Recuerdos de infancia

Cierta mañana una noticia se extendió por todo el Claustro: las Monjas Fumadoras habían creado un dios en el sótano de la Central. Se decía –porque todo eran rumores- que era un dios pequeño, vaporoso, prácticamente incapaz, y que las Pupilas Avanzadas habían tenido mucho que ver en todo el asunto. No nos pareció interesante ir a verlo, recuerdo que aquella mañana nos tocaba iniciarnos en el Consumo.

Los tres Pilares de la Fe eran: Consumo, Fornicación y Violencia. Todo estaba ahí. Recuerdo cómo la Hermana Theresa, tras salir de una Violación Ritual, sudorosa y ensangrentada, todavía bajo los efectos del Éxtasis, nos explicó que los Pilares de la Fe mantenían el Claustro unido y a los hombres alejados.

Hormigón y madera. Cuerda y cristal. Acero y seda. Recuerdo el sabor de todos ellos. El tiempo no era un lugar para quedarse. El fuego era mucho más duradero.

A veces tomaba testosterona. Todas lo hacíamos a escondidas. Nos gustaba sentirnos como si fuéramos un hombre: la violenta tensión agazapada bajo cada poro de la piel, la energía asesina capaz de transformar universos. Pero nadie quería ser un hombre durante demasiado tiempo seguido. Sería una locura.

Con el tiempo la mayoría de nosotras abandonó el Claustro. Me pregunto qué habrá sido de aquel dios. A veces me lo imagino en el sótano, atado por la Palabra, incapaz de crecer o morir. No siento ninguna lástima.

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