Micromuertes. 3

Para Víctor, con afecto

Encontrar el nombre exacto de las cosas ha sido para mí una obsesión constante. Descubrí siendo muy joven que las cosas no siempre tienen el nombre correcto y que la gente suele utilizar para nombrarlas algunas palabras que no las definen bien. Las cosas tienen un nombre exacto, por ejemplo, paraguas. Un paraguas no puede llamarse de otra forma y cualquier intento de cambiarle el nombre solo desembocaría en el absurdo. Sin embargo, la gente llama solidaridad a ciertas formas de caridad, caridad a determinadas manifestaciones del egoísmo y egoísmo a una forma natural de resistencia al egoísmo ajeno, que yo suelo llamar amor propio.

Cuando conocí a Carmen en seguida me di cuenta de que su nombre no le correspondía. Carmen es nombre de mujer morena, de ojos profundos y pasiones turbias. Sin embargo a ella le habría venido mejor otro nombre, tal vez Silvia. Probé varias veces a cambiarle el nombre mientras, sin saber bien cómo, nos íbamos enamorando. Y digo amor a falta de una palabra mejor para definir lo que nos unió. A ella nunca le gustó que intentara cambiarle el nombre, así que decidí referirme nuestra situación mientras buscaba una palabra que le encajara mejor, porque yo sabía que no podía quererla plenamente mientras no pudiera encerrarla en una sola palabra. Así empecé por llamarla amiga, lo cual le molestaba porque decía que ella no se acostaba con sus amigos; luego la llamé novia y eso la ofendía porque decía que las novias visten de blanco y que ella odiaba ese color; al cabo de los años me refería a ella como mi prometida y Carmen (porque se empeñaba en seguir llamándose así) respondía siempre que nunca me había prometido nada, lo cual era cierto.

Al final, mientras yo seguía buscando el nombre perfecto para ella, nos fuímos a vivir juntos y allí la cosa se complicó. No era ni mi mujer ni mi esposa ni mi concubina ni mi amante. Cualquier nombre que yo intentara darle, ella lo volvía impracticable apenas con un gesto, una mirada, como el felino que mata sin querer un insecto.

Hasta que esta mañana, no sé bien cómo, empezó una discusión sobre mi manía (así la calificó ella) de ponerle nombre a las personas como si fueran cosas que yo necesitara poseer. Ante mis sorprendidas negativas, ella respondió que había rechazado todos los nombres que yo había intentado poner a nuestra relación, no por el nombre en sí, sino porque yo siempre anteponía un “mi” y que ese “mi” posesivo era lo que realmente le repugnaba. Sí, dijo que le repugnaba.

Intenté hacerle ver lo equivocada que estaba, explicándole que el “mi” que tanto la molestaba era en realidad un acto de amor, que yo no quería convertirla en una cosa sino en una parte esencial de mi propio ser y que, en cierto modo, al nombrarla así, la volvía más real.

Entonces empezó a gritar. Yo creo que se volvió loca de repente, jamás lo habría sospechado de ella, pero de pronto comenzó, como una letanía a repetir “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras su voz iba subiendo de volumen hasta convertirse en un grito ensordecedor. Seguía repitiéndolo cuando salió hacia la cocina conmigo persiguiéndola, mientras yo iba repitiendo todos sus nombres: “cariño, amor, amiga, mujer, amante. Silvia”.

Eso la detuvo de repente. Se dio la vuelta con el cuchillo en la mano y, con una mirada espantosa, una mirada a la que jamás podría poner nombre me preguntó: “Silvia ¿Quién es Silvia?”.

Y sin darme tiempo a responder volvió a entonar su letanía. Una y otra vez, ahora en un tono de voz que se podría calificar de normal sino fuera porque tenía cierta persistencia afilada: “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras me clavaba el cuchillo una y otra vez.

Ahora ya conozco su verdadero nombre.

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