Pietina

Para S., con merecido afecto

Seta floral, tuberosa, esquizoide y mutágena, de la familia de las misericordinas. Crece en los rincones húmedos y oscuros de los corazones luminosos. A efectos de clasificación es importante no confundirla con la hipocritina, su simétrica, que crece en los raros espacios luminosos de los corazones oscuros.

Se caracteriza por sus métodos de reproducción esporádicos y estocásticos, y por la implantación sináptica en los organismos que habita, lo cual produce la clásica estructura de enredadera reticuliforme que llega a suplantar al soporte original.

Debido a sus peculiares condiciones de crecimiento, la Pietina es difícil de observar en organismos vivos de la mayor parte de las especies, salvo entre los habitantes de Larte, su planeta de origen, cuyo característico exoesqueleto permitió a nuestros botánicos llevar a cabo un profundo estudio de esta especie. Por supuesto, la Pietina también llevó a cabo un profundo estudio de nuestros botánicos. A su regreso, todos eran portadores.

Indetectable por medios externos, solo podemos observarla en humanos por sus manifestaciones externas (floraciones). Sin embargo, debido a su naturaleza mutágena y esquizoide, es preciso un ojo experto para detectarla. Hemos de decir, sin embargo, que la infestación por Pietina no conlleva efectos contraproducentes en la salud de sus portadores, más allá de las variaciones emocionales conocidas hasta la fecha y que, de todos modos, no podemos saber hasta qué punto son debidas a la presencia de la seta.

Se conocen dos tipos de floración de la Pietina. En la versión endógena, produce sentimientos miserables de autocompasión. Sus pétalos se vuelven lacrimosos y la coloración tiende al olvido. Por lo general, esta floración se presenta en la forma inmadura de la seta y normalmente evoluciona hacia la versión exógena, responsable de su popularidad entre nosotros. Aquí, si bien la flor sigue teniendo estructura compasiva, se manifiesta en forma de exuberantes pétalos de color sonriente; a diferencia de la versión endógena, con su característico aroma grisáceo, la flor madura de la Pietina huele a cascabeles y amaneceres a la orilla del mar. Se puede observar, sobre todo, en una curvatura peculiar de las comisuras de los labios que puede preceder al lanzamiento de esporas de aspecto carcajeante.

Su fruto es sabio y fugaz, e induce a la solidaridad.

Entre jamás y nunca

Existe un lugar donde el mar se convierte en piedra bajo el llanto de madres que han olvidado a sus hijos pero no el sabor de las lágrimas. Existe un lugar profundo como un pozo caído del cielo al que se asoman los poetas exhaustos de olor a jazmín. Existe un lugar donde los relojes enloquecen bajo el peso insoportable de una sonrisa, midiendo la distancia infinita entre jamás y nunca, donde el cielo se arranca la piel a dentelladas lentas como el despertar de los verbos, cuando cabía un océano de miradas en la cuenca de las manos de los hombres en vez de esta culpa ilimitada, ebria de adjetivos, donde florecen los ojos impares de dioses locos. Existe siempre un lugar donde se pierden las cosas que nunca quisimos encontrar. Está en todas partes.

Y mientras tanto el hambre vuelve a atar sus botas con el blando presupuesto del miedo pero ya no es la sinrazón quien mantiene el equilibrio de las cuentas sino el orden desmesurado del azar, como un péndulo de mercurio colgado de los pies de un ahorcado que se balancea entre dos silencios y descubre que el fuego no es lo contrario del hielo sino su osamenta.

Amo la música de las bombas que traen en su vientre un silencio inaudito, extenso como los desiertos de mi infancia. Caen desde la nada como una lluvia hecha de pájaros muertos, arpegios alados de destrucción y canto imposible de ferocidad feliz, explosión de pausas que fragmenta el futuro en un rompecabezas de calcio que se disolverá en la sangre de mi padre. Existe una fertilidad de las cuevas que los hombres llaman memoria pero los niños sabemos que solo es la velocidad más lenta de la venganza, la que puede detener entre dos puñales de piedra el vuelo de un instante vuelto metralla.

Y entonces la piel se convierte en un estorbo y la carne en un reloj que palpita entre la sed y la prisa. El camino retoma su costumbre de ser abismo horizontal y de sus bordes brotan pétalos rojos como la sangre de mis pies. La risa del oro rebota contra la bóveda de marfil y sus ecos cantan en arrullo soñador. Aprendo a devorar pesadillas bajo la mirada de soles muertos. La telaraña de la noche está hecha de fronteras y un laberinto crece entre un paso y el siguiente, eterno como un silencio de Bach.

Ahora soy manada y sonrío. Mi corazón es un agujero lleno de bolsillos donde se esconde toda la cobardía del mundo, el valor de la pérdida absoluta. Crece en mi garganta una felicidad de puñales cuando la penúltima promesa acaricia las costas de mi cuerpo. Ahora soy imposible, puedo nadar sobre el llanto de mis madres.

Don de la ceguera

Muchos años después, detenido en mitad de un paso de peatones, Sebastián Mafate había de recordar la remota mañana de su adolescencia en que despertó, después de un sueño intranquilo, convencido de que quería ser escritor. Le llegó el deseo como un regalo inesperado, envuelto en papel brillante y cintas laudatorias, y lo abrió con ansiedad, rasgando el envoltorio como los niños pequeños rasgan con sus gritos el amanecer del seis de enero para descubrir en el fondo del paquete, protegida por un montón de cosas que consideró superfluas, una pequeña bolita parecida a la esperanza que tragó con ansia y que desde aquel día creció en su interior hasta llegar a ser más grande que él mismo. Sebastián estaba convencido de poseer un aura de escritor que no podía pasar desapercibida a ningún mortal sensible.

Pero la terquedad de la vida le llevó por los sombríos caminos de la rutina (Sebastián se forzaba a pensar en sí mismo con lo que él llamaba “frases de escritor”) . Madurar es una forma de naufragio y la necesidad, más fuerte que el deseo, le arrastró hasta una mesa de despacho a la que se aferraba los lunes por la mañana para soñar, envuelto en una luz fluorescente que semejaba una hoja en blanco, con los resplandores inevitables de la celebridad a la que se sabía destinado y que le hallaría posando en su escritorio con sonrisa displicente frente a los destellos de la cámara destinada a inmortalizar su figura en papel de suplemento dominical.

Porque era la fama lo que perseguía Sebastián, que nunca había leído a Jorge Manrique. En el fondo de su pecho, ignorado por él, latía un oscuro deseo de poder, dinero, sexo y otras cosas igual de vulgares. No se puede culpar a este hombre de ser como tantos otros; si acaso, de no querer serlo. Y aún eso le hacía semejante a sus ídolos literarios, a los que convocaba en un imaginario panteón (“El Panteón de los Trascendentes” era el título de uno de sus innumerables proyectos de novela) cuando las musas no acudían prestas en su auxilio, que eran las más de las veces. Escritores como Paul Auster, como Javier Marías, guapos y famosos a partes iguales, que escribían obras fáciles de leer y que, sin embargo, eran alabados por la calidad de su prosa, invitados a banquetes y deseados por las mujeres. Sebastián sabía que le estaban esperando, lo veía en sus ojos cuando, con la mano en la barbilla o el puño en un pómulo, le miraban desde la solapa de sus libros o las fotografías de las revistas literarias. “Eres uno de los nuestros”, decían aquellos ojos que parecían acostumbrados a escrutar infinitos, a desentrañar los secretos del alma para convertirlos en inofensivas palabras, aptas para el consumo humano.

Sería inútil hacer aquí la relación de cosas que Sebastián Mafate ignoraba a propósito de la escritura. La lista, aunque fuera infinita, tal vez no sería mayor que la que podrían presentar otros autores cuyas obras conocieron mejor fortuna que las suyas. Sabía, sin embargo, que leer mucho era incluso más importante que escribir. Lo había visto en una entrevista concedida por un “Trascendente” y acogió la idea como quien recibe un evangelio, entre otras cosas porque le resultaba mucho más fácil y placentero que escribir.

Tal vez fuera del mucho leer y del poco dormir; tal vez por una predisposición genética, el hecho es que Sebastián comenzó a experimentar problemas de visión que desembocaron, de forma fulminante, en una irreversible ceguera. Herido por el rayo, inmerso de pronto en una Babel de sentidos desatados, Sebastián vio en la oscuridad que le era impuesta la señal inequívoca de que su momento había llegado. Ciego estaba, sí, pero la suya era la ceguera de Homero, de Milton, de Borges. La hora de la fama era inminente. Como un nuevo Miguel Strogoff, podría ver ahora donde otros no veían y la oscuridad del alma humana (“la oscuridad del alma humana”) desvelaría para el su oculto resplandor. Además, su madre decía que las gafas de sol le favorecían.

Con la oscuridad, como caída del mismo cielo, le llegó la poesía. Inevitable. Sebastián nunca había entendido mucho de poesía y jamás sintió la tentación de cometer un poema; sin embargo ahora vislumbraba que los versos trazaban ante él un atajo insospechado: el camino más corto hacia el Panteón de los Trascendentes. En un puñado de días afiebrados, Sebastián Mafate compuso su primer libro de poemas, el primer libro que conseguía acabar en su vida. A ciegas y ayudado por un programa de lectura que repetía con entonación robótica lo que él escribía puso en pocas semanas el punto final a la vez que, envuelto en un estado de iluminación, daba forma al plan que le llevaría en pocos meses a lo más alto de la fama.

La pensión de invalidez era exigua pero le daba cierta seguridad, así que decidió costear de su bolsillo la impresión y distribución de cincuenta mil ejemplares de su poemario. Una cifra inaudita que, lo sabía muy bien, le garantizaría la presencia destacada en las mesas de novedades de todas las librerías del país. A eso solo había que añadir la distribución de varios centenares de ejemplares entre los críticos en periódicos, revistas, radios, televisiones y, sobre todo, internet. Después, y esto era para Sebastián solo cuestión de tiempo, la innegable calidad de su obra, que ya desde el título estaba llamada a devorar los ojos y los corazones de los lectores, haría el resto.

Ante él se extendía por fin el luminoso horizonte del éxito para el que se sabía llamado desde su juventud. Era una hora temprana del veinte de agosto y la mañana resplandecía con un color parecido al de la miel cuando Sebastián, detenido en mitad de un paso de peatones, con una sonrisa en la cara, recibió el impacto de un camión desenfrenado cargado de libros. Las asistencias no pudieron hacer nada por su vida y los bomberos no pudieron sofocar el inaudito incendio que consumió los cincuenta mil ejemplares del libro de Sebastián Mafate, del que apenas quedó un trozo chamuscado de portada en el que se podía leer, bajo el nombre del autor en letras descomunales, el título: Desprendimiento de rutina.

Borrador

Solo puedo leer y escribir. Mi cerebro está cerrado a otras formas de expresión artística. No es un problema neurológico, es una decisión personal. Puedo ver fotografías o dibujos si salgo a la calle, algo que evito a conciencia desde hace casi un año; podría ver una película si en mi ordenador hubiera algo más que un procesador de texto y una aplicación de lectura para libros en formato digital, o si mi navegador no estuviera configurado para funcionar solo en modo texto; podría incluso oír música si no hubiera decidido mantenerme alejado de tal posibilidad pero, en cualquier caso, aunque viera y oyera, nunca miraría ni escucharía. Tales actos serían siempre actos ajenos a mi voluntad y, por lo tanto, carentes de sentido.

Leo y escribo. Nadie me toca y hago que la casa se mantenga en un estado de limpieza absoluto, que elimina los olores. De todos modos, el abuso del tabaco ha ido matando en mí los sentidos del gusto y el olfato. Además, me he entrenado en la asepsia sensorial para lograr que solo las palabras tengan sentido para mí. Leo y escribo, eso es lo que hago. No hablo con nadie, no lo necesitan.

Sé que no hay realidad fuera del lenguaje, por eso escribo estas notas. Son el intento de cartografiar un territorio. Pero también soy consciente de la terrible paradoja que la lengua esconde, de su reverso infinito. De lo que no sé todo lo ignoro, mas de lo que conozco apenas atisbo balbuceos.

He decidido escribir una historia. Nunca he querido escribir historias. El lenguaje es un campo minado. Algunas de sus trampas son fáciles de detectar: las explicaciones, las metáforas, los ejemplos, los adjetivos (gastados). Otras, como las historias, son más insidiosas. Las mentiras no son el mejor método para contar la verdad aunque tal vez puedan servir para acotar sus límites.

Leo: acerca de una película que se titula Decasia. Parece ser un montaje realizado a partir de restos de celuloide en avanzado estado de descomposición. Las marcas del tiempo han quedado impresas y, atravesadas por la luz, arrojan nuevos significados. En los borrones animados que alteran las escenas parecen aparecer sentidos inesperados. Un rostro se deforma hasta parecer un cuadro de Bacon; un púgil golpea una palpitante mancha de celuloide. La noticia es que toda esta decadencia, esta alteración química, ha quedado plasmada en soporte digital. Convertida en inmaterial, se espera que perdure archivada en el registro nacional de películas de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Nace en mí la idea de escribir acerca de un pintor. En mi juventud estudié arte, quería ser políglota. Vanidad. El pintor de mi historia pasa su vida realizando los bosquejos de una gran obra. Jamás enseña sus apuntes, teme que su lenguaje será ininteligible para los demás. La misión que se ha impuesto es magnífica y, por ello, condenada al fracaso: mostrar la naturaleza de la pintura a través de ella misma, utilizar su lenguaje para revelar el reverso de vacío infinito del que solo puede ser pálido reflejo.

Decido que mi relato ha de adoptar, por fuerza, una apariencia engañosa. Solo con trampas se puede atrapar a un tramposo. Y no conozco enemigo más formidable que el lenguaje. Mi historia se presentará adornada con los ropajes más sencillos, con frases gastadas como esta misma. Pintaré el retrato de un personaje enfrentado a un destino fatal envuelto en una trama convencional. Incluiré un toque de misterio y ambientaré la narración en un entorno culto en apariencia, que permitirá la inclusión de divagaciones banales acerca de la naturaleza del arte.

Leo y escribo. Apuntes para mi obra. Decido que mi personaje estará obsesionado con la música de William Basinski, en concreto con la serie titulada “The Disintegration Loops” (Los bucles de la desintegración). He leído que Basinski intentó convertir al formato digital sus antiguas cintas de sonido, pero se dio cuenta de que estaban muy deterioradas, tanto que se deshacían en polvo magnetizado al reproducirlas. Decidió entonces pasar determinados fragmentos una y otra vez por las cabezas lectoras y grabar el proceso de desintegración del sonido. Tal vez buscaba algo.

Dice la leyenda que Basinski acabó su obra en septiembre de 2001 y que la hizo escuchar a unos amigos mientras se derrumbaban las Torres Gemelas. Según parece, grabó en vídeo las altas columnas de humo que cubrían la ciudad de Nueva York al atardecer y las utilizó como fondo visual para su música. Alta velocidad, cámara lenta. Su obra fue expuesta en el MOMA durante el décimo aniversario de ese 11 de septiembre pero yo no la he visto. No tengo tiempo para la arquitectura.

El pintor de mi historia no conocerá la fama. Se enfrentará, como es obvio, a la incomprensión de sus contemporáneos, empeñados en el absurdo de que no hay artista sin obra. Escribo. Una larga conversación entre el pintor y su mejor amigo que termina en un soliloquio ininteligible. El pintor pretende demostrar la que llama “teoría de los espejos enfrentados” según la cual obra y artista se anulan mutuamente. Nada puede existir entre ellos o, tal vez, como entre dos espejos que estuvieran unidos por sus caras reflectantes, todo cabe en ese espacio que es, a la vez, inexistente e infinito. Esta conversación es la última que el pintor tiene con cualquier otro ser humano antes de recluirse para siempre en su estudio, decidido a continuar su exploración hasta el fin de sus días; empeñado, tal vez, en revelar la naturaleza de ese espacio entre espejos enfrentados.

Noto que el lenguaje se defiende, se burla de mí a medida que avanzo en el plan de mi obra. Huele la trampa. He descubierto que el mero proceso de copiar y pegar un texto produce una degeneración del sentido. Borges lo intuyó. Descarto la idea de crear mi obra a partir de fragmentos de libros que han sido éxitos de ventas. Además, mi relación física con el lenguaje hace que su lectura se convierta en una experiencia insoportable. Me siento contaminado al contacto con las frases de ese tipo de libros, empachado de comida basura. Pero sé que no existe algo que pueda llamar texto original. El lenguaje no es más que un proceso combinatorio, los cabalistas lo saben, sin embargo a veces se puede conseguir que dos palabras exploten por mera proximidad si nunca antes habían estado juntas.

Leo a Walter Benjamin, equivocándose de forma esplendida acerca de la desaparición del aura de los objetos únicos en la época de su reproductibilidad mecánica. Lo imagino siempre suicidándose (una y otra vez) bajo una reproducción de la imagen de Hitler, un hombre mezquino, cuya aura casi inexistente se multiplicó hasta alcanzar proporciones gigantescas gracias a la reproducción nauseabunda. Millones de minúsculos reflejos, microauras agigantadas por la suma de repeticiones, la hidra gestáltica del Volk alemán, contribuyeron a crear la imagen de un semidios terrorífico, como sucede en las religiones y con los actores de Hollywood. La imitación crea al modelo.

El protagonista de mi obra repite una y otra vez el mismo trazo. Dibuja de memoria y comprueba cómo la realidad va alterándose a medida que la reproduce. Un día comienza a dibujar una lagartija que se arrastra por el suelo de su estudio. Desaparecida, continúa dibujándola una y otra vez, durante días, tal vez meses. Miles de reproducciones del mismo bosquejo hasta que, sin saber cómo, el reptil se transforma en pájaro.

Vuelvo a leer, es inevitable, El retrato de Dorian Gray. Recuerdo haber visto de pequeño una película de terror basada en esta obra en la que hoy leo algo diferente a lo que su historia parece contar. Encuentro al lenguaje, mi viejo enemigo, desarrollando su eterno discurso de doblez y ambigüedad, desenrollando los harapos bajo los que esconde su verdadera naturaleza. La decadencia de lo eterno.

Escribo envuelto en vértigos nocturnos, como al dictado, y al alba releo textos oscuros, casi incomprensibles. Releer es un proceso de destrucción pero no sé quién se está destruyendo.

Leo Esculpir en el tiempo de Andrei Tarkovski. En ninguna de mis películas se simboliza algo, dice y, sin embargo declara que tiene que sentir imperiosamente su continuidad espiritual y que no está en el mundo por azar. También escribe que un elemento musical no tiene intereses ni ideología. Y también que un plano cinematográfico es siempre un fragmento de la realidad carente de ideas.

Reviso las primeras cien páginas de mi obra y elimino todas las referencias vulgares: el decorado urbano y universitario, la historia sentimental forzada por un azar con apariencia de inevitable, los figurantes de pie forzado. Me quedo con un puñado de notas desgarradas. A medida que avanzo en mi proceso destructivo me parece ver surgir un estilo de las palabras restantes, que brilla como un puñal. Casi me parece oír aullar al lenguaje mientras progresa su evisceración.

Leo El barril de amontillado y pienso en mi pintor, enclaustrado en su estudio tras haber cortado las sogas que lo mantenían sujeto a una realidad que él sabe falsa a todas luces. Pertrechado con las armas de su oficio trabaja incansable. No es preciso decir que su razón no flaquea en absoluto. Un lenguaje solo es absurdo cuando se refiere a una realidad carente de sentido. Poco a poco va eliminando toda distracción de su entorno. Se despide de la música de Basinski el día que descubre que agua sus acuarelas. Tapona sus oídos tras comprobar que el canto de los pájaros que proviene del exterior altera su paleta de colores. Jamás pinta después de comer y no dibuja después de tomar café.

En mi casa no hay libros. Hacen demasiado ruido.

El pintor sabe que el futuro no cesa de descomponerse en el presente y por eso nunca revisa su trabajo. El día en que la lagartija se convirtió en ave se resistió a volver atrás sobre los pasos que le habían llevado hasta allí y aceptó que lo inexplicable puede ser una máscara de lo inexorable. Conoce el castigo reservado a los poetas que miran hacia atrás.

Yo era un niño cuando descubrí el poder del lenguaje para contar su propia descomposición, profecía de un silencio inalcanzable, reveladora de la verdad oculta tras la aparente verdad del mundo. Tomaba una palabra, izquierda, por ejemplo, y la repetía una y otra vez hasta que dejaba de tener sentido. Luego veía (con los ojos lo veía) cómo el sonido iba cambiando de forma hasta convertirse en otra cosa; repetía una y otra vez izquierda, izquierda, izquierda, izquierda, izquierda en una especie de oración formada por una sola palabra. Una oración absurda para un dios absurdo. La forma del sonido no adquiría nunca un nuevo significado. Izquierda no se convertía en derecha pero, al menos, dejaba de representar el engaño de estar situado en un punto concreto del espacio, la fatuidad infantil de sentirse el referente del resto del universo.

El pintor nunca revisa sus bocetos, jamás vuelve a ver su trabajo. Por eso no puede saber que toda su obra está desapareciendo a medida que es realizada. Nunca se pregunta por qué siempre encuentra papeles, cartones, lienzos, tablas en blanco a su disposición. Cuando se encerró en su estudio hizo acopio de material suficiente para trabajar durante muchos años, pero la velocidad creciente a la que desarrolla su tarea le hizo pronto perder la noción del tiempo. A veces le asalta una vaga inquietud, parecida a la que queda tras hacer un cálculo mental erróneo y se detiene un instante ante una superficie blanca que le resulta familiar. Pero entonces piensa que todas las superficies blancas son iguales y prosigue su furiosa persecución de olvidado propósito. Sin saber que ha sido derrotado, continúa su combate.

Llegado a este punto mi obra se extiende a lo largo de casi mil páginas de notas. Porque son solo eso: notas, apuntes, el aparente relato de una historia abstrusa y monótona que pretende hablar de otra cosa. No se me escapa que el relato que pretendo construir parece ser una alegoría de mi propia existencia, encerrado voluntariamente en esta casa, alejado de todo, dedicado tan solo a leer y escribir. Pero cualquier lectura en ese sentido sería por completo errónea. Mi relato, ya lo dije antes, es una trampa para atrapar a un tramposo. Y ya está casi a punto. Solo tengo que revisar algunos de los mecanismos para asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

Hubo un momento de mi vida en el que descubrí que somos huéspedes del lenguaje. La palabra huésped tiene en castellano un doble sentido; por una parte es aquel que es alojado en casa de alguien. Así, el lenguaje sería la residencia común a todos los hombres. Pero, por otro lado, huésped es todo aquel que aloja un parásito. Descubrí entonces la doblez terrorífica de la lengua, semejante a la de aquel escorpión del cuento infantil que pica a la tortuga en pleno proceso de vadear un río subido a su caparazón. Cuando la tortuga, en su agonía, le pregunta que por qué lo hizo, el escorpión, sabiendo que él también va a morir, responde está en mi naturaleza.

Mi relato ya está casi a punto. Solo tengo que revisar algunos de los mecanismos para asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

Descubrí que el lenguaje es un parásito acogedor que destruye a quien lo hospeda. Y que, como el escorpión de la historia infantil, no puede dejar de ser como es. Sin embargo, como sucede con la palabra huésped, a veces deja al descubierto su terrorífica naturaleza que no es otra que la de la propia realidad.

Mi trampa ya está casi a punto. Solo tengo que asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

El diálogo entre la tortuga y el escorpión se nos aparece como revelador porque es un relato agónico. Ambos protagonistas saben que van a morir. La tortuga creyó la promesa del escorpión, hecha en la orilla, porque su cálculo se basó en la necesidad del arácnido de llegar al otro lado del río. Tal vez el escorpión también creyó en la sinceridad de su promesa. La verdad se revela en el momento de la muerte, como el lenguaje muere en el momento en que muestra su verdadera naturaleza. Ambos ignoraban que el tiempo solo tiene una orilla.

Mi relato, ya lo dije antes, es una trampa para atrapar a un tramposo. Y ya está casi a punto. Solo tengo que revisar algunos de los mecanismos para asegurarme de su eficacia, aunque eso suponga volver a leer todas mis notas. No me llevará mucho tiempo.

Al llamar arácnido al escorpión he pensado en el mito de Aracne, pero de inmediato veo ahí una nueva trampa de mi huésped que teje recuerdos falsos con los que enredar mi lengua. El lenguaje es la Moira, ahora lo sé. Creemos que el reverso de la lengua es el silencio, pero el silencio no existe. En mi relato parece que el pintor se condena al ignorar que su obra se desvanece hacia la blancura, como si la luz fuera una forma del silencio pero en realidad se condena mucho antes, cuando no piensa en la verdadera naturaleza de la luz atrapada entre dos espejos. Por eso cree que todos los lienzos en blanco son iguales.

Mis mecanismos están casi a punto. Son una trampa para atrapar a un tramposo. No me llevará mucho tiempo volver a leer todas mis notas. Me parece que esto ya lo dije antes.

El silencio no existe. Inevitable Beckett, atrapado al borde de un abismo, avanzando siempre un poco más allá. Atrapado por el lenguaje en su red. Nadie leerá mis notas, solo así podré vencer sobre mi enemigo. Con sus propios hilos he creado la red que lo atrapará. Nadie leerá mis notas y, aunque alguien lo hiciera, solo encontraría los apuntes casi ininteligibles sobre la vida de un pintor que no supo ver las trampas que su lenguaje tejió sobre él. Alguien muy diferente de mí.

Tengo que volver a leer todas mis notas. No me llevará

 

Coleria

Mata rizomática, furiosa y estocástica, la Coleria brota a puñetazos amparada siempre por las sombras leñosas de diversos árboles, de cuya oscuridad parece alimentarse. Insoportablemente vivaz, se la ha encontrado al pie de antiguos Juiciosos, Noblios imperecederos e, incluso, enroscada en torno al tronco y las ramas de purísimos Idealios, cuyos corazones torna en palpitantes virutas ofuscadas.

De tallo blando y espinoso, se ha observado, sin embargo, que puede llegar a quebrar piedras por medio de un proceso de infiltración explosivo, basado en su capacidad para dilatar sus raíces ponzoñosas una vez introducidas a través de la menor grieta mineral. Debemos su descubrimiento al capitán Justo Pachón, primer y último visitante del planeta Furyo, en aquella maldita expedición de la que la humanidad no ha podido borrar el acre recuerdo. Entre sus registros se halló la prolija descripción de la Coleria en la que se basa esta nota. No podemos resistirnos a la tentación de transcribir de forma literal algunas de sus palabras, quizás las más poéticas y, por ello, probablemente las menos veraces:

“Uno de mis hombres rozó accidentalmente las espinas de este arbusto y fue asaltado, de pronto, por una rabia feroz. De sus pupilas parecía brotar el color rojo y su mirada avergonzaba a sus compañeros, a los que dirigió los más amargos reproches, los cuales, por desgracia, no carecían de fundamento.”

En otra página habla de la capacidad de la Coleria para inducir la licuefacción mineral diciendo que “de esta planta es conocida su capacidad para hacer llorar a las piedras, por lo que los miembros de mi expedición han decidido elaborar con sus raíces una infusión que utilizan como precursora en las labores de minería”. Por desgracia, no da más detalles acerca de esta utilización y los experimentos realizados en la Tierra a partir de las muestras recibidas solo han servido para generar rabiosas confusiones.

En las páginas finales de su cuaderno de bitácora, preñadas de la amarga confusión que precedió a la catástrofe, habla de la “violenta floración de la Coleria” y, más allá, del “arrepentido llanto floral que derritió montañas”, pero es imposible saber si estas palabras se refieren a un hecho real o son tan solo producto del caos en que se sumieron los últimos días de su misión. Lo que sí parece quedar claro es que “el color de las flores de Coleria es sombrío”, sin que podamos saber bien qué quiso decir con esto, ya que aún no se ha logrado hacerla florecer en los laboratorios de la Tierra.

No podemos dejar de referir aquí las últimas palabras que dejó escritas el célebre capitán, aunque es nuestra obligación señalar que, debido tanto a los incidentes que rodearon el final de su expedición como a la creciente tendencia al lirismo que muestran los apuntes de las últimas jornadas, es imposible decidir si sus palabras se refieren a la Coleria o a la incomprensible sublevación que acabó con su vida, rebelión absurda de seres que, en otras circunstancias, habrían dado su alma por él, de haber tenido una:

“Su fruto es amargo en la boca de los justos y dulce para los pusilánimes.”

Lenguaje de ciegos

Sé que lo que voy a contar es cierto porque yo lo vi, aunque eso importa bien poco en realidad: ni que yo lo hubiera visto ni siquiera que fuera cierto cambiaría en nada el sentido de mi relato. Al fin y al cabo, esto no son más que palabras.

Dos personas de cierta edad, entre los treinta y los cincuenta años, se conocieron. Supongamos, por las convenciones del género, que eran un hombre y una mujer. O tal vez no, poco importa. Digamos que tal vez se enamoraron o lo que sea que les sucede a dos personas que, por múltiples y difusas razones, deciden recorrer el tiempo y el espacio en común, compartiendo además recursos fisiológicos cuyo uso suele producir placer. Se fueron a vivir juntos, compraron una casa, hicieron planes para el futuro, olvidaron que eran mortales.

Los dos eran ya ciegos antes de enamorarse. Uno de ellos había nacido así, el otro hacía tanto tiempo que no veía que ya no recordaba de los colores más que el nombre y deducía su sentido por las palabras que otras personas ponían a su alrededor. El color, por lo tanto, no era para ellos un adjetivo sino un sustantivo cuyo valor se deducía por el contexto. En su lenguaje los colores eran cosas extrañas que dejaban un regusto amargo en la garganta.

Como eran ciegos, no tenían prejuicios relacionados con el aspecto exterior de las personas. A ninguno de los dos le importaba si el otro era rubio o moreno, si bizqueaba o tenía los ojos azules o marrones (uno los llevaba siempre cerrados; el otro, abiertos y con la mirada extraviada en todas direcciones. Ambos decían que así oían mejor); que los labios del otro fueran finos o carnosos les resultaba irrelevante mientras buscaran golosos la boca ajena. No les preocupaba si a su pareja le sentaba bien la ropa o si le hacía bultos en la tripa o si los pantalones vaqueros le hacían o no un bonito culo.

La fealdad de las cosas les era ajena. También la belleza. Nunca habían visto un amanecer o una puesta de sol. Desconocían la profundidad horizontal del mar, esa distancia que detiene las olas al borde del horizonte, o la altura variable del cielo que tasa las expectativas de miradas ajenas.

En virtud de la compensación sensorial, sus otros sentidos estaban más desarrollados que los de la mayoría de la gente, si bien uno de ellos tenía ciertos problemas de oído y el otro no tenía muy buen olfato, porque fumaba mucho más que su pareja. Sin embargo el tacto tenía una importancia extraordinaria en sus relaciones con el exterior, en especial con el otro. La forma, la consistencia, la ligereza o el peso, lo suave o rugoso, la temperatura (ardiente, gélida, tibia, templada, fría, cálida) formaban para ellos atributos fundamentales que se percibían, no solo por la piel, sino también por el oído. Juzgaban las palabras de los demás en función de sus cualidades táctiles y a ellos se les veía siempre cogidos de las manos, ocupadas en una eterna conversación que se susurraba entre los dedos.

Ambos trabajaban desde casa y salían poco a la calle. Tenían amigos, pero solían encontrarse con ellos por medio de ordenadores cuyas pantallas estaban siempre apagadas. Una persona acudía dos veces por semana para ayudarles con las tareas domésticas, pero la relación entre ellos siempre fue funcional, según declaró más tarde.

Sin agobios económicos, habían decorado la casa de acuerdo a sus gustos y necesidades, creando un territorio a la medida de sus vidas. No había cuadros en las paredes y las cortinas estaban casi siempre cerradas, aunque abrían con frecuencia las ventanas para sentir el aire que corría fresco a esa altura del edificio. Los objetos estaban siempre en el mismo lugar, como elementos de una exposición, prestos a su uso pero carentes de vida. Las luces, como es obvio, no se encendían jamás. No tenían televisión pero casi siempre sonaba música en el gran salón en el que ambos trabajaban, procedente del ordenador de cualquiera de ellos. Y todo el tiempo andaban buscándose con las manos, hablándose en silencio con la piel, ya fuera en efímeros roces al pasar o en contactos más profundos que, con frecuencia, les hacía acabar enredados en confusión de sus cuerpos a cualquier hora del día.

Para ellos el sexo era un discurso, un debate, un libro inacabable en constante proceso de escritura. Desplegaban la piel exhibida en todo su esplendor ante el otro, disponible para el disfrute, y borraban el espacio que los separaba, tan parecido al silencio, con una voracidad húmeda que los dejaba exhaustos y confusos, pero embargados de una sensación de gratitud que confundían con la felicidad.

Hablaban poco entre ellos. Tal vez porque estaban convencidos de no necesitarlo, aunque yo creo que tenían un secreto temor a las palabras. Llamaban conversaciones a sus encuentros sexuales, en una broma privada que solo algunos de sus ocasionales interlocutores llegamos a desvelar, pero el silencio crecía entre ellos como otra forma de oscuridad. Muchas veces las palabras no acertaban a brotar de su garganta y gustaban un sabor marchito en la punta de la lengua, como si el sentido de lo que iban a decir caducara precoz. Les quedaba entonces la sensación de haber mordido una cáscara vacía cuyos bordes cortantes rasgaran el velo del paladar.

Ignoraban que el silencio es el revés afilado del lenguaje, creían que lo que no se decía no existía o que había cosas que no merecía la pena nombrar. Pensaban que hablar era una pérdida de tiempo, una forma sin sentido de tejer y destejer la realidad hasta dejarla convertida en una maraña cacofónica, un laberinto de ecos. Porque nunca habían visto el mar, el sol, el cielo, la hierba no podían concebir el enorme peso que generaban las palabras no dichas, alimentadas por un aporte inagotable de dudas, incertidumbres, sospechas; creciendo como un agujero abierto entre ambos, un pozo de suicidas que se asomaba a su propia boca, vertiginoso. El hombre habla para agotar posibilidades, para espantar augurios, para dar forma al mundo. A ellos el silencio los estaba arrinconando en un minúsculo punto de infinito potencial negativo, pero no podían saberlo.

Sus cuerpos desarrollaron una nueva suspicacia, como si les hubiera crecido una coraza sensible que vibraba con rechazo ante la cercanía del otro. Se evitaban de tal forma que un observador externo podría haber trazado un mapa del recelo dibujando sobre un plano de la casa el recorrido de sus trayectos, el tiempo que pasaban en habitaciones separadas, el trastorno creciente de los horarios, antes compartidos, que de forma gradual fue trastocando el espacio común hasta convertirlo en un archipiélago unido por frágiles puentes. Si aún a veces las manos se rozaban al pasar, se separaban de pronto como golpeadas por un chispazo estático. El aire había adquirido una cualidad pantanosa entre ellos pero eran incapaces de revertir el inexorable ahogo que los envolvía, de recuperar la fresca luz de los días pasados.

En la casa había un absurdo espejo sobre el lavabo, que ellos habían conservado en atención a las escasas visitas que recibían antaño. Un día, parado frente a ese espejo, uno de ellos comenzó a repetir la palabra yo, mientras palpaba la superficie del cristal con manos húmedas, como si buscara un eco, ignorante de que no hay nada más silencioso que un espejo en la oscuridad. Repitiendo la palabra, comenzó a recorrer la casa en busca de su pareja y la lanzó en su dirección como una pregunta.

El silencio se quebró como un gigantesco huevo de cristal negro del que brotaron, como una nube de insectos, los miles de palabras no dichas, larvadas en su interior durante meses. Hablaron durante horas solo para ver como, poco a poco, las sospechas, las dudas, los recelos, la suspicacia, daban paso al malentendido, la incomprensión, el error y, finalmente, la furia.

Cuando solo les quedaban reproches comenzaron a gritar, a insultarse. Descubrieron de pronto que las palabras podían hacer daño porque sentían el dolor que les causaban las palabras del otro y se regocijaron como chacales en busca de la víscera más caliente en la que hundir las fauces, la herida palpitante que se pudiera ensanchar a dentelladas. Pero nada los saciaba, el sinsentido no dejaba de crecer entre ellos como un hambre lobuna, lo irracional de su situación (ellos, que se quisieron tanto) los agitaba como a peleles furiosos que ya solo se conformarían con la destrucción del otro. El lenguaje, como una espada flamígera, comenzaba a imponer su lógica suicida.

Agotados, con el rostro empapado en sudor y lágrimas, de pie uno frente al otro aunque un poco desplazados, intentaron golpearse en medio de la oscuridad. Pero los puñetazos resultaron menos eficaces que las palabras. Apenas se rozaban por casualidad mientras intentaban guiarse por los jadeos del otro para localizar el objetivo que devolviera un golpe perfecto. Como borrachos lanzaban manotazos al vacío, embestían el aire, pateaban la nada. Sentían que todo, salvo la furia, se les escurría entre los dedos.

Hasta que uno acertó a agarrar al otro, al azar, sin saber por dónde. Entonces los golpes empezaron a caer y fue como si se golpeara a sí mismo, intentando agotar de una vez por todas el maldito silencio que los había estado consumiendo. Al principio su pareja intentó zafarse pero de pronto dejó de ofrecer resistencia, como si se hubiera convertido en un espejo mientras el que golpeaba sentía como bajo su peso el cuerpo tanto tiempo deseado se convertía en una masa informe.

Quisiera decir que por un momento sintió en sus puños una necesidad diferente a la de golpear, como si el deseo hubiera querido aportar una posibilidad de salvación a lo que ya no tenía remedio, como si la débil luz de un recuerdo hubiera parpadeado al fondo del túnel colérico en que se había convertido su vida. Me gustaría pensar que sus manos habrían podido abrirse y aletear sobre el guiñapo sanguinolento que apenas palpitaba bajo él, que la carne tuvo una última posibilidad de iluminar la locura, de retomar el diálogo de sus cuerpos donde lo habían dejado la última vez, agradecidos y ahítos de placer.

Pero siguió golpeando.

La gilipollas y el guisante

(Adaptación de un cuento de Hans Christian Andersen según una idea de Asun de la Villa)

Érase una vez un gilipollas que quería casarse con una gilipollas, pero que fuese una gilipollas de verdad. En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Gilipollas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una gilipollas auténtica.

Una tarde estalló una terrible tempestad; se sucedían sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Gilipollas acudió a abrir.

Una gilipollas estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una gilipollas verdadera.

“Pronto lo sabremos”, pensó la vieja Gilipollas, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones.

En esta cama debía dormir la gilipollas.

Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado.

-¡Oh, muy mal! -exclamó-. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¡Horrible!

Entonces vieron que era una gilipollas de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera gilipollas, podía ser tan sensible.

El gilipollas la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una gilipollas hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado.

Pi 100

Tres personas, catorce dioses, quince mentiras; nueve injusticias cometidas dos veces, seis zapatos para recorrer cincuenta y tres leguas en cinco días.

Ocho meses, nueve niñas; siete meses, nueve niños. Tres madres parieron dos veces tres hijos. Tenían ochenta y cuatro años entre los seis padres. Era tiempo de prodigios.

Dos mensajeros aprendieron las sesenta y cuatro líneas de la Ley y partieron en tres direcciones diferentes. Treinta y ocho sabios habían redactado el documento, treinta y dos sacerdotisas lo corrigieron; siete prostitutas lo borraron por completo y encargaron un nuevo texto a nueve asesinos.

Cincuenta meses después los dos mensajeros se habían perdido ocho veces en los ocho desiertos que rodeaban su país de origen. Cuatro palomas fueron enviadas en falso auxilio por una vieja alcahueta, madre de nueve sacerdotes, siete reyes y un dios, el último del reino.

Seis gestos simultáneos aparecieron sobre el rostro de los nueve niños, tres palabras homicidas brotaron a la vez de los labios de las nueve niñas. Tres veces murieron los mensajeros, siete las palomas. Tras cinco resurrecciones solo quedaba uno vivo. Tal vez ninguno.

La alcahueta se arrancó cinco veces los ojos y le crecieron ocho. Vio a los dos mensajeros perdidos (tal vez ninguno) rezando en medio del desierto, pidiendo ayuda a los nueve sacerdotes y a los siete reyes. Los maldijo cuatro veces y envió nueve asesinos al desierto, todos hijos suyos, para que les arrancaran cuatro veces los cuatro miembros.

Cinco veces mataron los nueve asesinos a los dos mensajeros, pero al cabo de treinta días renacieron siete. Mataron a ocho, por lo que aún quedó uno vivo, uno que recordaba todavía las sesenta y cuatro líneas de la Ley.

De la sangre de nadie brotaron seis ríos en el desierto y crecieron dos mares en el cielo. Ocho bosques murieron seis veces y ardieron durante dos años bajo la arena. Nadie murió, pero al cabo de ocho meses, la vieja alcahueta parió noventa y nueve criaturas monstruosas.

Devoró a ocho de los sacerdotes y a seis de los reyes. Multiplicó por dos al único dios que quedaba vivo y dibujó, truncado, un ocho acostado sobre sus frentes, de tal modo que ambos tenían un cero durmiendo sobre sus ojos. Las tres palabras homicidas que habían brotado de los labios de las niñas cayeron cuatro veces sobre el ocho dormido y los dos dioses locos devoraron los cinco corazones de la vieja.

Treinta y cuatro años después de estos hechos, los dos mensajeros regresaron al punto de partida. Encontraron el esqueleto de la vieja dormido sobre los restos de un dios. Dijeron en voz alta las siete primeras palabras de la Ley y no sucedió nada. Repitieron seis veces el texto completo y se produjeron siete temblores de tierra que arrasaron el reino hasta los cimientos.

De las ruinas surgieron nueve asesinos, vestidos de dioses. Números.

Sorelia

Para Susa

La primera impresión que ofrece la Sorelia al observador poco avispado es la de un arbusto vivaz, que crece aturullado y disperso, cuyas lindas florecillas ofrecen un espontáneo solaz a la vista, aunque no atraen la atención más allá de unos segundos. Craso error. Estos observadores, que tal vez no hayan visitado jamás las hojas de un tratado de botánica, están despreciando, sin saberlo, uno de los especímenes más sorprendentes que se puedan encontrar en el mundo vegetal.

Y al decir “vegetal” nos quedamos cortos, puesto que es probable que nuestros lectores conozcan una de las propiedades más fascinantes de la Sorelia: la capacidad de alimentar a sus retoños, que le ha valido el sobrenombre de “planta lactante” o, incluso, “el vegetal mamífero”, por parte de algunas publicaciones especializadas con cierta tendencia al sensacionalismo. Se han realizado numerosas investigaciones tendentes a demostrar la existencia de un parentesco taxonómico con las denominadas “piedras lactantes” que son, recordémoslo, la Orfanita, la Vampirita y la Fellatina, pero dichas investigaciones, como era de esperar, no han arrojado ningún resultado concluyente.

La Sorelia es, sin duda ninguna, un fascinante ejemplar del reino vegetal, descrita como “planta vivaz, genealógica, nutricia, simbiótica, rizomática y progénica” (Grinlif, 2974). Los primeros ejemplares descritos fueron encontrados en los prodigiosos bosques hallados bajo la superficie de Venus, auténtico tesoro botánico que aún guarda muchos secretos, y su adaptación a las cambiantes condiciones de los diversos planetas por los que se ha extendido la especie humana fue rápida y sorprendentemente fácil, incluyendo los bosques reconstituidos de la madre Tierra.

Las Sorelias, si bien crecen dispersas, como ya hemos dicho, forman en ocasiones pequeños núcleos cohesionados, formados por un número variable de elementos, en los que siempre existe al menos una planta originaria y una cierta cantidad de lo que se ha dado en llamar “vástagos”, puesto que crecen directamente a partir del tallo de una planta mayor. Junto a esta planta mayor suele aparecer una de otra especie, unida inextricablemente al grupo y cuya relación con el mismo todavía permanece sumida en sombras.

Lo primero que comprobaron los descubridores de las Sorelias fue la imposibilidad de separar los elementos que componían cada una de estas cepas, por lo que su exportación siempre se ha producido en grupos. En efecto, ningún material cortante pudo separar los intrincados lazos vegetales que unen entre sí a los miembros de una cepa de Sorelia, y cuando se logró por otros medios (químicos, sobre todo) se observó que la planta mayor se marchitaba a gran velocidad.

En estos grupos se observó el fenómeno de la “lactancia” de las Sorelias al que ya hemos hecho referencia y que consiste, en palabras que puedan ser comprendidas por cualquier profano, en la destilación de savia desde la planta original hasta los vástagos, los cuales desarrollan durante este proceso los lazos vegetales mencionados más arriba. Junto a este proceso algunos botánicos comentan una serie de fenómenos altamente perturbadores, como el llamado “llanto de los vástagos”, pero como dichas observaciones no poseen una sólida base experimental, preferimos no hacer aquí más comentarios.

No podemos dejar de mencionar, sin embargo, algunas de las propiedades que la Sorelia tiene para los seres humanos, entre las muchas que, sin duda, aún están por descubrir. Mencionábamos al comienzo de esta nota que “sus lindas florecillas ofrecen un espontáneo solaz a la vista” pero se ha comprobado que una contemplación más atenta de sus flores desencadena una extraordinaria sucesión de fenómenos emocionales en el espectador que van desde el recuerdo de olores olvidados hasta la capacidad de rastrear el mapa genómico interior remontándose hasta seis generaciones.

Pero, sin duda, la mayor virtud de la Sorelia y, a la vez, su característica más peligrosa, procede de las propiedades de su savia nutricia, cuando es consumida por humanos y, en concreto, de entre los muchos efectos descritos por los investigadores, de esa cualidad que se produce en el 100% de sus consumidores: la capacidad de ver sucesos futuros relacionados con la propia vida o la de familiares cercanos; sucesos que, hasta el presente, siempre se han cumplido. Esta propiedad es la responsable de que el cultivo de Sorelias esté fuertemente regulado por las corporaciones gubernativas y que su consumo sea perseguido en varios planetas, habiendo sido clasificada en alguno de ellos como “tóxica”.

La Sorelia se separa espontáneamente de sus vástagos cuando alguno de estos desarrolla nuevos descendientes, si bien el nuevo núcleo no se aleja demasiado del originario. En este caso, a la Sorelia original le brotan unas delicadas espinas de las que, en ocasiones, caen unas gotas de un líquido que es del color del rocío.

Quienes lo han probado aseguran que sabe a recuerdos felices.

Brotheria

Para Rafa.

Catalogada por sus descubridores como “heterogénea, azarosa, cismática y polimorfa”, la Brotheria es una planta perenne cuyos primeros ejemplares fueron descubiertos en Encélado, durante lo que se conoció como “La Semana de la Gran Incertidumbre”, aquel tenso período en el que los primeros humanos que acabarían habitando planetas extrasolares tuvieron que enfrentarse a lo que hoy conocemos como “la angustia del salto”.

En el cuaderno de bitácora del comandante Leafar se encuentra reflejado el descubrimiento de la Brotheria: “esta noche, mientras meditaba en los jardines de mi residencia oficial, acuciado por los signos que me avisan de un inminente amotinamiento, he encontrado unas extrañas plantas que crecían entre las raíces aéreas de unos árboles que no conocía. Las plantas que han llamado mi atención crecen en grupos de dos, tres o más ejemplares, pero nunca solas. Todas son diferentes entre sí, pero los miembros de cada grupo guardan entre ellos un cierto “aire de familia” que no sabría definir. He recogido varios ejemplares y los he hecho examinar por los científicos del grupo. La sorprendente revelación es que, a nivel molecular, todas las plantas son idénticas entre sí, por lo que no cabe duda de que nos encontramos ante miembros de una misma especie. He decidido llamarla Brotheria”.

El resto es historia. El descubrimiento accidental de las propiedades fraternales de la Brotheria, por un error de la esposa del comandante Leafar al preparar la cena y la decisión, casi desesperada, del comandante, de suministrar dosis masivas de un cocimiento preparado con Brotheria a todos los miembros de la expedición. A los pocos días de estos hechos, la expedición, rebautizada por sus miembros como “hermandad” partió más allá del sistema solar, unidos sus miembros por los lazos que Brotheria crea entre los que la ingieren: lazos cuya fortaleza decrece en razón de la distancia a la que estuvieran los diferentes grupos de plantas. Así, se descubrió que los que bebían la infusión de plantas crecidas en un mismo grupo desarrollaron una serie de vínculos empáticos entre ellos más fuertes, prácticamente indestructibles, que los que sentían hacia aquellos que habían bebido la infusión procedente de un grupo distinto de plantas. Sin embargo, entre todos ellos surgió un sentimiento de comunidad que permitió el éxito de la expedición y la fundación de la primera colonia extrasolar de la historia de la humanidad: Fraternalia, gobernada con afabilidad por Leafar I y sus compañeros más próximos (aquellos que habían bebido la misma infusión que él) y por los descendientes de estos, durante largas generaciones. El lema de su campaña, que con el tiempo se convirtió en blasón familiar, fue: Brotheria o caos.

Investigaciones posteriores han descubierto nuevas características y propiedades de esta planta. Al parecer, necesita muy pocos cuidados siempre y cuando se mantenga cerca de los ejemplares nacidos de la misma raíz, pero sus propiedades se debilitan si son separados. Si la distancia entre los congéneres es muy grande, producen flores escindidas, cada una de las cuales es una exacta fracción de una flor mayor. Si se juntan estas flores se obtiene una nueva planta cuyo fruto produce gran alegría a los que lo comen.

Sin embargo es difícil distinguir las Brotherias en estado salvaje. El observador deberá estar atento a los pequeños grupos de plantas que surgen espontáneamente a partir de raíces de árboles y comprobar si poseen las raíces, o parte de ellas, en común. Su aspecto tan diverso puede inducir a error y, si bien las propiedades empáticas están presentes en todos los miembros de la especie, no hay que olvidar que el sabor de sus frutos puede variar de delicioso a repugnante, en función de circunstancias que aún no han sido determinadas.

Jamás se ha encontrado un ejemplar de Brotheria que creciera aislado en estado natural. Se han referido casos de plantas que podrían pertenecer a esta especie y que, aisladas, presentaban un aspecto lamentable. Circunspectas, con las hojas amarillentas, los tallos combados y los frutos resecos, la flor de estas supuestas “Brotherias solitarias” se marchita, pero no muere. La hipótesis más extendida es que se trata de auténticas Brotherias que, por alguna razón, han perdido el contacto con sus congéneres de forma accidental.

De estas plantas se extrae un jugo que produce nostalgia.