The sound of music

Entonces -dijo el profesor Spinach- supongamos que usted tiene aquí, en su mano derecha, una aguja de calcetar que ha sido cuidadosamente afilada con el fin de convertirla en el objeto más punzante que existe. Un objeto que podría ser comparable a la vibración que experimentan las moléculas de una copa de cristal de Bohemia antes de darse a la fuga sometidas al influjo de un sobreagudo de la Callas, dejando tras de sí el rastro fragmentario de una escala hecha añicos.

De acuerdo profesor -respondió la señorita Phyllis-, podemos suponerlo, si usted quiere. Pero aún podemos hacer algo mejor: podemos hacer que sea así en efecto. Mi prometido, el capitán Milton, aquí presente, me trajo ayer ese objeto del que usted habla. Vea que aquí, en mi mano derecha, vibra esa aguja tan afilada. Pero déjeme que ponga música, por favor.

Era algo de La Monte Young o tal vez de Steve Reich. La señorita Phyllis comenzó a desnudarse lentamente mientras el profesor recitaba unos versos de Wallace Stevens, repitiéndolos una y otra vez.

The trees have a look as if they bore sad names
And kept saying over and over one same, same thing.

Es obvio que el asesinato puede ser un arte y que, más a menudo, el arte constituye la forma más religiosa de crimen. La música seguía sonando mientras el hielo se deshacía en mi vaso, lleno del néctar ambarino. Tal vez fuera algo de Terry Riley, aunque sonaba a cristal.

Lo cierto es que mientras la aguja se clavaba en los ojos del profesor Spinach, éste no cesaba de repetir los dos versos de Stevens. La sangre salpicaba el collar de brillantes de mi prometida al igual que el resto de su cuerpo desnudo, mientras su brazo se alzaba y descendía rítmicamente, incansable, como el brazo ejecutor de una promesa fabricada en serie. La promesa de un mundo mejor, siempre mejor, donde poder asesinar, una y otra vez, a los viejos que aparentan llevar nombres aburridos, como Beethoven o Mahler.

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