Decíamos ayer…

La realidad tiene los bordes violetas, creo que es algo que dije hace tiempo. Hoy todo se vuelve repetición y empiezo a pensar que el estilo es una manía y no otra cosa. Empiezo a saber que, siempre, encajonaré el adverbio entre comas, como un toro que apenas se sorprende ante la perspectiva de la crueldad festiva.

La mano izquierda sostiene los bordes de la camisa, abrazando el costado contrario, sobre el hígado, mientras que el dedo corazón de la derecha explora entre las piernas, para dibujar sobre el papel unos labios de chocolate. Y así, a veces, escribir es como limpiarse el culo: una necesidad higiénica.

Lo violáceo y la violencia, por tanto, no son sino notas de color mortecino en los bordes de lo cotidiano, como adverbios atrapados, comatosos, entre dos puyazos. Y el color, de todos es sabido, no es una cualidad de la luz sino de su reflexión. Pero la violencia es poco reflexiva y todo lo violáceo tiende al ultraje, incluso cuando se trata de corbatas.

En el caso universitario no se habla de corbatas sino de otro tipo de sogas, imagino, aunque el estilo no puede dejar de imponer su ley sobre elpensamiento. Lo cual quiere decir que si hablas como un loco serás tratado como tal aunque no lo seas y poco importará la diferencia epistemológica; y si te presentas ataviado con los colores de la incomprensión es muy posible que acabes sangrando.

Porque si uno de los bordes de la realidad, tal vez el último, es violeta, el otro, el inferior, es de un carmesí que tiende a lo visceral y se supera sólo por abajo, como bien saben todos los ángeles que en alguna ocasión saltaron alegres a través de las ventanas de la percepción.

Así que corremos encajonados entre dos colores y confundimos la anchura con profundidad, olvidando que un precipicio no es más que otra forma de considerar al camino o que, tal vez de forma más adecuada, todo camino no es más que una manera distinta de caer.

Y a la hora de caer la elegancia es fundamental. Pero también en esto nos equivocamos a menudo y denominamos elegancia a una nueva forma de mentir. No es elegante caer escurriendo el bulto, rodando sobre el hombro de forma grácil para levantarnos, impolutos y pintureros, exhibiendo una luminosa sonrisa que haga prorrumpir al respetable en una ovación atronadora. No. En tales casos, la elegancia es una impostura que, aunque eficaz, sólo produce confusión y, lo que es peor, adjetivos gastados por la repetición, cuando lo único luminoso y atronador que vale la pena contemplar tras una caída es el derrumbe del cielo sobre nuestra cabeza en forma de tormenta exenta de adjetivos.

Una caída elegante lo es más cuanto más sincera sea. Y para ello es preciso que se envuelva en desorden y confusión de extremidades. Que la cabeza, tal vez, tropiece en un par de escalones mientras uno siente la súbita necesidad de pararlo todo para volver al instante anterior, al segundo preciso en que la realidad se precipitó hacia nuestra cara, con la intención manifiesta de rompernos la nariz.

Así vemos cómo la verdad y la belleza se unen, escaleras abajo, para esperarnos al final en forma de dolorosa revelación: caer duele y esa es la única elegancia que nos podemos permitir esperar cuando confundimos el paso en lo alto de las escaleras. Cardenales púrpuras vendrán a recordarnos los estrictos límites en que se encarna nuestra confusa existencia y nada más tendrá sentido, hasta que la analgesia vuelva a velar, piadosa, nuestras miradas.

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