Verdiginoso | Tam-Tam Press

Verdiginoso | Tam-Tam Press.

 

Texto publicado en Tam-Tam Press el 27 de marzo de 2013

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Pequeño poema eléctrico

Eres una cosa salvaje, una señora zorra
y vas por ahí como un canto rodante
bajo la lluvia púrpura.

Quiéreme toda la noche.

Jimi en Monterrey me enseñó cómo tocarte:
sucia, metálica, caliente,
como si estuvieras atada a una valla de alambre.

Quiéreme toda la noche.

El ritmo es la base de todo, me dijo,
pero recuerda que el ritmo no existe sin silencio
nada suena si no sabes parar el tiempo.

Quiéreme toda la noche.

Dale fuerte, me dijo Jimi, a ella le gusta.
Puedes arañarla, morderla, meter su cabeza entre tus piernas, (oh, sí, eso le encanta)
pero no te olvides de acariciarla de vez en cuando.

Quiéreme toda la noche.

Usa tus dedos, tu lengua, tu polla y tus caderas,
y entonces oirás tu nombre arder en el viento,
pero, escucha, tienes que estar dispuesto a morir por ella.

Quiéreme toda la noche.

Sólo si la amas de verdad podrás tenerla
atada a tu espalda, envuelta en llamas,
sólo si estás dispuesto a perderla.

Fóllame toda la noche.

Yuri Herrera. Trabajos del reino

Son. Tantas letras juntas. Suyas. Puestas ahí sin otra cosa que hacer más que fecundar la testa. Son. Muelen la hoja entre rodillos de insomnio, avisan, hurgan la blancura baldía en el papel y en el mirar. ¿Y qué había sido la hoja sino un trasto del jale, como el serrucho si armara mesas, como la fusca si arreglara vidas? Qué, pero nunca este despeñadero de arena con brío y propósitos a saber. Tantas letras ahí. Son. Son un destello. Cómo se empujan y abrevan una de otra y envuelven al ojo en un borlote de razones. Y qué si perfectas, igual rejegas, ya se incriminan con miedo al desarreglo: palabras. Tantas palabras. Suyas. Bronca de signos que se atan. Son una luz constante. Son. Él ya sabía de los libros, pero repelían, como una patria que no invitaba. Y ahora se ha dejado llevar de la mano hasta el acopio de secretos. Una luz constante. Un resplandor diverso cada una, cada una diciendo el nombre verdadero a su modo. Hasta las más mentirosas, hasta las más veleidosas. Ajá. No. No están ahí nomás para fecundar la testa. Son una luz constante. El rumbo a otros cartones, lejos de ahí. El descenso a oídos ocultos, ahí. Como los bichos que lo pueblan. No. No están nomás para entretener la vista ni alimentar la oreja. Son una luz constante. Son un faro que se derrama sobre las piedras a su merced, son una linterna que se pasea, se detiene, acaricia la tierra y le descubre cómo acabalar el servicio que le ha tocado.

Yuri Herrera, Trabajos del reino. Editorial Periférica.

Micromuertes. 4

Siempre he sido incapaz de dibujar. Y cuando digo incapaz, quiero decir que siempre he tenido la misma relación con las artes plásticas que un analfabeto pudiera tener con la lectura y la escritura. Por eso, cuando aquella mañana vi desde mi ventana a un perro haciendo sus necesidades y comprendí que en su postura había algo de humano, de lo más animal y atávico tal vez de un ser humano pero humano al fin, cuando vi eso, digo, y tomando papel y lapiz lo transformé casi sin querer en un boceto de gran capacidad expresiva, un dibujo que transmitía mucho más de lo que habría sido comunicar con miles de palabras, me dirigí a la cocina donde mi mujer todavía desayunaba y le dije: Tengo cáncer.

No me equivocaba. Al cabo de seis meses, justo el día que se inauguraba, con un tremendo éxito, mi primera exposición póstuma, fallecí, con el cerebro devorado por el arte.

El nacimiento de la comedia

(Olimpo. Interior eternidad. Hablan Zeus y Hera, sobradamente conocidos)

– ¡Oh, Zeus! ¿Qué era todo ese estrépito?

– No te inquietes, Hera. Se trataba tan sólo de un personaje muy airado, un tal Prometeo, que quería llevarse el fuego de los dioses.

– ¿Y tú que has hecho? ¿Lo has fulminado con un rayo?

– ¿Fulminarlo? Qué va. Se lo he dado.

– No lo entiendo ¿Por qué has hecho tal cosa?

– Porque me ha asegurado que lo quería para dárselo a los hombres.

– Cada vez entiendo menos ¡Oh, Zeus! ¿Dices que le has dado a Prometeo el fuego de los dioses para que se lo dé a los hombres? ¿Acaso has perdido el juicio?

– Más respeto, Hera ¿Has perdido tú acaso la confianza en Zeus? ¿Acaso has olvidado quién soy yo? En efecto, le he dado a Prometeo el fuego de los dioses… pero no el verdadero.

(Zeus estalla en una tremenda carcajada. Ríe y ríe de forma incontenible. En la Tierra, los ingenuos hombres celebran su victoria, inventan el platonismo, la religión monoteísta, la Edad Media, la monarquía absolutista, la Revolución Industrial, las listas de libros más vendidos, la destrucción mutua asegurada, la democracia capitalista, las grasas saturadas, los programas de telerrealidad, la crisis económica… mientras Zeus no puede parar de reír)

Morir sin querer

No conozco las estadísticas, así que es posible que me equivoque si digo que los poetas tienen una relación más cercana con la muerte que la mayoría de los mortales, pero pienso que algo de cierto puede haber en eso, tal vez por el desmedido amor a la vida que muchos de ellos manifiestan. Al fin y al cabo, sin la cierta presencia de la muerte como meta del camino, la vida tendría, probablemente, menos sentido del que ya tiene, que en ocasiones no es mucho.

O tal vez se trate de una cuestión de libertad. A veces, muchas veces, los poetas se suicidan. Unos más deprisa o con más acierto que otros, pero muchos versos no son más que el rastro sangrante de una herida palpitante, difícil de cerrar por mucho alcohol que se le eche. Y para algunos es posible que el suicidio sea el gesto supremo de libertad, valga decir, de voluntad, con el que realizar el desplante definitivo a la muerte, esa demócrata intolerante. O, en otros casos, el gesto no es más que una cansada rendición, el último suspiro de una voluntad quebrada, harta de luchar contra todo lo que se empeña en hacer una vida invivible, ya sea un gobierno tiránico, una doctrina económica rapaz o cosas más pequeñas y simples: un marido equivocado, unos hijos poco deseados, una cuñada insoportable.

También es muy posible, por supuesto, que todo se reduzca a un desarreglo químico. Un déficit de litio, un exceso de determinado ión en las terminaciones sinápticas, un problema orgánico en la recepción de neurotransmisores. A lo mejor es eso, sí, y tal vez en un futuro no muy lejano todo eso pueda solucionarse fácilmente por medio de un tratamiento químico o de nanocirugía.

A lo mejor encontramos la cura para la poesía, ya que estamos.

Sea como fuere, Anne Sexton se suicidó varias veces y finalmente murió. Yo no creo en los “intentos de suicidio”, salvo como formas desesperadas de gritar pidiendo ayuda, que también los hay. Pero, por lo general, la persona que “intenta” suicidarse quiere morir en ese preciso momento, por las razones que sean, poéticas o prosáicas, tanto da. A la muerte poco le importa en qué campos crecen sus frutos mientras la cosecha sea abundante.

Anne Sexton se suicidó cada vez que tuvo una hija, y tuvo dos. Se divorció en 1970 y cuatro años después se suicidó definitivamente. Un 4 de octubre de 1974, a los cuarenta y cinco años, tras un almuerzo con su editor en el que estuvo revisando las galeradas de The Awful Rowing Towards God, volvió a su casa, se envolvió en el abrigo de pieles de su madre, quitó las sortijas de sus dedos y se tomó dos o tres vodkas que ya no le iban a perjudicar la salud. A continuación se encerró en el garaje y se envenenó con el humo del tubo de escape de su automóvil. Inmóvil, tal vez escribió sus últimos versos en aquel garaje, mientras conseguía por fin dormir.

Había trabajado durante un tiempo como modelo; era o había sido, una mujer que los otros (el infierno) consideraban hermosa, algo que puede ser una carga si además eres inteligente o sensible. O si estás enferma de poesía. Su médico la animó a escribir poesía, interesante diagnóstico, y ella se hizo amiga de Sylvia Plath, otra poetisa suicida, valga la redundancia, de la que se dice que tal vez padecía trastorno bipolar. Aunque a lo mejor al decir “bipolar” se refieren a que a veces le hizo la vida imposible Ted Hughes, su viudo futuro y a veces su cuñada. En algún momento, Anne Sexton había dicho: “Creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta”.

Sea como fuere, Anne Sexton, obtuvo el premio Pulitzer de poesía en 1967, por si eso interesa a alguien y, lo más importante, dejó escritos unos cuantos poemas que nos conmueven, como el rastro sangrante de alguien que, probablemente, se suicidó porque era lo último que querría hacer en la vida.

En el vídeo que os dejo a continuación, Anne Sexton lee su poema “Wanting to die” (Querer morir). Está subitulado en castellano.

 

Micromuertes. 3

Para Víctor, con afecto

Encontrar el nombre exacto de las cosas ha sido para mí una obsesión constante. Descubrí siendo muy joven que las cosas no siempre tienen el nombre correcto y que la gente suele utilizar para nombrarlas algunas palabras que no las definen bien. Las cosas tienen un nombre exacto, por ejemplo, paraguas. Un paraguas no puede llamarse de otra forma y cualquier intento de cambiarle el nombre solo desembocaría en el absurdo. Sin embargo, la gente llama solidaridad a ciertas formas de caridad, caridad a determinadas manifestaciones del egoísmo y egoísmo a una forma natural de resistencia al egoísmo ajeno, que yo suelo llamar amor propio.

Cuando conocí a Carmen en seguida me di cuenta de que su nombre no le correspondía. Carmen es nombre de mujer morena, de ojos profundos y pasiones turbias. Sin embargo a ella le habría venido mejor otro nombre, tal vez Silvia. Probé varias veces a cambiarle el nombre mientras, sin saber bien cómo, nos íbamos enamorando. Y digo amor a falta de una palabra mejor para definir lo que nos unió. A ella nunca le gustó que intentara cambiarle el nombre, así que decidí referirme nuestra situación mientras buscaba una palabra que le encajara mejor, porque yo sabía que no podía quererla plenamente mientras no pudiera encerrarla en una sola palabra. Así empecé por llamarla amiga, lo cual le molestaba porque decía que ella no se acostaba con sus amigos; luego la llamé novia y eso la ofendía porque decía que las novias visten de blanco y que ella odiaba ese color; al cabo de los años me refería a ella como mi prometida y Carmen (porque se empeñaba en seguir llamándose así) respondía siempre que nunca me había prometido nada, lo cual era cierto.

Al final, mientras yo seguía buscando el nombre perfecto para ella, nos fuímos a vivir juntos y allí la cosa se complicó. No era ni mi mujer ni mi esposa ni mi concubina ni mi amante. Cualquier nombre que yo intentara darle, ella lo volvía impracticable apenas con un gesto, una mirada, como el felino que mata sin querer un insecto.

Hasta que esta mañana, no sé bien cómo, empezó una discusión sobre mi manía (así la calificó ella) de ponerle nombre a las personas como si fueran cosas que yo necesitara poseer. Ante mis sorprendidas negativas, ella respondió que había rechazado todos los nombres que yo había intentado poner a nuestra relación, no por el nombre en sí, sino porque yo siempre anteponía un “mi” y que ese “mi” posesivo era lo que realmente le repugnaba. Sí, dijo que le repugnaba.

Intenté hacerle ver lo equivocada que estaba, explicándole que el “mi” que tanto la molestaba era en realidad un acto de amor, que yo no quería convertirla en una cosa sino en una parte esencial de mi propio ser y que, en cierto modo, al nombrarla así, la volvía más real.

Entonces empezó a gritar. Yo creo que se volvió loca de repente, jamás lo habría sospechado de ella, pero de pronto comenzó, como una letanía a repetir “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras su voz iba subiendo de volumen hasta convertirse en un grito ensordecedor. Seguía repitiéndolo cuando salió hacia la cocina conmigo persiguiéndola, mientras yo iba repitiendo todos sus nombres: “cariño, amor, amiga, mujer, amante. Silvia”.

Eso la detuvo de repente. Se dio la vuelta con el cuchillo en la mano y, con una mirada espantosa, una mirada a la que jamás podría poner nombre me preguntó: “Silvia ¿Quién es Silvia?”.

Y sin darme tiempo a responder volvió a entonar su letanía. Una y otra vez, ahora en un tono de voz que se podría calificar de normal sino fuera porque tenía cierta persistencia afilada: “Yo soy Carmen, yo soy Carmen”, mientras me clavaba el cuchillo una y otra vez.

Ahora ya conozco su verdadero nombre.