Borrador

Solo puedo leer y escribir. Mi cerebro está cerrado a otras formas de expresión artística. No es un problema neurológico, es una decisión personal. Puedo ver fotografías o dibujos si salgo a la calle, algo que evito a conciencia desde hace casi un año; podría ver una película si en mi ordenador hubiera algo más que un procesador de texto y una aplicación de lectura para libros en formato digital, o si mi navegador no estuviera configurado para funcionar solo en modo texto; podría incluso oír música si no hubiera decidido mantenerme alejado de tal posibilidad pero, en cualquier caso, aunque viera y oyera, nunca miraría ni escucharía. Tales actos serían siempre actos ajenos a mi voluntad y, por lo tanto, carentes de sentido.

Leo y escribo. Nadie me toca y hago que la casa se mantenga en un estado de limpieza absoluto, que elimina los olores. De todos modos, el abuso del tabaco ha ido matando en mí los sentidos del gusto y el olfato. Además, me he entrenado en la asepsia sensorial para lograr que solo las palabras tengan sentido para mí. Leo y escribo, eso es lo que hago. No hablo con nadie, no lo necesitan.

Sé que no hay realidad fuera del lenguaje, por eso escribo estas notas. Son el intento de cartografiar un territorio. Pero también soy consciente de la terrible paradoja que la lengua esconde, de su reverso infinito. De lo que no sé todo lo ignoro, mas de lo que conozco apenas atisbo balbuceos.

He decidido escribir una historia. Nunca he querido escribir historias. El lenguaje es un campo minado. Algunas de sus trampas son fáciles de detectar: las explicaciones, las metáforas, los ejemplos, los adjetivos (gastados). Otras, como las historias, son más insidiosas. Las mentiras no son el mejor método para contar la verdad aunque tal vez puedan servir para acotar sus límites.

Leo: acerca de una película que se titula Decasia. Parece ser un montaje realizado a partir de restos de celuloide en avanzado estado de descomposición. Las marcas del tiempo han quedado impresas y, atravesadas por la luz, arrojan nuevos significados. En los borrones animados que alteran las escenas parecen aparecer sentidos inesperados. Un rostro se deforma hasta parecer un cuadro de Bacon; un púgil golpea una palpitante mancha de celuloide. La noticia es que toda esta decadencia, esta alteración química, ha quedado plasmada en soporte digital. Convertida en inmaterial, se espera que perdure archivada en el registro nacional de películas de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Nace en mí la idea de escribir acerca de un pintor. En mi juventud estudié arte, quería ser políglota. Vanidad. El pintor de mi historia pasa su vida realizando los bosquejos de una gran obra. Jamás enseña sus apuntes, teme que su lenguaje será ininteligible para los demás. La misión que se ha impuesto es magnífica y, por ello, condenada al fracaso: mostrar la naturaleza de la pintura a través de ella misma, utilizar su lenguaje para revelar el reverso de vacío infinito del que solo puede ser pálido reflejo.

Decido que mi relato ha de adoptar, por fuerza, una apariencia engañosa. Solo con trampas se puede atrapar a un tramposo. Y no conozco enemigo más formidable que el lenguaje. Mi historia se presentará adornada con los ropajes más sencillos, con frases gastadas como esta misma. Pintaré el retrato de un personaje enfrentado a un destino fatal envuelto en una trama convencional. Incluiré un toque de misterio y ambientaré la narración en un entorno culto en apariencia, que permitirá la inclusión de divagaciones banales acerca de la naturaleza del arte.

Leo y escribo. Apuntes para mi obra. Decido que mi personaje estará obsesionado con la música de William Basinski, en concreto con la serie titulada “The Disintegration Loops” (Los bucles de la desintegración). He leído que Basinski intentó convertir al formato digital sus antiguas cintas de sonido, pero se dio cuenta de que estaban muy deterioradas, tanto que se deshacían en polvo magnetizado al reproducirlas. Decidió entonces pasar determinados fragmentos una y otra vez por las cabezas lectoras y grabar el proceso de desintegración del sonido. Tal vez buscaba algo.

Dice la leyenda que Basinski acabó su obra en septiembre de 2001 y que la hizo escuchar a unos amigos mientras se derrumbaban las Torres Gemelas. Según parece, grabó en vídeo las altas columnas de humo que cubrían la ciudad de Nueva York al atardecer y las utilizó como fondo visual para su música. Alta velocidad, cámara lenta. Su obra fue expuesta en el MOMA durante el décimo aniversario de ese 11 de septiembre pero yo no la he visto. No tengo tiempo para la arquitectura.

El pintor de mi historia no conocerá la fama. Se enfrentará, como es obvio, a la incomprensión de sus contemporáneos, empeñados en el absurdo de que no hay artista sin obra. Escribo. Una larga conversación entre el pintor y su mejor amigo que termina en un soliloquio ininteligible. El pintor pretende demostrar la que llama “teoría de los espejos enfrentados” según la cual obra y artista se anulan mutuamente. Nada puede existir entre ellos o, tal vez, como entre dos espejos que estuvieran unidos por sus caras reflectantes, todo cabe en ese espacio que es, a la vez, inexistente e infinito. Esta conversación es la última que el pintor tiene con cualquier otro ser humano antes de recluirse para siempre en su estudio, decidido a continuar su exploración hasta el fin de sus días; empeñado, tal vez, en revelar la naturaleza de ese espacio entre espejos enfrentados.

Noto que el lenguaje se defiende, se burla de mí a medida que avanzo en el plan de mi obra. Huele la trampa. He descubierto que el mero proceso de copiar y pegar un texto produce una degeneración del sentido. Borges lo intuyó. Descarto la idea de crear mi obra a partir de fragmentos de libros que han sido éxitos de ventas. Además, mi relación física con el lenguaje hace que su lectura se convierta en una experiencia insoportable. Me siento contaminado al contacto con las frases de ese tipo de libros, empachado de comida basura. Pero sé que no existe algo que pueda llamar texto original. El lenguaje no es más que un proceso combinatorio, los cabalistas lo saben, sin embargo a veces se puede conseguir que dos palabras exploten por mera proximidad si nunca antes habían estado juntas.

Leo a Walter Benjamin, equivocándose de forma esplendida acerca de la desaparición del aura de los objetos únicos en la época de su reproductibilidad mecánica. Lo imagino siempre suicidándose (una y otra vez) bajo una reproducción de la imagen de Hitler, un hombre mezquino, cuya aura casi inexistente se multiplicó hasta alcanzar proporciones gigantescas gracias a la reproducción nauseabunda. Millones de minúsculos reflejos, microauras agigantadas por la suma de repeticiones, la hidra gestáltica del Volk alemán, contribuyeron a crear la imagen de un semidios terrorífico, como sucede en las religiones y con los actores de Hollywood. La imitación crea al modelo.

El protagonista de mi obra repite una y otra vez el mismo trazo. Dibuja de memoria y comprueba cómo la realidad va alterándose a medida que la reproduce. Un día comienza a dibujar una lagartija que se arrastra por el suelo de su estudio. Desaparecida, continúa dibujándola una y otra vez, durante días, tal vez meses. Miles de reproducciones del mismo bosquejo hasta que, sin saber cómo, el reptil se transforma en pájaro.

Vuelvo a leer, es inevitable, El retrato de Dorian Gray. Recuerdo haber visto de pequeño una película de terror basada en esta obra en la que hoy leo algo diferente a lo que su historia parece contar. Encuentro al lenguaje, mi viejo enemigo, desarrollando su eterno discurso de doblez y ambigüedad, desenrollando los harapos bajo los que esconde su verdadera naturaleza. La decadencia de lo eterno.

Escribo envuelto en vértigos nocturnos, como al dictado, y al alba releo textos oscuros, casi incomprensibles. Releer es un proceso de destrucción pero no sé quién se está destruyendo.

Leo Esculpir en el tiempo de Andrei Tarkovski. En ninguna de mis películas se simboliza algo, dice y, sin embargo declara que tiene que sentir imperiosamente su continuidad espiritual y que no está en el mundo por azar. También escribe que un elemento musical no tiene intereses ni ideología. Y también que un plano cinematográfico es siempre un fragmento de la realidad carente de ideas.

Reviso las primeras cien páginas de mi obra y elimino todas las referencias vulgares: el decorado urbano y universitario, la historia sentimental forzada por un azar con apariencia de inevitable, los figurantes de pie forzado. Me quedo con un puñado de notas desgarradas. A medida que avanzo en mi proceso destructivo me parece ver surgir un estilo de las palabras restantes, que brilla como un puñal. Casi me parece oír aullar al lenguaje mientras progresa su evisceración.

Leo El barril de amontillado y pienso en mi pintor, enclaustrado en su estudio tras haber cortado las sogas que lo mantenían sujeto a una realidad que él sabe falsa a todas luces. Pertrechado con las armas de su oficio trabaja incansable. No es preciso decir que su razón no flaquea en absoluto. Un lenguaje solo es absurdo cuando se refiere a una realidad carente de sentido. Poco a poco va eliminando toda distracción de su entorno. Se despide de la música de Basinski el día que descubre que agua sus acuarelas. Tapona sus oídos tras comprobar que el canto de los pájaros que proviene del exterior altera su paleta de colores. Jamás pinta después de comer y no dibuja después de tomar café.

En mi casa no hay libros. Hacen demasiado ruido.

El pintor sabe que el futuro no cesa de descomponerse en el presente y por eso nunca revisa su trabajo. El día en que la lagartija se convirtió en ave se resistió a volver atrás sobre los pasos que le habían llevado hasta allí y aceptó que lo inexplicable puede ser una máscara de lo inexorable. Conoce el castigo reservado a los poetas que miran hacia atrás.

Yo era un niño cuando descubrí el poder del lenguaje para contar su propia descomposición, profecía de un silencio inalcanzable, reveladora de la verdad oculta tras la aparente verdad del mundo. Tomaba una palabra, izquierda, por ejemplo, y la repetía una y otra vez hasta que dejaba de tener sentido. Luego veía (con los ojos lo veía) cómo el sonido iba cambiando de forma hasta convertirse en otra cosa; repetía una y otra vez izquierda, izquierda, izquierda, izquierda, izquierda en una especie de oración formada por una sola palabra. Una oración absurda para un dios absurdo. La forma del sonido no adquiría nunca un nuevo significado. Izquierda no se convertía en derecha pero, al menos, dejaba de representar el engaño de estar situado en un punto concreto del espacio, la fatuidad infantil de sentirse el referente del resto del universo.

El pintor nunca revisa sus bocetos, jamás vuelve a ver su trabajo. Por eso no puede saber que toda su obra está desapareciendo a medida que es realizada. Nunca se pregunta por qué siempre encuentra papeles, cartones, lienzos, tablas en blanco a su disposición. Cuando se encerró en su estudio hizo acopio de material suficiente para trabajar durante muchos años, pero la velocidad creciente a la que desarrolla su tarea le hizo pronto perder la noción del tiempo. A veces le asalta una vaga inquietud, parecida a la que queda tras hacer un cálculo mental erróneo y se detiene un instante ante una superficie blanca que le resulta familiar. Pero entonces piensa que todas las superficies blancas son iguales y prosigue su furiosa persecución de olvidado propósito. Sin saber que ha sido derrotado, continúa su combate.

Llegado a este punto mi obra se extiende a lo largo de casi mil páginas de notas. Porque son solo eso: notas, apuntes, el aparente relato de una historia abstrusa y monótona que pretende hablar de otra cosa. No se me escapa que el relato que pretendo construir parece ser una alegoría de mi propia existencia, encerrado voluntariamente en esta casa, alejado de todo, dedicado tan solo a leer y escribir. Pero cualquier lectura en ese sentido sería por completo errónea. Mi relato, ya lo dije antes, es una trampa para atrapar a un tramposo. Y ya está casi a punto. Solo tengo que revisar algunos de los mecanismos para asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

Hubo un momento de mi vida en el que descubrí que somos huéspedes del lenguaje. La palabra huésped tiene en castellano un doble sentido; por una parte es aquel que es alojado en casa de alguien. Así, el lenguaje sería la residencia común a todos los hombres. Pero, por otro lado, huésped es todo aquel que aloja un parásito. Descubrí entonces la doblez terrorífica de la lengua, semejante a la de aquel escorpión del cuento infantil que pica a la tortuga en pleno proceso de vadear un río subido a su caparazón. Cuando la tortuga, en su agonía, le pregunta que por qué lo hizo, el escorpión, sabiendo que él también va a morir, responde está en mi naturaleza.

Mi relato ya está casi a punto. Solo tengo que revisar algunos de los mecanismos para asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

Descubrí que el lenguaje es un parásito acogedor que destruye a quien lo hospeda. Y que, como el escorpión de la historia infantil, no puede dejar de ser como es. Sin embargo, como sucede con la palabra huésped, a veces deja al descubierto su terrorífica naturaleza que no es otra que la de la propia realidad.

Mi trampa ya está casi a punto. Solo tengo que asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

El diálogo entre la tortuga y el escorpión se nos aparece como revelador porque es un relato agónico. Ambos protagonistas saben que van a morir. La tortuga creyó la promesa del escorpión, hecha en la orilla, porque su cálculo se basó en la necesidad del arácnido de llegar al otro lado del río. Tal vez el escorpión también creyó en la sinceridad de su promesa. La verdad se revela en el momento de la muerte, como el lenguaje muere en el momento en que muestra su verdadera naturaleza. Ambos ignoraban que el tiempo solo tiene una orilla.

Mi relato, ya lo dije antes, es una trampa para atrapar a un tramposo. Y ya está casi a punto. Solo tengo que revisar algunos de los mecanismos para asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

Al llamar arácnido al escorpión he pensado en el mito de Aracne, pero de inmediato veo ahí una nueva trampa de mi huésped que teje recuerdos falsos con los que enredar mi lengua. El lenguaje es la Moira, ahora lo sé. Creemos que el reverso de la lengua es el silencio, pero el silencio no existe. En mi relato parece que el pintor se condena al ignorar que su obra se desvanece hacia la blancura, como si la luz fuera una forma del silencio pero en realidad se condena mucho antes, cuando no piensa en la verdadera naturaleza de la luz atrapada entre dos espejos. Por eso cree que todos los lienzos en blanco son iguales.

Mis mecanismos están casi a punto. Son una trampa para atrapar a un tramposo. No me llevará mucho tiempo volver a leer todas mis notas. Me parece que esto ya lo dije antes.

El silencio no existe. Inevitable Beckett, atrapado al borde de un abismo, avanzando siempre un poco más allá. Atrapado por el lenguaje en su red. Nadie leerá mis notas, solo así podré vencer sobre mi enemigo. Con sus propios hilos he creado la red que lo atrapará. Nadie leerá mis notas y, aunque alguien lo hiciera, solo encontraría los apuntes casi ininteligibles sobre la vida de un pintor que no supo ver las trampas que su lenguaje tejió sobre él. Alguien muy diferente de mí.

Tengo que volver a leer todas mis notas. No me llevará

 

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Un pensamiento en “Borrador

  1. Estoy inerme. Ni en mil años podría escribir un comentario a la altura de este texto. Emoticono de baba envidiosa. Reverencia, amigo.

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