Morir sin querer

No conozco las estadísticas, así que es posible que me equivoque si digo que los poetas tienen una relación más cercana con la muerte que la mayoría de los mortales, pero pienso que algo de cierto puede haber en eso, tal vez por el desmedido amor a la vida que muchos de ellos manifiestan. Al fin y al cabo, sin la cierta presencia de la muerte como meta del camino, la vida tendría, probablemente, menos sentido del que ya tiene, que en ocasiones no es mucho.

O tal vez se trate de una cuestión de libertad. A veces, muchas veces, los poetas se suicidan. Unos más deprisa o con más acierto que otros, pero muchos versos no son más que el rastro sangrante de una herida palpitante, difícil de cerrar por mucho alcohol que se le eche. Y para algunos es posible que el suicidio sea el gesto supremo de libertad, valga decir, de voluntad, con el que realizar el desplante definitivo a la muerte, esa demócrata intolerante. O, en otros casos, el gesto no es más que una cansada rendición, el último suspiro de una voluntad quebrada, harta de luchar contra todo lo que se empeña en hacer una vida invivible, ya sea un gobierno tiránico, una doctrina económica rapaz o cosas más pequeñas y simples: un marido equivocado, unos hijos poco deseados, una cuñada insoportable.

También es muy posible, por supuesto, que todo se reduzca a un desarreglo químico. Un déficit de litio, un exceso de determinado ión en las terminaciones sinápticas, un problema orgánico en la recepción de neurotransmisores. A lo mejor es eso, sí, y tal vez en un futuro no muy lejano todo eso pueda solucionarse fácilmente por medio de un tratamiento químico o de nanocirugía.

A lo mejor encontramos la cura para la poesía, ya que estamos.

Sea como fuere, Anne Sexton se suicidó varias veces y finalmente murió. Yo no creo en los “intentos de suicidio”, salvo como formas desesperadas de gritar pidiendo ayuda, que también los hay. Pero, por lo general, la persona que “intenta” suicidarse quiere morir en ese preciso momento, por las razones que sean, poéticas o prosáicas, tanto da. A la muerte poco le importa en qué campos crecen sus frutos mientras la cosecha sea abundante.

Anne Sexton se suicidó cada vez que tuvo una hija, y tuvo dos. Se divorció en 1970 y cuatro años después se suicidó definitivamente. Un 4 de octubre de 1974, a los cuarenta y cinco años, tras un almuerzo con su editor en el que estuvo revisando las galeradas de The Awful Rowing Towards God, volvió a su casa, se envolvió en el abrigo de pieles de su madre, quitó las sortijas de sus dedos y se tomó dos o tres vodkas que ya no le iban a perjudicar la salud. A continuación se encerró en el garaje y se envenenó con el humo del tubo de escape de su automóvil. Inmóvil, tal vez escribió sus últimos versos en aquel garaje, mientras conseguía por fin dormir.

Había trabajado durante un tiempo como modelo; era o había sido, una mujer que los otros (el infierno) consideraban hermosa, algo que puede ser una carga si además eres inteligente o sensible. O si estás enferma de poesía. Su médico la animó a escribir poesía, interesante diagnóstico, y ella se hizo amiga de Sylvia Plath, otra poetisa suicida, valga la redundancia, de la que se dice que tal vez padecía trastorno bipolar. Aunque a lo mejor al decir “bipolar” se refieren a que a veces le hizo la vida imposible Ted Hughes, su viudo futuro y a veces su cuñada. En algún momento, Anne Sexton había dicho: “Creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta”.

Sea como fuere, Anne Sexton, obtuvo el premio Pulitzer de poesía en 1967, por si eso interesa a alguien y, lo más importante, dejó escritos unos cuantos poemas que nos conmueven, como el rastro sangrante de alguien que, probablemente, se suicidó porque era lo último que querría hacer en la vida.

En el vídeo que os dejo a continuación, Anne Sexton lee su poema “Wanting to die” (Querer morir). Está subitulado en castellano.

 

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4 pensamientos en “Morir sin querer

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