado de eso es que somos tan históricos y, además, no sólo nos creemos los mejores, sino que a veces hasta lo somos. Y ahí están las consecuencias… Sentido histórico y mala memoria, indolencia y predestinación, grandeza y levedad, idealismo y pragmatismo, como para equilibrar la carga con virtudes y defectos ¿no? Pero al final de todo llega el cansancio. El cansancio de ser tan históricos y predestinados.”

Lo dejó escrito Leonardo Padura en “La neblina del ayer” pero yo creo que, con muy pocos cambios, puede valer para muchos países. Por ejemplo, España.

Sobre Gamoneda. Después del accidente.

Gamoneda

Es más que probable que la admiración no sea más que una de las máscaras del deseo de emulación. Tal vez por eso yo soy poco dado a la admiración, porque nunca hubiera querido parecerme al fenómeno comercial del momento, a una catedral gótica o a un equipo de fútbol.

También, siendo más serios, porque uno no puede ser más que el que va siendo y porque resulta absurdo querer parecerse a algo o, peor, a alguien, a quien no conocemos en absoluto, más allá del perfil que dibujan las luces públicas. Y si ya la luz es mentirosa por naturaleza, cuánto más no habrá de serlo la luz artificial, la que dibuja sin matices un perfil tantas veces ajeno a la voluntad de su dueño y que responde, en tantas ocasiones, a los intereses de la bestia, poder, mercado, estructura, tanto da.

Ya he dicho en otra parte que de querer parecerme a algo, me gustaría llegar a ser la tumba de Robert Graves, así que me parece que está claro que no hay demasiada ambición de emulación en mis escasas admiraciones.

Dicho todo esto, he de manifestar que admiro a Antonio Gamoneda o, por mantenerme en los límites que un innato decoro impone a mis expansiones afectuosas, admiro profundamente su obra.

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre Gamoneda y su obra, por gentes más sabias que yo y que conocen mejor la vida y obra de este gran poeta, uno de los más grandes que ha dado la lengua castellana en los últimos cincuenta años y que, por fortuna, son muchos. Así que no seré yo quien pueda añadir nada nuevo, más allá del deseo de compartir mi experiencia porque a lo mejor ¿Quién sabe? ayudo a alguien a descubrir a un autor mucho mejor que yo. Solo por eso, ya valdría la pena el tiempo que alguien dedique a leer estas líneas.

Gamoneda me fue descubierto por otro gran poeta, Juan Carlos Suñén, hace ya casi veinte años. Todavía recuerdo con estremecimiento la primera lectura de “Malos recuerdos”, un poema encabezado por una cita de Marx que aún hoy, después de tantas lecturas, soy incapaz de leer sin ser interrumpido por el llanto.

Después de aquella revelación (porque, como decía y sigue diciendo el gran Claudio Rodríguez “Siempre la claridad viene del cielo”) comencé el acercamiento a la obra inacabable de Gamoneda. Y digo inacabable porque la gran poesía (y yo soy de los que utiliza “poesía” muchas veces como sinónimo de “arte”) es, para los que no tenemos otra fe, eterna e infinita. Por eso vuelvo una y otra vez sobre sus poemas, para encontrar, cada vez, nuevos sentidos, nuevas sonoridades, nuevas imágenes de mí mismo. Porque una de las funciones de la poesía es la de servirnos de espejo sobre el que reflexionar. Y en la de Gamoneda siempre encuentro nuevos matices que reflejan la cambiante evolución de esa duda a la que llamamos, con no poca presunción, identidad.

Podría hablar durante horas sobre la obra de Gamoneda. Incluso podría aventurarme a hacer algunas conjeturas sobre su personalidad como autor. Sobre su compromiso inquebrantable con la verdad, como demostró, de forma sobrada, en “Descripción de la mentira”, para denunciar, antes que nadie, las falsedades sobre las que se estaba levantando el edificio de lo que hoy llamamos democracia. De aquellas grietas vienen estos derrumbes. Y lo hizo, además, casi en contra de su voluntad (“no creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí”), rindiendo pleitesía a la voluntad del lenguaje, esa fuerza irresistible a la que el poeta solo puede servir como cauce. Y lo hizo, también, en un tono inédito (por lo poco que sé) en la poesía española, abriendo una veta que todavía ha de ser explorada por los poetas que están por venir.

También podría hablar de lo que en alguna ocasión he creído intuir como muestras de sutil humor, un poco socarrón y profundamente castellano, como en “Tarareando Nazim” o como cuando en el “Libro de los venenos” (otra obra que constituye una asombrosa celebración de amor por la lengua) habla de las “virtudes venéficas” entiéndase, las “cualidades venenosas” de determinada planta o sustancia, no recuerdo bien ahora.

Pero no quiero extenderme más por ahora en esta declaración de amor literario, que casi me avergüenza hacer, no por mí, sino porque, en cierto sentido, considero una ofensa para la obra de Gamoneda mostrar tanto entusiasmo. Lo único que puedo hacer es recomendar a cualquiera que quiera descubrir a un gran autor que lea su obra. He dejado algunas referencias a lo largo de este texto, pero no me gustaría acabar sin hacer dos recomendaciones: Una, la lectura de “Esta luz” la antología publicada hace unos años por Galaxia Gutenberg. El único libro en papel que traje en mi viaje de nueve mil kilómetros hasta mi nuevo destino. Y dos, la visita a la magnífica bitácora de Eloisa Otero, una de las mejores páginas dedicadas, no solo a la poesía castellana en general sino, de forma muy específica, a la obra de Antonio Gamoneda.

Por último, dejo aquí un poema, sobre el que no diré más. En mi opinión se basta por sí solo para decir mucho más de lo que yo podría:

Después del accidente.

Cuando levantaron aquel hierro amarillo,
se vio la cosa reventada: dos;
las dos manos del hombre: la gran mano
izquierda, la gran mano derecha.
Machacadas en óxido. La sangre
se espesó con el aire. Lo llevaron.

Si nos vemos, amigo, hay que beber a la salud del hierro.
Llevaré hasta tu boca el vaso con el vino
y, cuando tú sientas que bebes con mis manos,
tú comprenderás que no estás manco en el mundo.

Yo te aseguro que cuando venga lo que vendrá
nadie va a llorar por sus viejas manos atadas.
Y además- no lo olvides- yo ya no tendré
que estar triste por ti. Va a ser entonces
cuando vas de verdad a tener manos.

De revoluciones

Cita

“Una revolución se hace con ideas y violencia. Violencia había, pero ideas no había tantas. Yo me hice cínico así. Nadie tenía más odio que yo, pero no sabía cómo convertirlo en otra cosa. A lo mejor yo no quería otra cosa sino lo mismo, con gente diferente.”

Sombra de la sombra. Paco Ignacio Taibo II

Bolaño y los poetas maricones

Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, heterosexuales. La poesía, en cambio, homosexual. Dentro del inmenso océano de ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, mariposas, ninfos y filenos. Las mayores corrientes, sin embargo eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas (en nuestra lengua, claro está; en el mundo ancho y ajeno el paradigma seguía siendo Verlaine el Generoso). Una loca, según Padilla, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la estética y viceversa. Cernuda el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta m maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica Los poetas tipo Blas de Otero eran, por regla general, bujarrones, mientras que los poetas tipo Gil de Biedma eran, salvo el propio Gil de Biedma, mitad ninfos y mitad maricas. La poesía española de los últimos años, exceptuando, si bien con reticencias, al ya nombrado Gil de Biedma y probablemente a Carlos Edmundo de Ory, carecía de poetas maricones hasta la llegada del Gran Maricón Sufriente, el poeta preferido de Padilla, Leopoldo María Panero. Panero, no obstante, había que reconocerlo, tenía unos ramalazos de loca bipolar que lo hacían poco estable, clasificable, fiable. De los compañeros de Panero un caso curioso era Gimferrer, que tenía vocación de marica, imaginación de maricón y gusto de ninfo. El panorama poético, después de todo, era, básicamente, la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la Palabra. Los mariquitas, según Padilla, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban -aunque no siempre- los parámetros estéticos y vitales de los maricas. En España, en Francia y en Italia los poetas maricas han sido legión, decía, al contrario de lo que podría pensar un lector no excesivamente atento. Lo que sucede es que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimode, el trío de la muerte. De igual modo Pasolini repinta a la mariquería italiana actual, véase el caso del pobre Sanguinetti (con Pavese no me meto, era una loca triste, ejemplar único de su especie). Para no hablar de Francia, gran lengua de fagocitadores, en donde cien poetas maricones, desde Villon hasta Sophie Podolski, cobijaron, cobijan y cobijarán con la sangre de sus tetas a diez mil poetas maricas con su corte de filenos, ninfos, bujarrones y mariposas, grandes directores de revistas literarias, grandes traductores, pequeños funcionarios y grandísimos diplomáticos del Reino de las Letras (véase, si no, el lamentable y siniestro discurrir de los poetas de Tel Quel). Y no digamos nada de la mariconería de la Revolución Rusa, en donde, si hemos de ser sinceros, sólo hubo un poeta maricón. ¿Quién?, te preguntarás. ¿Maiakosvski? No. ¿Yesenin? Tampoco.

Block, Mandelstam, Ajmátova? Menos. Sólo uno, y ahora te saco de la duda, pero eso sí, maricón de las estepas y de las nieves, maricón de la cabeza a los pies: Jlébnikov. Y, en Hispanoamérica, ¿cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez? El resto, maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque éste tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León, abujarronados tipo Pablo de Rohka (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora, y junto con Lezama todos los maricas y mariquitas de la Revolución Cubana salvo Rogelio Nogueras, que era una ninfa con espíritu de maricón, para no mencionar sino de pasada a los poetas de la Revolución Sandinista: mariposas tipo Coronel Urtecho o maricas con voluntad de filenos tipo Ernesto Cardenal. Maricas son también los contemporáneos de México (¡no, gritó Amalfitano, Gilberto Owen no!), de hecho “Muerte sin fin” es, junto con la poesía de Paz, la Marsellesa de los nerviosísimos poetas mexicanos. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita con algo de maricón, Westphalen, loca, Pellicer, mariposa, Enrique Lihn, mariquita, Girondo, mariposa. Y volvamos a España, Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Ya está todo dicho. Y ahora para saciar tu curiosidad, algunas diferencias entre maricas y maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y los fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con sus chulos. Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una polla removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que odian y aman con toda su alma) descubren, en sus ojos hundidos, la identidad del Chulo de la Muerte. El chulo, para maricones y maricas, es la palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada. Por lo demás, y con buena voluntad, nada impide que maricones y maricas sean buenos amigos, se plagien con finura, se critiquen o se alaben, se publiquen o se oculten mutuamente en el furibundo y moribundo país de las letras.

-Te faltó la categoría de de los simios parlantes -dijo Amalfitano cuando por fin Padilla se calló.

-Ah, los simios parlantes -dijo Padilla-, los monos maricones de Madagascar que no hablan para no trabajar.

Los sinsabores del verdadero policía. Roberto Bolaño.

Existe una versión previa de este texto, menos cosmopolita, en Los detectives salvajes.