Un poema

Disparo de alba en mitad de la frente,
dientes de cristal masticando soles:
y el ojo del huracán silencioso
parpadea más veloz que un suspiro.

Amanece.
Fuera.

Donde los acólitos del fuego
encienden la primera llama azul del día
y los discípulos del hielo
apagan la última hoguera de la noche
con su sangre.

Una gota de rocío cae sobre los labios de una mujer muerta
que podría ser la madre de cualquiera
o de nadie

Mientras el acero fragua negocios en las manos de hombres
menos sabios que yo
pero más letales.

El violeta canta su canción, otra vez, tras una puerta cerrada

(Y ahí estoy yo:
detrás de todas las condenadas puertas
oscuro como el miedo
sabiendo que podría abrir el dolor de par en par.

Pero callo.
Y espero.)

y algunos hombres solos deshacen bajo sus pies la geometría del vacío.
Y algún estúpido muere por fin

una sola vez.

Y alguien deja caer un diamante
sobre la espalda de un niño.

Un diálogo de marfil rojo rasga las últimas sombras
dibujando la frontera entre matones y asesinos.

El día no se decide a cortarse las venas

Pero amanece.

La misma noche eterna
sobre los malditos hijos del tiempo.

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